Tras más de veinte años de ausencia, Tosca regresaba a la temporada lírica de A Coruña despertando una considerable expectación. Sin embargo, el resultado artístico dejó sensaciones encontradas: un reparto vocal de indudable interés se vio condicionado por una puesta en escena incapaz de transmitir la intensidad dramática de una de las grandes cimas operísticas de Puccini.

Carlos Álvarez (Scarpia), Coro Gaos y Coro Cantabile © Alfonso Rego
Carlos Álvarez (Scarpia), Coro Gaos y Coro Cantabile
© Alfonso Rego

La producción, concebida originalmente por Paul-Émile Fourny y repuesta por Rudolf Buchmann, apostó por una austeridad escénica que, en la representación coruñesa, terminó resultando más pobre que minimalista. El vestuario y el escaso atrezo respetaban la ambientación histórica, pero la iluminación, uniformemente sombría, apenas permitía dar vida a los espacios donde transcurre la acción. Ni la iglesia de Sant'Andrea della Valle ni el Castel Sant'Angelo adquirían una identidad reconocible. La penumbra, lejos de intensificar el drama, dificultaba incluso su seguimiento, muy especialmente en el tenebrosamente recreado comienzo del tercer acto. Tampoco resultaron convincentes las proyecciones realizadas sobre el fondo del escenario, las cuales, por añadidura, eran invisibles para las localidades laterales del Palacio de la Ópera. Este hecho devino especialmente doloroso en el desenlace de la obra, en el que un recurso destinado a clarificar la acción fue excluido para una parte relevante del público, entre la que este crítico se contaba.

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Ragaa Eldin (Cavaradossi) y Valeriano Lanchas (Sacristán) © Alfonso Rego
Ragaa Eldin (Cavaradossi) y Valeriano Lanchas (Sacristán)
© Alfonso Rego

De Miren Urbieta-Vega recordamos su excelente Mimì de La bohème en este mismo escenario, desbordando naturalidad expresiva y capacidad de conmover. En Tosca, Urbieta debutaba el exigente papel protagonista con una interpretación vocalmente impecable, aunque todavía muy alejada de la exuberancia y la convicción dramática que demanda Floria Tosca. Estamos ante un personaje de temperamento apasionado y profundamente teatral que requiere una rica paleta de colores, flexibilidad expresiva y sobre todo, la capacidad de transitar del lirismo más íntimo a la pasión desbordada. Algo que en esta ocasión no terminó de materializarse. El tenor egipcio Raaga Eldin ofreció un Cavaradossi convincente, con un timbre de carácter heroico particularmente adecuado al personaje y una apreciable desenvoltura escénica. Sin embargo, su recóndita ubicación en el escenario durante el “Recondita armonia” restó presencia y proyección a una de sus principales oportunidades de lucimiento, evidenciando nuevamente las limitaciones de la dirección escénica.

Miren Urbieta-Vega (Tosca) y Carlos Álvarez (Scarpia) © Alfonso Rego
Miren Urbieta-Vega (Tosca) y Carlos Álvarez (Scarpia)
© Alfonso Rego

Uno de los grandes valores de la noche fue Carlos Álvarez, cuyo Scarpia se sustentó en una evidente autoridad escénica, y una experiencia e inteligencia musical extraordinarias. Aunque el paso del tiempo haya restado algo del esplendor vocal que caracterizó sus mejores años, permanecen intactos su dominio del fraseo, su expresividad y esa capacidad excepcional para conferir personalidad a cada intervención. A ello se suman unas tablas envidiables, evidentes en su manera de proyectar la voz, orientando siempre la emisión hacia la sala y aprovechando con inteligencia sus recursos vocales. Fue, sin duda, la caracterización más lograda de la representación. Mención adicional para la joven promesa local Daniela Quiza, que asumió el breve papel del pastorcillo al comienzo del tercer acto. Su voz fresca y su espontánea naturalidad aportaron un instante de genuina belleza a una escena envuelta en una atmósfera particularmente funesta. Le acompañaron los mismos figurantes que a lo largo de toda la velada desfilaron por el escenario de forma estéril. 

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Oliver Díaz dirigió la Orquesta Sinfónica de Galicia con lucidez, extrayendo lo máximo de una orquesta que aportó intensidad, color y perfección a la exuberante orquestación pucciniana, mientras que los coros Gaos y Cantabile, dirigidos por Fernando Briones y Pablo Carballido, mostraron una destacable implicación en sus intervenciones, contribuyendo a la solidez musical del espectáculo.

La entusiasta acogida confirmó el atractivo que sigue ejerciendo el gran repertorio operístico en A Coruña. Sin embargo, tras una ausencia tan prolongada, habría sido deseable una producción capaz de revelar toda la fuerza teatral de Tosca. Hubo voces de categoría, pero faltó una escena a la altura de Puccini.

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