Entre las experiencias más destacables que un melómano puede tener al concluir un concierto se encuentra el sentimiento de que le han presentado una obra nueva y diferente, aun cuando se trata de una pieza clave del repertorio. Ocurre que obras cumbre del repertorio orquestal son normalmente programadas en las salas de conciertos, y que la asistencia, de alguna manera, ya se encuentra familiarizada con ellas, ya sea a través del formato de la grabación o del concierto en directo. El programa que nos ocupa hoy es una muestra representativa de lo antedicho, es un programa eficaz que gusta y atrae, entre otras cosas, porque es de sobra conocido. Bernard Haitink y la Sinfónica de Londres nos han traído nuevamente estas obras eternas, pero ofreciendo un enfoque en el delineado orquestal que nos ha permitido descubrir nuevas líneas instrumentales y nuevos elementos expresivos que habitualmente se encuentran soterrados en la masa sonora. Además, la formación inglesa ha venido acompañada de la violinista Veronika Eberle, cuyo sonido permanecerá grabado en la piel de muchos durante largo tiempo.

La London Symphony Orchestra © Ranald Mackechnie
La London Symphony Orchestra
© Ranald Mackechnie

El concierto comenzó con un viaje a las Hébridas, esas islas bañadas por el Atlántico en las lejanas latitudes de las costas escocesas. Mendelssohn se había quedado prendado de la gruta de Fingal, en la isla de Staffa, y había compuesto sus impresiones en forma de música programática. Las violas, los violonchelos y el fagot perfilaron los contornos de la cueva con suavidad, uniéndosele al poco las llamadas del oboe y de la flauta, como creando una profundidad y una lejanía obligatoria entre el oyente y la música, entre el visitante y la cueva. Haitink transmitió magistralmente la sensación incierta de este viaje casi fantástico, dibujando delicadamente el paisaje terrenal, pero ofreciendo tamañas dosis de furor e impetuosidad en los compases donde se representa el mar. En los aspectos más “mecánicos” la formación ofreció una atención intachable a las exigencias de la partitura, haciéndose efectivas todas las indicaciones que el compositor establece; pero sobre todo es necesario destacar la maestría del director al elaborar su propio criterio, propiciando, asimismo, el protagonismo individual de los instrumentistas.

Bernard Haitink © Clive Barda
Bernard Haitink
© Clive Barda
Esta fue una tendencia generalizada que se desarrolló también durante la Segunda de Brahms. No le falta experiencia a Bernard Haitink para extraer de una orquesta su propia concepción musical. Observar cómo dirige es una prueba admirable de su capacidad de liderazgo, y lo que es más, permite al oyente interesado comprender qué le pide a sus músicos, porque su gesto es claro y elegante, y siempre viene acompañado de un evento musical inmediato y perceptible. La formación respondió con eficacia a cada indicación dinámica, a cada articulación y a cada acontecimiento rítmico -de esos que proliferan tanto en la obra de Brahms, y que ponen a prueba la cohesión de todas las orquestas. Pero además se percibió con toda claridad la tensión emocional de esta enorme Sinfonía: la melancolía y la incertidumbre permeadas de una clima de sosiego y de liberación; la declamación meditabunda de los violonchelos y los comentarios erráticos de las trompas con las maderas; el colorido ambiente pastoril tan magistralmente interpretado por el oboe y las cuerdas en pizzicato; y el inquietante discurso de las cuerdas y el clarinete, seguido de los pasajes enérgicos y fogosos del finale, el Allegro con spirito, ¡que en verdad parecía la orquesta poseída por una suerte de espíritu de la música!

La violinista Veronika Eberle © Askonas Holt
La violinista Veronika Eberle
© Askonas Holt
Pero si hemos de hablar de posesión, debemos reservar este sentimiento al provocado por el sonido de la violinista Veronika Eberle. Con un pulso firme y resolutivo abordó los primeros compases del concierto de Mendelssohn con una inaudita habilidad para el sobrecogimiento. Cada una de las notas de esta melodía emergió de su “Dragonetti” Stradivarius y se percibió sin ningún esfuerzo como si le salieran de dentro a cada uno: cualquiera que hubiera cerrado los ojos en ese momento habría sentido la omnipresencia de un sonido que, sin embargo, era creado en la distancia del escenario y se repartía por todo el auditorio, ¡este era un sonido que se percibía con todo el cuerpo y no sólo con el órgano del oído! Pero además estaba la maestría de un fraseo trazado con la meticulosidad de un hábil artesano, que proponía un discurso sereno, pausado y contenido, pero al mismo tiempo impulsado siempre hacia delante. En este elemento también la orquesta tuvo su notable participación por medio de un ritmo magistralmente marcado por Bernard Haitink, y por el descubrimiento (ya lo hemos mencionado) de diversas capas instrumentales que hicieron de la audición de este concierto una experiencia nueva y extraordinaria. La intervención de la solista concluyó con un finale en el que destacaron sus habilidades para domar el instrumento en servicio de la expresión musical, y para establecer una conexión abrumadora entre su propia presencia, la orquesta y la maravillosa música de Mendelssohn. 

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