El debut con la Orquesta Sinfónica de Galicia del director alemán Karl-Heinz Steffens prolongó la línea de los últimos conciertos de abono, focalizada en el repertorio clásico y romántico. Lo hizo, en este caso, con una escueta propuesta que apenas alcanzó los sesenta minutos de música. Eso sí: una hora impecable de principio a fin, gracias al excelente estado de forma de la OSG y a la presencia en el podio de un maestro de los que respiran música por todos sus poros. Sin solistas y sin concesiones a la música infrecuente, Steffens ofreció una auténtica cátedra de dirección sobre dos pilares de la tradición centroeuropea: la “Linz” de Mozart y la Cuarta de Schumann. Partituras de repertorio, bien conocidas, en las que cualquier indefinición, exceso o arbitrariedad queda al momento descubierto.

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Karl-Heinz Steffens © Michael Bode
Karl-Heinz Steffens
© Michael Bode

El Adagio de la Linz se abrió con una enorme fuerza dramática, evocando atinadamente las zozobras que precedieron la visita del joven compositor a la ciudad. La transición hacia el Allegro spiritoso no fue ni suave ni fluida, sino cargada de pathos, con una tensión interna muy marcada. Éste resultó vibrante, con fuerza e impulso dinámico, en una lectura en la que lo heroico se impuso sobre lo galante. Fue un movimiento de muchos quilates, reforzado por la presencia de unos timbales clásicos cuyo seco sonido añadió definición rítmica. El Andante, evocador y fluido, destacó por la transparencia absoluta de cuerdas y maderas y por una perfecta integración de las trompas, siempre presentes, pero sin nunca saturar la atmósfera general. Steffens confirió al Menuetto un carácter sinfónico que trascendió su esencia danzable. El naíf Trío, lleno de gracia e inocencia, establecería un inesperado puente expresivo con la evocadora Romanza schumanniana de la segunda parte. El Presto fue expuesto con contención y gracia, dando paso a unas maderas de exquisita naturalidad en su juego melódico, a unas cuerdas fluidas, perfectamente empastadas, y a unos pasajes contrapuntísticos resueltos con admirable limpieza. Steffens manejó la acumulación de energía con inteligencia, incrementando progresivamente la tensión hasta una conclusión grandiosa, en la que la orquesta respondió con precisión, empaste y un sonido admirable. Uno de los Mozart más logrados que hemos escuchado en los últimos tiempos a la OSG.

La Cuarta de Schumann, fue igualmente reveladora. Karl-Heinz Steffens se mostró en un mundo sonoro especialmente afín. En el Langsam inicial dio vida a un discurso sólido, continuo, fluido, en el que las transiciones y los cambios dinámicos se sucedieron de forma orgánica, generando una tensión interna que cristalizaría en un redondo Lebhaft. Este huyó de la típica efusividad, optando Steffens por sobriedad y contención, que en ningún momento dejaron de resultar idiomáticas; al contrario, realzaron los matices que nacen del mundo interior del compositor. Sólo en el cataclísmico final dejó Steffens que la orquesta desplegase todo el dramatismo hasta entonces contenido. Atinados oboes y chelo marcaron el camino en el maravilloso fraseo de la Romanza, sutil al máximo, incluso en su temprano clímax. Tras él, el evocador, y comprometido, solo de violín de Olatz Ruiz, aportó calor y color, para dar paso a un schubertiano Scherzo, por no decir bruckneriano, tal fue el carácter que el director le imprimió. El Trío recuperó la atmósfera de la Romanza: contrastante y relajante al máximo en sus dos apariciones. Tras él, fue sobrecogedora la forma en que Steffens elevó a las alturas el arranque del Final. Un crescendo orquestal abrumador, sostenido por unos metales soberbios y una cuerda de enorme solidez. Tras él, el discurso se volvió plenamente expansivo y efusivo, para alcanzar una conclusión de enorme impacto físico y emocional en el que la orquesta respondió con entrega absoluta y autoridad incontestable.

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