La Orquesta Sinfónica de Galicia celebró el vigésimo aniversario del debut con la orquesta del pianista español, Javier Perianes, el cual tuvo lugar a sus 22 años de edad bajo la batuta de López Cobos. Con él hemos disfrutado de la música de Mozart, Beethoven, Falla, Bartók y Ravel. En esta ocasión presentaba al público coruñés el Concierto núm. 5 en fa mayor, de Saint-Saëns.

Menos extrovertido y dramático que el Segundo concierto, el colorista Quinto plantea el reto de no caer en una interpretación episódica, restringida a un simple recorrido por un álbum de viaje. Sorprendió que en la introducción Perianes no mostrase la sutileza y contención tan habitual en él. Esa intransferible sensibilidad tan única y personal. En diversos momentos la dinámica orquestal, especialmente desde las nutridas maderas, no fue especialmente empática. Este desequilibrio ocasional fue el único problema de la interpretación (por no hablar del ruidoso público que, no obstante, bienvenido sea) desde el podio. El holandés OttoTausk es un director joven, pero con un amplio bagaje. Curiosamente, en sus tres visitas previas, había dirigido sendos conciertos con Andsnes, Demidenko y Beatrice Rana.

Javier Perianes
© Igor Studio
 

Perianes extrajo lo máximo de una obra que le encaja como anillo al dedo, exhibiendo un sonido profundo y brillante, que deslumbró en las preciosistas escalas leggierissimo o en las poderosas octavas en fortissimo. Asimismo, en los pasajes más viscerales del Allegro animato exhibió su sempiterno carácter. Esto se acentuó en el folklórico Andante, en el que dio vida a un discurso racial hasta la extenuación. En la evocadora sección central disfrutamos de una fascinante sensualidad que dio paso a una exuberante quasi Cadenza. El intenso Molto allegro destiló desenfado y vitalidad, concluyendo la obra con una abrumadora exhibición del solista en su cadencia y un poderoso tutti final. Perianes regaló al público la hermosísima, pero injustamente infrecuente, Serenata andaluza de Falla, en lo que fue otro prodigio de interpretación.

En una temporada englobada bajo el epígrafe de Imprescindibles no podía faltar una sinfonía beethoveniana. La elegida, ni más ni menos, la Eroica. Tan imprescindible como hiperprogramada, aunque la OSG, más allá de sus directores titulares, apenas la ha interpretado. De todas estas Eroicas, ha sido la de Tausk y la OSG la que me ha resultado más intensa y convincente. El despliegue de energía, contraproducente en la primera parte fue aquí oportuno, imprimiendo las dosis necesarias de drama para que una obra tan conocida sonase nueva. En la exhibición de músculo merecen citarse numerosos atriles jóvenes, algunos de ellos recientemente incorporados a la sección de violines, pero también metales e incluso un joven timbalero invitado. Todos se adecuaron a la perfección a la concepción de Tausk, un director que en cada visita gana más y más adeptos. Llama la atención por su energía y flexibilidad y es, por encima de todo, un director humilde que huye de excesos para la galería, absolutamente concentrado en dar entradas y graduar dinámicas, que a lo largo de toda la obra resultaron impactantes por su extremismo. El tempo fue peculiar, pues una Eroica de 45 minutos de música, se ubica en el rango más vertiginoso del espectro. Pero no por ello fue una versión desdibujada, sino todo lo contrario; rebosante de matices y de ideas reveladoras.

Un planteamiento tan extremo, pleno de sforzandos explosivos, fugas obsesivas y tuttis lapidarios, sólo podía funcionar con una respuesta orquestal de primera línea. La OSG volvió a demostrar su magnífico momento de forma y la seriedad y el rigor con los que aborda el gran repertorio. Merece ser mencionado el poderoso sonido de los contrabajos y unas maderas deslumbrantes, con solos de lujo de la mano del oboe David Villa y el clarinete Iván Marín. Únicamente resultó fallido el cuarteto de cuerda en el Finale por el que Tausk atípicamente optó. Pero hablamos de una mácula en una amena noche de imprescindible música.

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