No es precisamente habitual programar dos amplias sinfonías de repertorio en una misma noche. Parece que un concierto, para ser ameno, obligatoriamente debe constar de dos partes claramente contrastadas, en las que se presenten formas y lenguajes bien diferenciados. James Conlon apostó justamente por lo contrario; interpretar en la misma velada dos sinfonías de duración, épocas y estilos más que próximos, en concreto la Segunda sinfonía en do mayor de Schumann y la Segunda sinfonía en re mayor de Brahms. Sin duda la acertadísima elección de los compositores fue decisiva para el éxito del experimento. La conexiones biográficas y musicales entre ambos compositores fueron tan estrechas, que confrontar su música sinfónica en un mismo programa fue una experiencia pedagógica de lo más revelador. Una auténtica cátedra de musicología práctica en la que fueron decisivos el reputado talento de Conlon y la aportación de una Sinfónica de Galicia que, a pesar de las incertidumbres e incomodidades de estos tiempos, está empeñada en demostrar concierto tras concierto que se encuentra en uno de los momentos más dulces de su historia. Por si fuera poco, el concierto tuvo lugar en el Palacio de la Ópera con lo que el disfrute para el público fue máximo. Como curiosidad no está de más añadir que no se trataba de un nuevo experimento, pues justamente la semana previa Conlon había planteado casi idéntica experiencia en Valladolid con la Orquesta de Castilla y León; en ese caso las Terceras sinfonías de ambos compositores.

El director James Conlon
© Bonnie Perkinson

Aunque Conlon es un director de un repertorio amplísimo, tanto en lo orquestal como en la escena, no han sido Schumann y Brahms los nombres que le han hecho alcanzar fama internacional, sino más bien otros más propios del postromanticismo como Mahler, Zemlinsky, Korngold, etc. Sin embargo, a lo largo de toda la noche evidenció una comprensión absoluta del lenguaje de los ilustres antepasados de los sinfonistas del siglo XX. Aunque el vitalista y enérgico Sostenuto de la Segunda sinfonía se abrió con una mínima imprecisión de los metales -que en modo alguno debe deslucir una velada absolutamente inspirada de toda la sección- el movimiento fluyó de forma convincente, con una energía muy bien enfatizada, cristalizando en los poderosos clímax de forma natural y perfectamente cohesionada con el discurso global. 

Frente al denso movimiento inicial, el Scherzo destacó por su transparencia y ligereza. Una lectura que, en el contexto didáctico de la noche, evocó de forma sin duda intencionada la figura de los evanescentes Scherzi de Felix Mendelssohn, a la sazón director que estrenó la obra. Acertadamente, Conlon no exageró el contraste con los tríos, evitando exacerbar la polaridad a la que la música de Schumann resulta tan proclive. De esta manera la aparición de la etérea y paradisíaca belleza del Adagio resultó de lo más apropiada. No fue una lectura en absoluto edulcorada, sino todo lo contrario; Conlon imprimió un tiempo vivo, un tanto atípico, que sin embargo funcionó a la perfección, en buena parte gracias al impecable entramado sonoro construido por las maderas de la Sinfónica. Las sensuales cuerdas tendieron un puente evidente con la brahmsiana segunda parte, pero Conlon fue más allá, moldeando su fraseo con una intensidad y una trascendencia que en cierto modo preconizaba las catedrales sonoras brucknerianas. El Allegro molto vivace final, con su sucesión vertiginosa de temas y atmósferas es un dechado de inspiración que, en manos de Conlon, arrastró, o mejor dicho, hipnotizó a músicos y oyentes hasta un glorioso y estimulante final.

Era el turno en la segunda parte de la Segunda de Brahms. Un apasionante contrapunto nacido en las idílicas orillas del austríaco Wörthersee, justamente donde Mahler concibió sus sinfonías centrales. Conlon dirigió en esta ocasión sin partitura, mostrando un conocimiento absoluto de la obra. Su caracterización del Allegro non troppo inicial fue muy amena, aprensiva de principio a fin, desmintiendo cualquier tipo de interpretación pastoral, evitando transiciones expansivas que pudieran suavizar las aristas, y explotando al máximo los registros más oscuros de los metales, absolutamente abrumadores en sus intervenciones en este movimiento. Decir que nunca he escuchado antes una interpretación más wagneriana de este movimiento puede sonar un tanto atípico, pero es que adentrarse en caminos inexplorados es justamente lo que el oyente más agradece en estas sinfonías brahmsianas, reiteradas en las programaciones hasta la saciedad. 

Frente a la sensualidad del movimiento lento en Schumann, el Adagio non troppo de Brahms estuvo recorrido por un halo de nostalgia y pesimismo. No sólo eso, en sus momentos más espasmódicos la música adquirió un sorprendente cariz expresionista que sin duda hubiese hecho las delicias de Schoenberg. El clímax final del movimiento resultó sin embargo un tanto ajeno al variopinto discurso previo. El Allegretto grazioso me resultó nuevamente revelador. En una noche llena de puentes hacia tantos compositores, es casi cómico apuntar que la modernista lectura de Conlon me hizo ver con claridad meridiana algo que nunca antes había apreciado: el Minuetto de la Tercera sinfonía de Mahler es un auténtico “remake” de este movimiento. El ya decididamente triunfal Allegro con spirito final fue fundamentalmente una exhibición de virtuosismo por parte de todos los solistas y todas las secciones de la orquesta, entregados todos a una orgía sonora que culminó en una mahleriana, en lo abrumador, cabalgata final de los metales. Sin duda en más de uno flotaba en la cabeza la idea de una hipotética tercera parte con otra Segunda sinfonía, por supuesto de Mahler.

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