Si en la reseña del concierto de la Orquestra de València apelábamos a la oportunidad que supone Ensems para abrirse a nuevas escuchas, la clausura de su cuadragésimo octava edición pareció llevar esa idea al límite. Comenzó, en realidad, a las doce del mediodía, en el refectorio del Centre del Carme. Allí, Llorenç Barber, Montserrat Palacios y Asier Puga, junto a Klang Company, recuperaron dos textos fundamentales de John Cage escritos a comienzos de los cincuenta: Conferencia sobre nada y Conferencia sobre algo. Dos ensayos que invitan a reconsiderar las relaciones entre sonido, ruido, silencio y tonalidad, pero también el papel del creador y el grado de libertad que este concede al intérprete y, en última instancia, al oyente.

En esta conferencia-happening, los tres músicos intervinieron los escritos a base de incorporar los más diversos ruidos y numerosas autocitas: cencerros, cascabeles, campanillas, platillazos y pitidos de teteras en un discurso aparentemente libre, aunque milimétricamente encajado en una estructura de marcado ritmo teatral. Incluso el propio Cage estuvo presente en modo grabación. Hubo ironía, mirada crítica hacia las vanguardias de los cincuenta y memoria: era difícil no reconocer en el juego con la voz, la palabra, el gesto y el sonido el espíritu de Flatus Vocis Trío, la experiencia que reunió en los años ochenta a Barber con Fátima Miranda y Bartolomé Ferrando (presente en la sala) en torno a la experimentación vocal. Especialmente hermosa resultó la interpretación de Only por Palacios, una canción de Morton Feldman, sobre versos de Rilke, en medio de una llamada general a hacer uso de la lentitud. La deconstrucción fonética de las palabras, los ecos, las reverberaciones y los silencios reclamaban un oyente activo, obligado a construir su propia experiencia. Todo el rato sobrevoló una idea de Feldman en forma de cita: «los sonidos son igual que las sombras», que se proyectaría sobre el concierto de la tarde.
Porque entonces lo iniciado por la mañana encontró su prolongación natural. Puga concibió un recorrido en torno a Feldman en el que pintura, sonido, espacio y tiempo dejaron de comportarse de forma independiente. Antes incluso de que comenzara formalmente el concierto, Composition 1960 No. 7, de La Monte Young, instalaba al público en la escucha prolongada del drone: casi nada sucedía pero todo comenzaba a cambiar. A partir de ahí siguieron distintas maneras de mirar y escuchar. La proyección de The Grove, de Constable, apareció primero en su integridad para descomponerse después mostrando en detalle masas de pigmentos de lo que parecía una pintura abstracta. En el plano sonoro, Telemann y Scelsi proponían, con la viola de Carlos Seco, dos aproximaciones igualmente distantes a una misma idea de contemplación. Con Atomic Test in Nevada (1955) pasamos a otra dimensión: casas arrasadas, maniquíes y la nube atómica; memoria de la destrucción. Y sin solución de continuidad comenzó a nuestras espaldas Ricochet Lady, de Alvin Lucier. El glockenspiel llenó la sala con su reverberación generando volumen y un constante cambio de patrones rítmicos. Una experiencia acusmática que ayudaba a percibir el entorno físico y lo inoportuno de los cuchicheos de una vecina de asiento y tener encendido un molesto luminoso con el nombre del festival en el escenario.
Finalmente, desembocamos en Rothko Chapel. Los acordes amortiguados del coro, los breves solos sin palabras, la percusión, la celesta y una viola que emerge y vuelve a disolverse, tras entonar una canción de reminiscencias hebreas, hicieron que sonido y silencio dejaran de percibirse como opuestos. Se volvió a apelar a la calma: esta música no necesita ser empujada, necesita el tiempo y el espacio que le dieron Puga, Nubah y Enigma. Si a mediodía, Cage había formulado las preguntas, Feldman pareció responderlas por la tarde: «Ningún sonido teme al silencio que lo extingue y no hay ningún silencio que no esté preñado de sonido».
















