Dos meses después de su concierto en Lugo, en el que interpretó los dos últimos Köchel del ciclo mozartiano para violín y orquesta, David Grimal volvía a ponerse al frente de la Orquesta Sinfónica de Galicia como solista y director para dar vida a los tres primeros conciertos. Velada en el Palacio de la Ópera de La Coruña; un escenario bien distinto al el Círculo de las Artes de lucense, en el que, tal como reseñamos en su momento, hubo una cercanía y una empatía entre el público y los músicos máxima. En el Palacio de la Ópera, la gran dimensión de la sala y del escenario, así como el estricto distanciamiento, generaron un clima mucho más frío, muy especialmente para aquellos que habíamos vivido la primera entrega del ciclo. Es difícil entender que el número de músicos reunidos en el escenario fuese prácticamente el mismo que en el concierto en Lugo. De hecho, la única diferencia fue la presencia de un primer violín más en el concierto de Coruña, y la obligada intervención de dos flautas en el hermosísimo Adagio del Concierto núm. 3 en sol mayor, uno de los mejores momentos de la noche. Dieciocho músicos resultaban claramente insuficientes para abordar este repertorio en una sala de esta naturaleza. Pero una vez más la personalidad carismática de Grimal y su virtuosismo, que roza en muchos momentos la prestidigitación, fue más que suficiente para enfervorizar a la audiencia.

El violinista David Grimal
© Bobrik

Fueron, como en la primera entrega, interpretaciones imaginativas, llenas de carácter y personalidad y sobre todo de una bendita espontaneidad. En comparación con las grabaciones de estas obras del propio Grimal hace ya un lustro con su grupo Les Dissonances, estos conciertos en vivo muestran una concepción en lo orquestal menos arriesgada, más atemperada, sin duda condicionada por la inmensa dificultad que para los músicos supone tocar en vivo y en directo sin tener una batuta en la que apoyarse. Sin detenerme en la anatomía individual de cada una de las interpretaciones de los tres conciertos, me centro en esta ocasión en un aspecto más específico: las cadencias de los tres conciertos. Grimal siguió milimétricamente, como en Lugo, las modernas cadencias, obra del compositor francés Brice Pauset. Muy alejadas del estilo de estas obras, su escucha me hizo recordar la disputa que surgió en su día entre la pianista francesa Hélène Grimaud y el director Claudio Abbado a raíz de la interpretación del Concierto núm. 23 de Mozart. La devoción de la pianista francesa por la cadencia que Ferrucio Busoni escribió para dicho concierto, chocó de frente con el gusto del director italiano para quien una cadencia tan poco mozartiana, no tenía cabida en su visión de la obra. Una tensa porfía, nunca resuelta y que de hecho condujo a la cancelación de los conciertos de la pianista francesa en el Festival de Lucerna.

En el caso de Grimal, es llamativo como a pesar de los principios historicistas que rigen su interpretación, muy especialmente la ausencia del vibrato, opte sin embargo en las cadencias por aproximaciones tan ajenas al mundo mozartiano. Si uno se mantiene al margen de estas disquisiciones historicistas, son para mi estas cadencias un auténtico deleite; cada una de ellas una delicatessen violinística, que en un programa tan homogéneo por no decir monolítico como el que reseñamos, resultaron nueve apasionantes puertas a mundos sonoros de lo más rico e imaginativo. Cuesta pensar que al propio Mozart no le hubiesen complacido.

Los accidentes atmosféricos hicieron que hubiera por desgracia problemas con la afinación del Stradivarius de Grimal, los cuales fueron a más a lo largo de la noche, hasta el punto de que el propio violinista tuvo que pedir disculpas al público por prolongadas afinaciones, pero salvo por los inconvenientes citados disfrutamos de una reparadora velada musical.

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