La presencia de Javier Perianes al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia, en la doble condición de solista y director, constituyó el eje único de una velada dedicada a los Conciertos para piano números 2, 4 y 5 de Beethoven, con la que el pianista onubense cerraba el ciclo iniciado con la OSG hace dos años. Se trata de una aventura que también ha desarrollado con otras agrupaciones, como la London Philharmonic o la Orquestra de la Comunitat Valenciana, cristalizando esta última en una grabación aún en producción. Llegaba, por tanto, Perianes en condiciones óptimas para afrontar un enorme reto en lo físico y en lo emocional: una de esas maratones concertísticas tan en boga actualmente, quizá no siempre ideales para apreciar obras de semejante grandeza en su justa medida. La selección resultó particularmente acertada. Frente a la combinación de los Conciertos núm. 2, 3 y 4, el tríptico coruñés permitió construir un arco global de mayor ambición, casi sinfónico: el Segundo como preludio luminoso, transparente y juvenil; el Cuarto como centro introspectivo, con su mundo interior beethoveniano, de una desnudez reveladora; y el Quinto como gran culminación expansiva.
En el Segundo, Perianes encontró el equilibrio ideal entre ligereza clásica y energía juvenil. El Allegro con brio desplegó, desde la ceremoniosa introducción orquestal, impulso sin precipitación, con una OSG atenta, flexible, de articulación clara, y un piano que evitó tanto la coquetería mozartiana como retórica del Beethoven maduro que tantas veces se infiltra en estas obras de juventud. La digitación de Perianes, pulcra e inefable, permitió que las escalas y las figuraciones más rápidas respirasen con naturalidad. Pero también se puso en evidencia desde el arranque una de las mayores limitaciones de la noche: la obligada disposición del piano frente a la agrupación orquestal lastró notablemente su proyección sonora, un imponderable acústico que condicionó sumamente el disfrute. En el Adagio, Perianes apostó por una cantabilidad serena, contenida al máximo. Se creó una indescriptible suspensión armónica, adecuadamente reforzada por el diálogo con inspiradas trompas y maderas. El Rondo, llevado con gracia rítmica y sentido teatral, mostró a un Perianes de enorme control: vivaz, chispeante, pero sin perder nunca la claridad de planos.
El Cuarto fue el centro espiritual de la velada. En el Allegro moderato, Perianes dejó que el célebre arranque solista surgiese como una confidencia desde el corazón del compositor, no como una exhortación al mundo. La OSG respondió con una textura particularmente refinada en las cuerdas, alcanzando el diálogo entre solista y orquesta momentos de una sintonía íntima y natural. El Andante con moto fue el momento más intenso de la noche por su sobriedad dramática: cuerdas, severas y compactas, frente a un piano de respuesta íntima, pero cada vez más persuasiva. El Rondo vivace, aportó ligereza y liberación, con un fraseo ágil y dirección atenta a los equilibrios, evitando que el brillo final deshiciera la hondura previa.
El Emperador fue el desenlace lógico del programa, aunque no alcanzó la misma plenitud musical. El Allegro fue planteado como una visión de enorme energía, casi una explosión de fuerza, quizá buscando el máximo contraste con la introspección del Cuarto. El resultado fue que la brillantez exterior se impusiese a la verdadera elaboración musical del discurso. Un movimiento tan rico en transiciones, gradaciones dinámicas, cambios de carácter, etc. quedó, algo subordinado a la afirmación sonora y al torbellino general. En el Adagio un poco mosso, Perianes, con un pedal muy medido, recreó la esperada sensación de tiempo detenido, culminando con una transición al Rondó mágica. Hubo en él (ahora sí oportunamente) carácter enérgico y afirmativo, y una contagiosa sensación de llegada.
La asistencia fue muy elevada, prueba una vez más del poder de convocatoria que conserva Beethoven. Lástima que el público no siempre acompañase con el debido silencio: móviles y ruidos varios en los momentos más delicados. Nada de ello empañó una buena velada musical en el conjunto de una temporada que ya se acerca a su conclusión.


