No deja de sorprender el hecho de que siendo Ravel un compositor que encontró en el piano uno de sus medios de expresión más naturales, y siendo al mismo tiempo un maestro de la orquestación, esperase hasta la cincuentena, ya al final de su ciclo creador, para componer sus dos conciertos para piano. Dos auténticas gemas de las cuales la Sinfónica de Galicia presentaba la menos interpretada de ambas; el Concierto para la mano izquierda. Lo hacía de la mano -izquierda- de uno de los pianistas jóvenes españoles más en boga, tanto por su vertiente interpretativa como por su estimulante presencia en las redes sociales, Juan Pérez Floristán.

Dirigida por Erik Nielsen –titular de la Sinfónica de Bilbao y en su primera visita a la Sinfónica de Galicia– la orquesta aprovechó todos los recursos que la inmensa paleta expresiva de Ravel pone en juego en tan colosal obra. Ya desde la introducción, nacida desde las profundidades de la orquesta, con los murmullos atávicos de contrafagot y de la cuerda grave, hubo un despliegue de energía, que desde un principio hizo que las limitaciones acústicas del escenario provisional del Coliseum pasasen a un muy segundo plano. La entrada del solista, dramática, y plena de color, fue caracterizada de forma colosal por Floristán. Al mismo tiempo, éste le confirió una mordacidad, rozando lo malévolo, que pocas veces hemos escuchado en esta obra.

El pianista Juan Pérez Floristán
© Nikolaj Lundt

Floristán no sólo exhibió la robustez de su mano izquierda, sino también la máxima musicalidad en los pasajes más melódicos, impregnados de la fuerte impresión que el blues americano dejó en el compositor vasco, en sus visitas a los clubs de jazz neoyorquinos. No menos deslumbrantes resultaron las cadenzas en las que la mano del solista debe recorrer el teclado en toda su extensión, de forma sinuosa hasta lo indecible, extendiendo y contrayendo los dedos a velocidad de vértigo en toda su amplitud. Fue un auténtico disfrute la realización de las mismas por un Floristán inspirado y preciso, pero también el magnífico feedback que se estableció entre el solista y la orquesta, esta última aportando calor y color en todas sus secciones. Siendo injusto destacar algunas de ellas, merece ser reseñado el brillante solo de trombón de Jon Etterbeek, instrumento siempre llevado al límite por la pluma de Ravel.

Una pena que el distanciamiento y la contención a la que la pandemia nos somete hiciesen que la respuesta del público no fuese lo suficientemente calurosa como para que Floristán mostrase lo mucho y bueno de que su mano derecha es capaz.

La segunda parte nos transportó, en plena celebración beethoveniana, a la inefable Quinta sinfonía. Nielsen abrió la actual temporada de su orquesta bilbaína con esta misma obra, lo cual nos hacía prever una Quinta muy consciente y madurada. Y aunque efectivamente desde el pódium el director americano mostró la máxima seguridad y eficiencia, su concepción de la obra resultó un tanto decepcionante.

La claridad expositiva primó por encima de cualquier otra consideración. Disfrutamos de una lectura limpia y cohesionada como pocas veces se puede escuchar. Pero el precio pagado por ello fue demasiado alto. A pesar de la impecable contribución orquestal, el Allegro con brio inicial careció precisamente de brío, el Andante con moto de energía y sólo el Scherzo y Allegro final consiguieron liberarse de la férrea camisa de fuerza que Nielsen impuso a una obra tan reiterada, como raramente oída con tanta contención.

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