Comenzamos el año con la visita de Evgeny Kissin al Auditorio Nacional, y además con un concierto que se presenta con la dedicatoria del mismo a quien fue su profesora, Anna Pavlovna Kantor, fallecida recientemente. Traía sorpresa el recital en la forma de la famosa Tocata y fuga en re menor, de Bach en la versión de Tausig, que no se programa mucho y que genera siempre mucha expectación: en la versión original para órgano es brillante y explosiva, y a Tausig lo conocen mucho los pianistas, fundamentalmente por sus ejercicios técnicos orientados a enfrentar y solventar las grandes dificultades pianísticas.

Aquí puede haber discusión por tratarse de una obra barroca, que algunos preferirían interpretada con dinámicas austeras y recatado uso de pedal. Pero se trata de un arreglo perpetrado en pleno Romanticismo por un maestro del piano, y por ello debemos reconocer a Kissin el mérito de haber creado una interpretación de grandes efectos sonoros empleando todos los recursos expresivos que nos aporta el piano. Otra discusión es que la obra no sea gran cosa y que se cuestione siempre la autoría por haberse establecido el consenso sobre la ausencia de calidad musical que podría atribuirse a una obra de Bach; pero en lo que atañe al arreglo de Tausig y al enfoque de Kissin hemos de admitir que nos resultó una interpretación apabullante.

Evgeny Kissin
© Rafa Martín | Ibermúsica

Tal vez no le vino bien semejante exaltación de sonido y tempo al Adagio en si menor de Mozart que siguió a la Tocata y fuga. Demasiado contraste para algunos, tal vez un alivio para otros, pasó la obra un poco desapercibida en esta primera parte, y eso que Kissin mostró una gran maestría en la expresión melódica y en el equilibrio sonoro, y sobre todo en la construcción de un discurso hondo y apesadumbrado hacia el breve atisbo de esperanza representado en el cambio de tonalidad que acontece al final, y que recuerda fugazmente a la Fantasía en re menor

A continuación vino con la Sonata núm. 31 en la bemol mayor, de Beethoven la obra de mayor intensidad del recital (al menos al nivel de profundidad emocional). Nos pareció lo mejor de la primera parte ya desde los primeros compases que presentan el tema Moderato seguido de un brillante y dulce pasaje de arpegios que sobrevuelan todo el teclado. Aquí pudimos apreciar con toda claridad uno de los elementos más necesarios en la música de Beethoven, el tratamiento rítmico, que en manos de Kissin se percibió con notoria claridad. Esto logró llevarnos con comodidad durante un discurso musical de estructura ambigua, sin permitirnos perder en ningún momento nuestra conexión con la música. Inolvidable, pues, la acometida rítmica en el vertiginoso Allegro molto plagado de ideas brillantes y sentido del humor; y muy eficaz, cómo no, en la construcción de la magnífica fuga que anuncia el final de la sonata. 

Evgeny Kissin
© Rafa Martín | Ibermúsica

La enorme calidad de este pianista se manifiesta en el hecho singular de que, aún con lo antedicho, el concierto siguió mejorando en la segunda parte con un programa íntegramente dedicado a obras de Chopin. Se le da bien a Kissin el compositor polaco. Incluyó una selección bien contrastante de mazurcas, que también, inexplicablemente, se tocan poco. Y expresó como nadie esa característica tan llamativa de la mazurca, y que le diferencia del vals, que es la acentuación del tercer pulso, y que también la dificulta. Tomó, en general, un carácter más bien pausado en esta selección, que vino a contrastar con el sentimiento revolucionado del Andante spianato et Grande Polonaise brillante, siendo esta última un extraordinario ejercicio de precisión, bravura y efectismo que causó un tremendo impacto entre los asistentes.

Tal fue el reconocimiento que tuvo que ofrecer cuatro propinas el pianista ruso, aunque tampoco se hizo mucho de rogar, se le vio cómodo disfrutando del concierto homenaje a su maestra. Incluso en las propinas mostró Kissin inteligencia y equilibrio complaciendo al público con piezas de autores que habían formado parte del programa, y aún le sobró energía para regalarnos una ejecución espectacular del dificilísimo estudio de octavas de Chopin (Etude, Op. 25 núm. 10). No hace falta decir que ya estamos deseando que vuelva el pianista a visitarnos. 

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