No cabe duda de que una visita del tándem Lugansky-Repin representa un evento de singular trascendencia, toda vez que vienen a interpretar una obra cumbre de la Historia de la Música, la Sonata Kreutzer. En esta obra se subvierte definitivamente la jerarquía instrumental tradicional, y ya poco, o nada, queda de la típica función acompañante de un instrumento sobre el otro, nadie sostiene a nadie, y a ninguno le corresponde, por principio, adornar las expresiones del otro. Aquí ambos instrumentos afirman su carácter propio, y entonces se interrumpen y se enfrentan, disputándose el protagonismo. Esta es una de las grandezas de esta obra y requiere, como se puede adelantar, dos artistas provistos de una capacidad, profundidad y energía excepcional. El caso es que los conciertos, por lo general, suelen venir expresados en dos partes, y si no se va a valorar solamente por el resultado de una obra, es necesario comprometerse, también, con las demás. En este concierto que nos ocupa se dedicó toda la primera parte a dos obras de Sergei Prokofiev, las Cinco melodías para violín y piano, y la Sonata para violín y piano núm. 1.

No parece particularmente discutible que estas obras de Prokofiev, tal vez más significado por su producción para piano que para sus conjunciones con violín, no se encuentren en la misma dimensión expresiva que la Kreutzer de Beethoven. Pero hasta que no escuchemos esta última nos debemos ocupar de las primeras. Y, entonces, ¿por qué no hacerlo con la misma intensidad? Viene esto a cuento porque la impresión general resultó ser que las Cinco melodías se orientaban más hacia el calentamiento y la toma de contacto que hacia la expresión trascendente de una obra de arte particular. Igual sensación nos produjo la primera Sonata para violín. Encontramos, cierto, al Prokofiev que se desenvuelve en el misterio y en la penumbra de una manera sorprendente, en contraste con sus habituales desenfrenos rítmicos, frenéticos, pero más por los méritos de una composición brillante que por los de una interpretación magistral. Se echó en falta conexión entre intérpretes, habilidad en las conjunciones y afinidad en el sonido, de manera que se presentó el piano con toda su magnitud, en general, muy por encima del violín, y este, a su vez, en ocasiones, incómodo con la afinación.

Cosa bien distinta fue la segunda parte, donde, como decimos, fuimos testigos de una interpretación brillante de la Sonata Kreutzer, endiablada y majestuosa. En esta se percibió a Vadim Repin especialmente comprometido con la obra (ejecutada de memoria), y particularmente con Lugansky, igualando carácter, enfoque, presencia y expresión. Nikolai Lugansky planteó también una intensidad pianística muy llamativa, que nos permitió descubrir texturas que suelen pasar desapercibidas en otras versiones, siempre propiciando la claridad de la composición, liberada de la atención a unas tremendas dificultades técnicas, todas superadas con holgura. Entre ellas, por supuesto, las derivadas de los interminables contrastes rítmicos y de los inquietantes acentos que encontramos, por ejemplo, en el segundo movimiento con variaciones, tal vez uno de los momentos más sugerentes del recital. Aplaudimos, pues, esta inolvidable interpretación de la Sonata Kreutzer, que nos hizo, efectivamente, comprender la necesidad de una cierta liviandad en la de Prokofiev.
Para culminar (ya que estuvieron las mencionamos) dos simples propinas, que, agradecidas, eso sí, no tenían nada que ver con la joya monumental que nos había precedido, y que hace que uno se pregunte por qué, por qué la necesidad de seguir escuchando obras de poca sustancia al término de otras que son el culmen de la maestría artística. ¿No sería mejor ponerlas al principio y calentar con ellas, de manera que no resuenen en nuestra memoria las melodías de “Estrellita” cuando se nos acaba de ofrecer la magna Kreutzer?





















