Sin apenas tiempo para superar el jet lag del regreso del Festival Internacional de Música Sacra de Bogotá, donde había participado exitosamente, la Orquesta Sinfónica de Galicia ofreció un estimulante programa en el Palacio de la Ópera. La propuesta incluyó dos compositores cuyas trayectorias vitales estuvieron marcadas por experiencias dolorosas: en Robert Schumann, el progresivo deterioro de su salud mental y en Antonín Dvořák la tragedia familiar, cebada con la pérdida de tres de sus hijos. Las dos obras programadas mostraron como la creación artística se convirtió en un espacio capaz de transformar el sufrimiento en experiencias de enorme intensidad emocional. A estos alicientes se sumaba la presencia de Nicolas Altstaedt, uno de los violonchelistas más interesantes de su generación. Colaborador habitual de las formaciones gallegas, regresaba en su doble condición de solista y director, con la cual ya se había presentado con la Real Filharmonía de Galicia en un programa similar.
El Concierto para violonchelo de Schumann fue un territorio especialmente propicio para que Altstaedt desplegase su técnica de primer orden. Su interpretación se caracterizó por tempi vertiginosos, beneficiados de su agilidad prodigiosa con la mano izquierda. Sorprendió por la limpieza de sus cambios de posición y la precisión de la afinación en los desplazamientos más comprometidos. No resultó ajena a estas cualidades lo peculiar de su instrumento, un Guadagnini de 1749, de reducidas dimensiones, que favoreció una respuesta especialmente ágil. Su tamaño no se tradujo en una sonoridad limitada: al contrario, Altstaedt consiguió proyección suficiente para llenar el Palacio de la Ópera con un sonido penetrante, y un color desplazado hacia el registro agudo.

Desde el inicio del Nicht zu schnell, Altstaedt impuso un fraseo expansivo y una tensión expresiva ajena a cualquier sentimentalismo. El Langsam central alcanzó momentos de especial belleza, particularmente en el diálogo camerístico con el chelo de Raúl Mirás. La transición al Sehr lebhaft final fue admirablemente construida, dando paso a un despliegue de virtuosismo, articulación incisiva y precisión rítmica que culminó en la original cadencia acompañada y una coda de irresistible impulso. Fue un Schumann más vitalista que expresionista, más extrovertido que ensimismado. Una lectura paradójica que, sin ignorar la complejidad psicológica de la partitura, puso el acento en la brillantez interpretativa. La OSG, con una plantilla de cuerda especialmente reducida (cuatro violonchelos y seis violas), respondió con flexibilidad y una notable sensibilidad hacia las continuas demandas del solista.
La brevedad de una interpretación tan vertiginosa tuvo su contrapartida en dos generosas propinas. El Adagio cantabile de la Sinfonía núm. 13 de Haydn, página confiada al violonchelo solista con acompañamiento de la cuerda, que permitió apreciar la calidez del registro grave de Altstaedt. La Sarabande de la Suite núm. 1 de Bach ofreció un contraste radical, con una lectura austera, evocadora y de inspiración historicista, reforzada por la sujeción del violonchelo sin pica y una técnica de arco próxima a las prácticas históricas.
La segunda parte estuvo dedicada a la Sinfonía núm. 7 de Dvořák, la menos frecuentada de sus tres últimas sinfonías, pero también una de las más intensas y dramáticas, en la que la influencia de Brahms convive con una inconfundible inspiración bohemia. Altstaedt ofreció una lectura enérgica y de gran continuidad, con un Allegro maestoso de notable tensión, un Poco adagio de expresivo lirismo y un Scherzo particularmente brillante por su vitalidad rítmica. El Finale culminó con una poderosa afirmación orquestal. La OSG respondió con excelente compenetración, aunque ocasionalmente se echó de menos mayor equilibrio entre maderas y cuerda y un empaste más refinado en los grandes clímax. En conjunto, una interpretación convincente que confirmó tanto la versatilidad de la orquesta como las cualidades de Altstaedt en su faceta de director.

















