No es ni convencional, ni ortodoxa, ni mucho menos purista la manera de hacer de Francesco Tristano, pianista consolidado gracias a una carrera de fondo lograda a base de diversos proyectos sumergidos entre lo clásico y lo contemporáneo. Es más, no se le puede decir ni siquiera que esté entre estas dos aguas: él se ha convertido en el agua. Fluye y ejerce la metamorfosis casi a cada paso que da. La convivencia entre estilos y las combinaciones de estos es casi una obligación (de ser) para el artista. Se le puede encontrar tanto en el Konzerthaus de Berlín como en el festival Sónar en Barcelona. Su planteamiento artístico fundamentado en poseer una actitud abierta ante las posibilidades que plantean todos los géneros, sin miedo, combinado con una formación clásica (eminentemente barroca) y conocimientos sobre la electrónica y el techno, lo hacen gurú del panorama musical de nuestro días. Si fuese poco todo este mundo de sinergias casi imposibles, Tristano es un virtuoso. Su técnica en el teclado está más que alabada y avalada. Su experiencia como intérprete con su personalísimo estilo le ha valido el título de vanguardista del piano. Hace remakes. Todo en él es particular. No esperen ver cómo se planta delante del instrumento con variaciones normativas o reinterpretaciones que son el ‘quiero y no puedo’ de la estimulación. Él insufla originalidad. Radicalidad. Groove.

Francesco Tristano © Ryuya Amao
Francesco Tristano
© Ryuya Amao

Y eso que era el sustituto. Por supuesto, no tiene nada que ver; es más, a Tristano le salió la jugada redonda con la baja de su compañero. Después de que el islandés Víkingur Ólafsson anunciase su cancelación a la cita en el Palau tal y como presentaba la programación de temporada, determinada por la incompatibilidad de tempos de cuarentena entre países (por aquello de la pandemia, ya saben), Francesco Tristano, afincado en Barcelona, fue el nombre que acabó sonando más entre los candidatos. Fue un gran acierto, sinceramente. Después de una entrada sosegada y de más de una década sin pisar aquella casa, cada una de las piezas de su programa fueron un acto de reconciliación y agradecimiento. Reconciliación con un confinamiento que, según él, mermó bastante su optimismo y su motivación, y en el que las Suites inglesas de Bach se convirtieron en refugio y en palabras textuales, “la música de mi confinamiento”. Y agradecimiento de una vuelta a los escenarios, más que nunca ante una perspectiva nada clara de aquí hacia adelante.

Rindió homenaje a Bach, su salvador, con la pieza de presentación Suite inglesa núm. 6 en re menor, de líneas puramente polifónicas y tonales, y en este caso sin uso del pedal, destacó por la calidad de su discurso y la ejecución rigurosa ya desde su Prelude improvisado, y destacando las consiguientes Gavottes. Un ejemplo claro de la relevancia y necesidad que le otorga a la música clásica, como algo muy latente, poniéndola en contexto actual con una lectura y con una mirada del ahora de otro compositor; él mismo, en el que el paso del tiempo (que pueden abarcar centenares de años) no resta ni un ápice de modernidad de la pieza, que vuelve a expresar, con toda la contemporaneidad del momento de creación, el espíritu renovador que alberga. Magistral a la vez que emotivo.

Continuó con una versión a piano, creada durante este mismo año, de una Gallarda en re, de John Bull. Haciéndosela suya, preservando gran parte de la originalidad de esta danza prebarroca, demostró de nuevo la radicalidad de la reinterpretación de lo clásico con sus rítmicas variantes y dinámicas personales introducidas. En Chaconne (Ground Bass), obra que firma el propio Tristano, ya ahondó en planteamientos de escuela actual, dando rienda suelta a la introducción de elementos sonoros como parte de la propia línea melódica, materializados desde el propio piano; esto es el uso percutivo de la caja de resonancia, del cordal y del bastidor.

Los Cuadros de una exposición de Mussorgsky marcaron la última vuelta a esta carrera de corta distancia, pero intensa, en la que cerró un ciclo tal y como lo abrió; dedicado a otro gran amor. Tristano no se dejó nada en el tintero; abrumó por la interpretación que apelaba a otra dimensión, especialmente expresivo en sonoridad (armónicos descarnados), y una muestra de agilidad, llegando al prestissimo, sin ostentaciones de ningún tipo. Ciñéndose a la versión original, jugó con la indeterminación de los tiempos. La ejecución evidenciaba un trabajo, más que personal, intrapersonal del hecho sonoro.

Francesco Tristano demostró de nuevo, desconfinado, formar parte de otra escuela; uno de los abanderados de la música que traza y destraza las líneas temporales. Inteligencia y coherencia en una línea de estudio experimental viva, cambiante, y que abre una nueva dimensión. Una única máxima: desapego a las restricciones y a los límites. Y todo funciona.

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