Como antesala a la Semana Santa, la Orquesta Sinfónica de Tenerife suele programar conciertos de música religiosa, que se celebran no solo en el Auditorio de Tenerife, sino también en otros lugares de la isla. En el que nos ocupa, pudimos disfrutar de dos obras no tan conocidas y nunca programadas anteriormente por la orquesta (a las que hay que añadir la famosísima de Barber). Es un tipo de música que suele estar relacionada con la seriedad y la lentitud, pero no es este siempre el caso, ya que puede ser también música alegre, rítmica y capaz de mostrar una gran cantidad de sentimientos; algo que quedó muy bien reflejado en esta velada.

El Adagio para cuerdas, op. 11 de Samuel Barber, obra intensa y dramática, fue enfocada con inteligencia por Víctor Pablo Pérez, aunque tanto el comienzo como el final de la pieza adolecieron de cierta falta de intensidad y emoción. Por otro lado, el director planificó muy bien los desarrollos y los clímax, consiguiendo un buen balance y permitiendo que las diversas secciones de las cuerdas se expresaran admirablemente bien.

La Coral Reyes Bartlet, la Sinfónica de Tenerife, solistas y director durante el concierto
© Miguel Barreto | Sinfónica de Tenerife

A continuación escuchamos una selección de las diez Canciones bíblicas, op. 99, de Antonin Dvořák, obra cuyos textos son tomados de diversos salmos, y que fue escrita originalmente para voz y piano. Las siete canciones escuchadas (en inglés y no en el checo original, una traducción permitida por el compositor), tuvieron en el joven barítono barcelonés Josep-Ramon Olivé un intérprete persuasivo: dramático, de mucha fuerza expresiva, buena proyección e impactantes agudos. Realizó una interpretación imponente, a la que solo se le pudo pedir algo más de variedad en los recitativos de “El Señor es mi pastor”. En todo caso, un barítono de grandes cualidades. Víctor Pablo Pérez, en perfecta comunión con Olivé, estuvo admirable y reflejó brillantemente la diversidad que se encuentra en estas canciones extraordinarias; desde la alegría –con ciertas influencias folklóricas– de “Cantad al Señor un cántico nuevo”, hasta los momentos más dramáticos, como “Nubes y oscuridad” o “Escucha, oh Dios, mi oración”. La prestación orquestal fue muy buena, con estupendas intervenciones solistas.

Víctor Pablo Pérez
© Miguel Barreto | Sinfónica de Tenerife

Para concluir la velada, Las siete palabras de Cristo en la cruz, de César Franck; obra de gran belleza que debería ser más conocida. Víctor Pablo Pérez, especialmente inspirado por esta música magistral, convenció plenamente en todos los números, desde el comienzo expresivo del Prólogo hasta el final en pianísimo de la séptima palabra; lo que nos llevó a disfrutar de una versión redonda e impactante, en la que la Sinfónica de Tenerife volvió a estar excelente, tanto en los solos como en los tutti. Espléndida la soprano tinerfeña Raquel Lojendio en todas sus intervenciones (comenzando por el Prólogo), con una atención especial al fraseo y a la agógica, además de mostrar una voz bellísima, densa, emotiva y capaz de muchos matices. El tenor Airam Hernández –también tinerfeño– aportó el lado más virtuosístico, con gran proyección vocal y pasmosa facilidad para resolver los problemas técnicos de su comprometida parte, especialmente los agudos (que llegan al do 5 en “Pater, in manus tuas commendo spiritum meum”). También tuvo mucha convicción y capacidad expresiva. A su vez, Josep-Ramon Olivé volvió a reflejar las virtudes que le habíamos escuchado en la obra de Dvořák, y tuvo momentos excelsos, como en “Sitio!” (“Tengo sed!”), donde fue impresionante su forma de variar la voz y el fraseo en cada entrada. La Coral Reyes Bartlet –dirigida por José Híjar Polo– se mostró como un conjunto cohesionado, de perfecta afinación y capaz de producir pianísimos refinados y expresivos, junto a momentos más explosivos (como en “Si tu es Rex Judaeorum”). Su actuación tuvo un nivel muy alto. Fue un concierto de música religiosa impactante y atractivo, con interpretaciones muy satisfactorias.

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