En esta producción el Ballet Nacional de España rendía homenaje a una de sus coreografías más clásicas –la Medea de Granero– a la vez que abría la brecha del futuro con una nueva pieza inspirada en el flamenco-rock andaluz de Triana: dos obras muy distintas entre sí pero que combinadas mostraron la ductilidad del cuerpo de baile nacional a la vez que la perspectiva y evolución de esta formación.

Inmaculada Salomón © Fernando Marcos | BNE
Inmaculada Salomón
© Fernando Marcos | BNE

La función se abría con el estreno absoluto titulado Flamenco Rock Andaluz, que recogía y adaptaba canciones del grupo de fusión rock-flamenco Triana acompañadas por el cuerpo de baile en un continuum con una coreografía de Rafaela Carrasco, mientras que la parte musical corría a cargo de Ángeles Toledano (voz), Juanma Montoya (guitarra eléctrica), Benito Bernal (guitarra española) y Manu Masaedo (percusión). Las canciones de Triana se enmarcaron en un sonido renovado, ácido, con un disruptivo componente electrónico, y la voz protagónica de Toledano. Se podría haber cuidado algo más la mezcla de sonido, que al estar amplificado, sonó más bien plano durante toda la pieza, para poder apreciado mejor ciertos matices.

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La música era central pero la danza lo era aun más, constituyendo ésta la parte más interesante de la obra: cuerpo de baile de unos veinte componentes tratado de manera colectiva, en un bloque del que se desprendían individualidades que fugaces volvían al grupo. Vertebrador el elemento del taconeo, realmente potente, capaz de articular complejas figuraciones polirrítmicas, hipnotizando la mirada y el oído. En los movimientos corporales claramente hay elementos reconducibles al baile flamenco pero todo ello está filtrado y destilado en un discurso rigurosamente calculado, impecable en ejecución. Lo novedoso y logrado de la pieza probablemente esté en la capacidad de conjugar visceralidad y geometría, arraigo y conceptualidad: alejándose de clichés y moldes, Carrasco consigue identificar algunas de las señas más potentes del flamenco y construir un discurso descarnado, privado de complacimiento, expresionista hasta la médula sin recurrir a artificios.

Ángeles Toledano, músicos y bailarines del BNE © Fernando Marcos | BNE
Ángeles Toledano, músicos y bailarines del BNE
© Fernando Marcos | BNE

En una orilla distinta, más mediterránea, se coloca la Medea de Granero con música de Manolo Sanlúcar estrenada en 1984 y fielmente repuesta por Javier Palacios y Maribel Gallardo. La pieza se inspira en la Medea de Seneca, más carnal y violenta que la de Eurípides, en la que los horrores de la hechicera acontecen a escena abierta. El ballet se articula en los trazos esenciales de la historia: el conflicto entre Medea y Jasón, el compromiso de éste con Creúsa, la hija de Creonte, el hechizo y envenenamiento de Creúsa por parte de Medea con el vestido y el asesinato por parte de Medea de sus propios hijos. A diferencia de la pieza anterior, aquí las individualidades pesan desde el primer momento entre las que destacaron la Medea de Inmaculada Salomón que brilló con una intensidad notable a lo largo de toda la obra, perfecto sentido del ritmo interno de la partitura y naturalidad en los movimientos, un arrollador Currillo dando lugar a un Creonte prepotente y visceral o los espíritus Víctor Martón y Axel Galán, imprimiendo esa materialidad como doppelgangers de la propia Medea.

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<i>Medea</i> por el BNE en el Teatro de la Zarzuela &copy; Fernando Marcos | BNE
Medea por el BNE en el Teatro de la Zarzuela
© Fernando Marcos | BNE

Hay una naturalidad en el desarrollo dramático en el que los movimientos y las interacciones se ajustan a la perfección a la música y que los intérpretes de esta velada supieron llevar a cabo sin fisuras. Desde el foso Manuel Coves, devolvió a la partitura de Sanlúcar toda su suntuosidad, su luminosidad pero también su sentimiento de lo trágico: una cuerda sedosa empastó bien con el viento madera, en un diálogo diáfano a la vez que pleno y enriquecido por las guitarras de Alejandro Hurtado y Enrique Bermúdez y la percusión de Roberto Vozmediano. Es uno de los mejores ejemplos de síntesis entre flamenco y música sinfónica que ciertamente merecería ser escuchada también en sala de concierto.

Se trató de un díptico felizmente combinado, ecléctico, que demostró una coherencia en una trayectoria, la del Ballet Nacional de España, que sabe combinar lenguajes y códigos y reunirlos tanto en obras más audaces como en la reposición de grandes clásicos con indudable calidad.

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