El Palau de la Música Catalana acogió la apertura de una nueva temporada de la mano de un programa heterogéneo. Con el título L’Emperador de Beethoven, la Orquestra Simfònica del Vallès, bajo la batuta de su director titular Andrés Salado y con Alba Ventura como solista, nos invitaron a hacer un recorrido a través de cuatro obras separadas entre si por época, lenguaje y estilo, pero conectadas entre sí con una misma voluntad: la de deleitar.

Alba Ventura en el Palau de la Música Catalana © Lorenzo Duaso | OSV
Alba Ventura en el Palau de la Música Catalana
© Lorenzo Duaso | OSV

En encuentro dio comienzo con El último emperador de Ryūichi Sakamoto, composición para la película homónima. Salado optó por darle un tempo más lento a la obra del compositor japonés. Las partes que debían ser interpretadas por el erhu y el se, fueron ejecutadas por el primer violín y el arpa, resolviendo bastante bien la ausencia de los dos instrumentos tradicionales chinos. La orquesta hizo una buena interpretación de la obra, con unos legatos correctos y cambios contrastantes de dinámica que, junto con la elección deliberada de un tempo más lento, pretendían llenar de más dramatismo a la pieza.

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La música de Sakamoto preparó el terreno para la que debía ser la protagonista del encuentro: el Concierto para piano núm. 5 de Beethoven, más conocido como Emperador. La solista a cargo de defender el piano fue Alba Ventura, quien afrontaba su primer encuentro con la Orquestra Simfònica del Vallès y Salado. Ventura se adentró en una interpretación profundamente personal, pero, además, algo alejada de la orquesta. En muchas secciones parecieron ir por caminos diferentes, como al principio del Allegro, cuando orquesta y solista no se adaptaron a unos ritardandi algo exagerados marcados por el piano. Durante el Adagio la solista recurrió de nuevo a notas largas cargando de emotividad la interpretación. Finalmente, solista, director y orquesta supieron reencauzar el concierto. Tras la obra de Beethoven, Ventura nos deleitó con un bis, Claro de Luna de Debussy, que defendió estupendamente.

Andrés Salado al frente de la Orquestra Simfònica del Vallés en el Palau de la Música © Lorenzo Duaso | OSV
Andrés Salado al frente de la Orquestra Simfònica del Vallés en el Palau de la Música
© Lorenzo Duaso | OSV

La segunda parte se abría paso con un lenguaje más moderno con Icarus, de la compositora Lera Auerbach. Salado y la orquesta lograron sobrecogernos con esta visión contemporánea del mito de Ícaro. Cabe destacar como el director supo explotar los colores de la orquesta. Los pizzicati muteados del comienzo, junto a los cambios contrastantes de dinámica y los tempi elegidos, hicieron que la caída provocada por alcanzar lo imposible estuviese presente. El broche final de la velada lo pondría la Obertura 1812, op. 49 de Chaikovski. Fue esta obra la que finalmente se llevó el protagonismo del encuentro. Salado y la orquesta supieron reflejar el carácter espectacular y cargado heroísmo de la partitura. Llegaron a alcanzar toda la intensidad que la obra requiere, obteniendo un resultado sonoro brillante y épico.

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En definitiva, el encuentro se caracterizó por una primera parte más irregular de lo esperado. No obstante, todo se resolvió durante la segunda parte, en la que Icarus aporto tensión y modernidad, y la obra de Chaikovski llevó la velada a su cenit. Fue cuando director y orquesta se mostraron más auténticos, cerrando el concierto con una interpretación cargada de fuerza y logrando el mejor momento de la tarde.

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