Guy Braunstein fue el doble protagonista, como solista y director, del segundo concierto de la temporada de la Sinfónica de Galicia. Su amplia experiencia orquestal, fruto de sus años como concertino de la Filarmónica de Berlín, se reflejó asimismo en su faceta de programador. Conformar un programa en base a cuatro obras, suele ser una cuestión un tanto espinosa, pues no es tarea fácil conseguir que la suma de las mismas pueda equiparar el impacto de una gran obra de repertorio. Sin embargo, Braunstein salió airoso del reto conjugando cuatro obras de estilos bien diversos: dos infrecuentes y sorprendentes arreglos sinfónicos junto con dos populares obras del repertorio para violín y orquesta.

La noche se abrió de forma exitosa con una auténtica lección de sensibilidad por parte de Braunstein y los músicos de la Sinfónica. Disfrutamos de una recreación sublime de uno de los lienzos más hermosos de la música británica: La alondra ascendiendo de Vaughan Williams. Braunstein hizo fácil lo difícil, haciendo que el sonido de su violín resultase tan fluido y ondulante como el vuelo de la alondra que inspira la obra. Dobles cuerdas, octavas en el registro más agudo y un sutilísimo vibrato se unieron a una impecable articulación y un sonido cristalino pero al mismo tiempo lleno de vida. La Sinfónica, que en el concierto previo había recreado a la perfección la violencia y la fuerza expresionista de la música de Holst y de Bartók, nos asombró ahora en un registro mucho más intimista y pastoral. Toda una lección de ductilidad en la que destacaron los preciosistas solos de trompa y oboe, y todo el conjunto en la rapsódica sección central.

El violinista Guy Braunstein © Enrico Nawrath
El violinista Guy Braunstein
© Enrico Nawrath
La Habanera de Saint-Saëns resultó menos sustancial en lo musical –que no en lo virtuosístico– hasta el punto de que en el conjunto del concierto podría considerarse como una propina ad hoc. En su papel de director, Braunstein le imprimió un carácter lánguido, carente de garra que no encajó en absoluto con las indicaciones de tiempo de la obra: una oscilación entre el Allegretto y el Allegro. Y sin embargo, esto pasó a un segundo plano ante una nueva exhibición de virtuosismo en la que el solista abordó los pasajes más intensos de la composición con una facilidad y una ferocidad pasmosas.

En un afortunado giro de efecto, el juvenil Cuarteto de cuerda de Anton Webern –en la adaptación para orquesta de cuerda de Christoph Poppen– nos trasladó a un mundo sonoro bien distinto. Ya totalmente concentrado en la batuta, Braunstein se mostró especialmente lúcido dirigiendo una obra injustamente infrecuente en las salas de conciertos. Fue una interpretación intensa y conmovedora de principio a fin, absolutamente estimulante para el público que la siguió con la máxima concentración, pero también para los músicos que visiblemente disfrutaron dando vida a esta sugerente partitura. Frente al cuarteto original, esta adaptación permite un mayor contraste dinámico y tímbrico, debido principalmente a la inclusión de los contrabajos. A esto se unió una conducción imaginativa por parte de Braunstein, quien realzó a la perfección los extremos de amor y de muerte que se concitan en esta música, tan deudora, como tantas de su tiempo, del mundo sonoro y anímico del Tristán e Isolda wagneriano.

En la relativamente breve segunda parte, Braunstein tuvo que lidiar con la transcripción del Trío, Op.8 de Brahms realizada por Ohad Ben-Ari y estrenada por el propio Braunstein en 2014. Parece encomiable el intento de trasladar una obra camerística de tanta belleza al escenario de una gran orquesta, en la línea de lo realizado por Arnold Schoenberg con el Cuarteto con piano, Op.25. Sin embargo, Ben-Ari no dio la impresión de haber estado igual de afortunado. El intimismo y el lirismo de la versión original se transmutaron en una extraña fusión de estilos. En el mejor de los casos, esta orquestación nos trasladaba al mundo de las evocadoras serenatas brahmsianas, pero inesperadamente evolucionaba hacia una recreación del Brahms sinfónico más grandilocuente, la cual a su vez derivaba inopinadamente hacia el academicismo de las obras más fútiles del compositor hamburgués. Desde el pódium, Braunstein tampoco se mostró especialmente cómodo con la obra. Así, fueron palpables las dificultades para conseguir un convincente balance dinámico entre las distintas secciones de una orquesta muy voluntariosa pero igualmente desconcertada ante esta problemática versión orquestal. Un final un tanto ambiguo que sólo destiñe ligeramente un concierto lleno de alicientes.