La idea de ‘festival’ estuvo muy presente en la concepción de este proyecto, en el que por primera vez el Gran Teatre del Liceu daba paso a un maratón musical: Le nozze di Figaro, Don Giovanni y Così fan tutte en sesiones consecutivas. De un tirón, las tres, serían abordadas por un cast, una dirección y un foso orquestal que exigía capacidad y talento en una carrera de fondo magistral. Obras que no fueron concebidas para ir de la mano, aunque comparten un denominador común: el juego por las analogías, oposiciones y reflexiones entorno a la relación con el amor.

Le nozze di Figaro
© Paco Amate | Gran Teatre del Liceu
O siguiendo la estela del arquetipo del libertino del XVIII y del estudio entorno a sus tres fases de vida (la adolescencia de Cherubino en Le nozze, la experiencia de Don Giovanni y el ocaso en Don Alfonso en Così). Independientes todas ellas, pero con la aportación dramatúrgica de Alexandre y Minkowski, mutan en una gran ópera de tres actos en la que la sobriedad y el historicismo son las bases fundamentales, desprendiendo frescura pese a lo riguroso y volviendo a repensar nuestra manera de relacionarnos en sociedad, con otros y con uno mismo. En contrapartida al sustrato ácido y despectivo hacia el sexo femenino, que sigue latente, la intencionalidad radica en ‘revisar’ estereotipos y comportamientos, más que en romper con ellos. Así, Le nozze di Figaro subraya el abuso de poder, Don Giovanni ahonda la violencia emocional y el autocontrol, y Così fan tutte en plantear diferentes formas de amor. La interpretación de las diferentes manifestaciones de la propuesta ya corre a cargo de cada uno.

Robert Gleadow (Figaro)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Partiendo de un concepto unificador, son múltiples los factores que trasladan la ambientación al contexto histórico-teatral de Mozart. Intervienen ideas eficaces en cuanto planteamiento escénico como el recuperar la esencia de la ópera cavallet o la economía de medios de las compañías de teatro de la época. Hay poca transgresión pero mucha lucidez, y el resultado es una visión propia del mundo escénico. Un homenaje al teatro y al gremio, donde el espíritu de Mozart está presente permanentemente.

Escenificación y vestuario son resultado de Antoine Fontaine, que concentra todo un mundo en un escenario estilo ambulante, estructuras ligeras de madera y cortinas que juegan a ser espacios escénicos, así como una iluminación sugerida a través de velas de Tobias Hagström Ståhl. Los tres espectáculos están inscritos en este único marco, englobando las geometrías de los diferentes personajes, quienes son interpretados por todo un mismo elenco. Otro guiño a la manera de hacer del contexto mozartiano. El esqueleto teatral está desnudo frente al público, en lo material (cambios de vestuario y caracterización en el mismo escenario) y en lo interpretativo (se rompe la cuarta pared, se interpelan entre ellos fuera de escena y aportan acción constante). Hay naturalidad en el funcionamiento, creación de nexos en un solo espacio y autonomía de la narrativa: una sola manera y un solo lenguaje posibilitan el juego de lo real y lo no real. Finalmente, lo que la relación entre música y texto fue para Mozart-Da Ponte, es también recreado por Minkowski-Alexandre en cuanto dirección musical y dirección escénica.

Don Giovanni
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Le nozze di Figaro abre la veda hacia este viaje a los impulsos. Por lo que atañe a la cuestión musical, hubo un reparto desigual en cuanto a necesidades; destacaron por encima del resto una Angela Brower como Susanna, una Ana-Maria Labin como Condesa Almaviva y su correspondiente pareja, Thomas Dolié en el papel del Conde Almaviva. La mezzosoprano Brower fue la que más vislumbró en la noche de estreno, siendo la que con mejor tino interpretó los pasajes más memorables de la partitura, así como dejando ver un dominio que permitía los registros más complicados interpretados con seguridad. Ana-Maria Labin la seguía de cerca, detallando más los contrapuntos dramáticos y el juego de coloraturas. Thomas Dolié aseguró su papel masculino por encima del protagonista, mostró una voz ágil en su registro. La vertiente interpretativa fue contundente y dibujando todos los rasgos de una opera buffa, pero especialmente destacó un Robert Gleadow en el papel de Figaro que destacó más por lo interpretativo. Llevando al límite la pantomima, la simpatía y el dominio teatral, el protagonista lo compaginó con proyección y defendió sus pasajes de manera homogénea. Minkowski, referencia en el panorama de dirección, fue el elegido para dirigir este retablo por su larga experiencia con las partituras mozartianas. Prometía ser un acierto rotundo y así lo ha sido; se inclinó más por los tempos rápidos y ritmos nerviosos, destacando en los contrastes dinámicos y los juegos de cambio de tempo, con un foso liceísta certero y enérgico.

Così fan tutte
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

En Don Giovanni (quizá la más deseada) no se lograron los resultados esperados. Volvía un Robert Gleadow como Leporello, muy querido y goloso en la interpretación. Sus tablas en cuanto a la defensa del personaje se notaban por el número de representaciones realizadas del eterno sirviente. De nuevo, sus habilidades en escena fueron de gusto, con una voz más timbrada que con Figaro pero de menos potente. Su compañero, un Alexandre Duhamel como Don Giovanni, supo imponerse con buen resultado, pero no contaba con un recorrido trabajado del personaje y eso se notó. La balanza se desequilibró en cuanto a dominio vocal entre el dúo, pero una Iulia Maria Dan como Donna Anna y una Arianna Vendittelli como Donna Elvira lograron la equivalencia que no alcanzaron sus compañeros. Sus agilidades en los pasajes de más color y la templanza de la voz en los momentos más exigentes las hicieron protagonistas. En cuanto al resto del reparto, hubo más sombras que luces; faltaron voces con recursos y de dominio técnico. Minkowski llevó a cabo la versión original de Viena, añadiendo más recreación al imaginario. Una dirección menos acentuada y la menos luminosa de las tres, notándose en ese final del primer acto algo diluido. La lectura se mantuvo musical y dramáticamente exigente, remarcando en especial los pasajes en los que interactuaban las secciones de cuerdas con los metales.

Ana Maria Labin (Fiordiligi) y Angela Brower (Dorabella)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Llegando a Così fan tutte, la combinación Angela Brower y Ana-Maria Labin volvió a convertirse en el epicentro de la obra con una Dorabella y una Fiordiligi respectivamente. Muchas muestras de lirismo en secciones complejas, a partes iguales. Sus correspondientes parejas, un Julien Henric en la piel de Ferrando y un Florian Sempey en la de Guglielmo, pasaron casi sin pena ni gloria. Los franceses transmitieron hieratismo y distancia, con inestabilidad en la proyección y poco vitalismo en general. Alexandre Duhamel volvió como un Don Alfonso más redondo, en una línea mucho más severa y de riqueza en el juego de tonalidades. Destacó una Despina ligera y divertida por Miriam Albano. En este último cuadro, la dirección de Minkowski destacó especialmente en la sección de vientos, destacando los pasajes de resonancias trágicas, en las que se centró en las dinámicas contrastadas y el juego de tonalidades.

Alexandre Duhamel (Don Alfonso)
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Finalmente, este tour de force acabó ensamblando con éxito todos los factores activos propuestos para llevar a cabo la reconstrucción del mundo de Mozart-Da Ponte. Unas aventuras surgidas de la vida cotidiana que esta producción ha sabido trasladar con acierto a nuestro tiempo y convertirla en trinidad musical otra vez.

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