Si bien Roméo et Juliette se coloca ya en las postrimerías de la Grand opéra, tornándose hacia un registro más lírico e íntimo, este montaje de Thomas Jolly –en coproducción con la Ópera de París y allí estrenada en 2023– parece recuperar justamente ese gusto por el exceso. Ese grandeur que tan en boga estuvo en los decenios precedentes contrasta, sobre todo, con el minimalismo y conceptualismo a que estamos acostumbrados en las producciones actuales.

Cabe decir que la obra de Gounod tiene un toque de exceso: el amor imposible y fulgurante, las escenas de fiesta, el ballet, ¡los cuatro duetos entre los protagonistas! Y de ese exceso e inverosimilitud, Jolly parece hacer su marca personal plasmando una puesta en escena sobreestimulada, con mucho detalle e intención, algunos aciertos significativos, pero también una sensación global de dispersión. A nivel escenográfico, el elemento dominante y rotatorio constaba de una reproducción de la escalinata principal del Palais Garnier, y fue sin duda un recurso eficaz, aunque dejaba poco espacio delante para los intérpretes. Esto llevó a una dirección de actores más bien estática, con excepción del coro, constantemente en movimiento, y un cuerpo de baile omnipresente.

El primer acto se caracterizó por una estética de musical, distrayendo, e incluso molestando, el transcurso de la acción: como en el dueto entre Roméo y Juliette, en el que los bailarines pasaban por medio o por delante de los dos, obligándoles a casi no poder moverse. Las cosas mejoraron en tal sentido en el segundo acto, especialmente en la escena en la que Fray Laurent casa a los dos amantes, así como en el tercer acto donde la escena de los duelos fue resuelta de manera eficaz. Para el acto cuarto, la intimidad de los protagonistas dejó paso al momento en que Juliette bebe el falso veneno, con bailarines que desdoblan su personaje y empañan una de las arias principales de la ópera. En definitiva, es una dirección escénica ambiciosa, que quiere aprovechar ese punto exagerado que el libreto contiene, pero que se escapa de las manos. Hay demasiadas ideas que no se desarrollan y un espacio en el que falta definición, así como la necesidad de remarcar mejor –y no contradecir– las inflexiones de la música y el libreto.

En la parte musical de este segundo reparto, los roles protagónicos corrían a cargo de Vannina Santoni e Ismael Jordi. Ambos cumplieron con honestidad unos papeles que por extensión y escritura son exigentes. La soprano francesa tiene la gran ventaja en este caso de la dicción nativa y posee una voz que, sin ser portentosa, se desenvuelve bien en todos los registros. Llega con facilidad a los agudos, aunque optó con no alargar ciertos agudos como en el aria "Buvez donc ce breuvage", y en algunos momentos su fraseo se vio afectado por cierta falta de fluidez para colocar bien las notas.
En el aspecto dramático, es una Juliette convincente, capaz de ser el foco de la escena siempre que aparece y su interacción con Romeo, sin llegar a una química perfecta, fue correcta tanto en lo vocal como en lo actoral. El tenor jerezano por su parte cumplió correctamente, con musicalidad y regularidad tanto en el registro medio como en el más alto, aunque algo forzado en ciertos agudos y especialmente fatigado en el último acto. El empaste en los duetos estuvo más logrado en los actos segundo y cuarto, con un color y una articulación notables. El resto del elenco se integró bien en la escena, sin impactar demasiado, mientras que el Coro Titular del Teatro Real sí que brilló, como suele ser habitual, con una ductilidad excelente, siendo el elemento que contribuyó a la redondez global como al final del tercer acto. La dirección de Carlo Rizzi fue tomando cuerpo con el transcurso de la obra: algo deshilvanada en el primer acto, se fue afianzando ya en el segundo acto hasta tomar protagonismo con una sonoridad suntuosa, casi wagneriana, en los actos finales.

En definitiva, no se puede decir que sea una producción que deja indiferentes porque tiene momentos de gran impacto visual, e incluso acierta en querer recuperar una forma de hacer ópera que en la actualidad no se estila demasiado. Pero hubiera venido bien algo más de equilibrio y de sosiego, que por otra parte, congeniaría mejor con una dirección musical de carácter sobrio y unos cantantes, con buen oficio, pero que se vieron fagocitados por el artefacto escénico.

















