En su papel de transformador artístico del Gran Teatre del Liceu, trabajando desde la innovación y la mirada dramatúrgica entre diferentes públicos, Àlex Ollé ha consolidado parte de la trayectoria contemporánea del Liceu, así como su propia vertiente profesional. Con esta producción (procedente de la Oper Frankfurt) se cierra una etapa como director artístico residente, presentando una Manon Lescaut atrapada en un sistema socio-contemporáneo con mucha resonancia, que la precipita desde el inicio a ser engullida.

Filip Filipović (Edmondo) y Asmik Grigorian (Manon) © Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu
Filip Filipović (Edmondo) y Asmik Grigorian (Manon)
© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu

En esta ocasión, la marca escénica de Ollé envuelve a la protagonista pucciniana en una atmósfera de fugas, red de explotación y horas bajas. Una puesta en escena bañada en luces de neón, coreografiada por strippers y con un proscenio que actúa como párking, club de alterne y prisión, con un monumental LOVE (como concepto y como elemento escenográfico) que preside el centro de la escena durante toda la obra. Es la radicalidad de la actualidad quien se adueña de la propia esencia de la historia, dejando que la trinchera político-escénica de paso a una dramaturgia en la que Manon es obligada (por partida doble) a verse reducida bajo el imperativo de lo externo, con una presentación inicial videográfica que nos coloca frente a una inmigrante indocumentada. El resto se adivina. Aunadas todas las desgracias en fila, Manon transita del exilio a la prostitución, hasta acabar en la cárcel. Apoyada y repudiada a partes iguales entre el público, la visión de Ollé no rinde cuentas a la pérdida de ciertos matices psicológicos y coherentes con el libreto original, a favor del exceso que algunos ya han catalogado como “efectismo poligonero” y que en esta producción, se aleja del espíritu musical originario.

Asmik Grigorian (Manon) y Donato di Stefano (Geronte) © Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu
Asmik Grigorian (Manon) y Donato di Stefano (Geronte)
© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu

También por parte de un foso orquestal, dirigido por un Josep Pons con cierta mano distendida en cuanto a expansión; con una intensa carga emocional, el director titular condujo durante toda la lectura una expresividad con tratamiento sinfónico, con especial énfasis en la ampliación de colores instrumentales y la variedad tímbrica, llegando a opacar las voces en ciertos momentos. El lirismo sonoro que acompañaba a la narrativa emergía de manera orgánica, subrayando el desarrollo motívico y las líneas melódicas en los pasajes cumbres. La orquesta condujo su protagonismo con culminaciones orquestales brillantes y con evolución dramática, logrando entre todo el conjunto el tratamiento psicológico y los arcos emocionales que iban aconteciendo.

Asmik Grigorian (Manon Lescaut) © Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu
Asmik Grigorian (Manon Lescaut)
© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu

Asmik Grigorian fue una Manon de altura, de altas dotes interpretativas y que logró hacerse con la maltratada versión de Ollé. La exigencia técnica y expresiva de Grigorian logró alzarse como protagonista indiscutible del estreno; integrada con el espíritu sinfónico, Grigorian destacó en los fraseos emotivos, de gran intensidad dramática, sirviéndose de una voz resolutiva y multifacética. Ivan Gyngaloz la acompañó como Renato, en sustitución de Joshua Guerrero a pocos días del estreno, por problemas de salud. Factor que jugase a favor o en contra suyo, no dispuso de la seguridad en técnica y potencia que posee, aunque su evolución fue favorablemente de menos a más. A pesar de encontrarse en ciertos momentos contenido, pudo hacer frente al personaje, escondiendo escenográficamente la falta de conexión que les faltaba trabajar a la pareja. Quien sí brilló con pasmosa naturalidad fue Iurii Samoilov en el papel de Lescaut; una voz cálida que atesoraba versatilidad y flexibilidad en los registros, siendo un personaje de sonoridad seductora cumpliendo con la expresividad de su personaje. Donato di Stefano rigió un Geronte definido en su tesitura grave, caracterizado de forma que rozaba la caricatura, cumpliendo con el estereotipo superlativo del proxoneta de barrio. En líneas generales, el coro acompañó al reparto aportando resultados positivos con proyección y resolución vocal, medido y equilibrado con la sección orquestal.

Ivan Gyngazov (Des Grieux) y Asmik Grigorian (Manon) © Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu
Ivan Gyngazov (Des Grieux) y Asmik Grigorian (Manon)
© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu

Un estreno resuelto por dos secciones divididas ante la reacción del público; la Manon Lescaut recreada por Àlex Ollé plantea una deriva que inicia de forma interesante, pero que se diluye progresivamente. El afán por el lujo y el dinero acaban con la vida de la protagonista primigenia, una joven creada desde la ingenuidad, la rebeldía y el desconocimiento ante el mundo; la protagonista de nuestros tiempos parte ya desde un punto derrotista. Ya está condenada. No hay margen para que se dé el error y la redención. Ha nacido para sobrevivir a un único final, que ya habían elegido para ella, sin que ese gran LOVE, paradójicamente, fuese una elección a escoger.