Desde su debut con la Orquesta Sinfónica de Galicia el año 2013, Andrew Litton no sólo se ha convertido en un visitante habitual, sino que también ha conseguido que sus conciertos se conviertan en citas obligadas para el público del Palacio de la Ópera. La clave de su éxito radica en su especial talento para convertir cada velada en un espectáculo único. Para ello se basa en buena parte en confeccionar programas sabiamente escogidos –no necesariamente populares, inolvidable su atípica Sinfonía núm. 2 de Scriabin–, pero al mismo tiempo, Litton tiene una capacidad especial para ir más allá del trabajo sistemático de los ensayos para, llegado el concierto, dejarse arrastrar por la inspiración del momento, introduciendo nuevos matices que sorprenden a los propios músicos. Esto, lejos de despistarlos, les hace estar alerta, siempre en tensión. Este enfoque, un tanto kamikaze, funciona a la perfección con los músicos de la Sinfónica de Galicia y más aún en la actualidad, con la sorprendente mezcla de juventud y veteranía que la plantilla exhibe. No es una sorpresa que en la Quinta de Prokofiev viéramos en los atriles más de un músico que hace ya unos interpretó la misma sinfonía con la orquesta joven. Esta es la grandeza de un proyecto que afortunadamente va mucho más allá de regalar semana tras semana satisfacción a los oyentes.

El violinista Sergey Khachatryan
© Marco Borggreve

A todos estos alicientes se sumaba la presencia de uno de los violinistas más interesantes de los últimos años, Sergei Khachatryan, al cual, tras varias anulaciones, por fin tenía la oportunidad de escuchar en el Palacio de la Ópera. Con Khachatryan disfrutamos de un violinista de primera fila que asombró, más allá de su técnica abrumadora, por el calor y densidad de su sonido, enriquecido por su vibrato, pleno pero natural y por el sonido profundo al máximo de su cuerda grave. El solista y un intervencionista Litton acentuaron al máximo el lirismo de la partitura, confiriéndole una melancolía que la alejó del espejo mendelssohniano. Visiblemente emocionado, tras largos aplausos, el solista interpretó una doliente monodia, nacida directamente del folklore de su tierra, Armenia.

La Quinta sinfonía forma parte del ADN de la Sinfónica de Galicia. Es un colosal fresco en el que el carácter mundano de su antecesora Cuarta es reemplazado por una vívida imagen de la tragedia soviética que se cierne sobre el compositor; sin que esto implique que el compositor diese la espalda a su inveterado humor. En las prodigiosas manos de Litton fue una lectura eminentemente trágica, instrospectiva. Esto me resultó problemático en el Allegro giocoso final, excesivamente emparentado al extremadamente trágico Andante inicial; cuya arquitectura fue sublimente trazada por Litton y sus músicos. Tras él hubo el máximo contraste en el virtuosista y electrizante Allegro marcato, para en seguida revivir la tragedia en el Adagio, introspectivo hasta la llegada de sus más climáticos acordes, que pocas veces he escuchado con un carácter tan agresivo como el que Litton le confirió. En el final, la falta de extroversión se sumó a una fallida conclusión; enigmático pasaje, reminiscente de tantas codas mahlerianas por su interminable discurso, rebosante de ideas melódicas y tímbricas. Fue una mínima mácula en una gran noche de música en la que dentro de lo injusto que es resaltar una sección de la orquesta, destaco en esta ocasión a la percusión liderada por José Trigueros, José Belmonte, Alejandro Sanz y Miguel Ángel Martínez, quien dio, como es habitual en él, una lección de inteligencia musical.

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