Se anunciaba este concierto de la Orquestra de València y la temporada como la primera diseñada por Alexander Liebreich, nuevo director musical y artístico de la misma. Sin embargo, la constante de programar a autores ajenos al mainstream iniciada el curso pasado parece prolongarse. Sirva de ejemplo el caso del polaco Andrzej Panufnik, cuyo Landscape sonó por primera vez aquí, junto a páginas de su compatriota Penderecki, Mozart y Stravinsky. Una propuesta alejada de la centralidad del repertorio tardo romántico y modernista, que en otros momentos hubiera resultado, cuanto menos, incómoda para un público que llenó el Teatre Principal y no se mostró disgustado.

Maria João Pires junto a la Orquestra de València con Alexander Liebreich en la dirección
© Music Live Valencia

La presencia de los dos polacos fue justificada por el vínculo del director con su anterior titularidad en la Orquesta Sinfónica Nacional de la Radio Polaca y por la alusión, en las entrevistas previas, a cierta espiritualidad común a ambos Estados vehiculada por el catolicismo. Este, para Penderecki y para parte de la sociedad de aquel país, fue un modo de confrontación con el régimen comunista. De ahí que el compositor utilizase textos bíblicos –prohibidos– en algunas de sus obras de mediados de los sesenta. Pero cuando Penderecki compuso El despertar de Jacob (1974) su música ya era reconocida a este lado telón de acero y su lenguaje más moderado que el de aquellas piezas. No obstante, persisten las masas sonoras, los inacabables glissandi y las dúctiles texturas que en manos de la Orquestra de València sonaron un tanto mate, pese a la corrección y la trabazón. El primer acorde salió desajustado y Liebreich desplegó un gesto claro y seguro, mas a veces ostentoso. Por su parte, Panufnik se marchó de Polonia a mediados de la década de los cincuenta dejando de ser el primer compositor de su país para, en sus propias palabras, “no ser nadie en Inglaterra”. Al contrario que El despertar de Jacob, la versión de Landscape ahondó en su carácter nocturnal y de infinitud con la intensidad de un adagio mahleriano y la eficaz superposición de consonancias y bloques disonantes.

Maria João Pires
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Entre estas páginas tendentes a la oscuridad, Maria João Pires y Mozart hicieron la luz. El contraste de la tonalidad de la mayor en la que está escrito el Concierto para piano núm. 23, K488, no pudo ser más acusado. La orquesta y la pianista se entendieron bien y esto produjo que se percibiera la correspondencia tímbrica entre ambos (aunque enrarecida por la acústica sala) o que los solistas de viento sobresalieran al ser acompañados por la lisboeta en el Allegro. Pires conoce todos los recovecos de la música del salzburgués y lo demostró. He mencionado la tímbrica, pero hay que añadir el control de las dinámicas, la clarísima articulación o la locuacidad de un fraseo que embelesa y te hace separar la espalda del respaldo del asiento en cada vaivén. Con el paso del tiempo la pianista le ha quitado al Adagio cierto ensimismamiento, lo que le viene muy bien, pues lo dijo con serenidad y sencillez, como no dándole la importancia que tuvo. Finalmente, atacó con vigor un Allegro assai en el que el director reclamó, a veces con exceso en el gesto, una presencia de partes del acompañamiento que afortunadamente no siempre obtuvo. El bis fue un íntimo Largo del Concierto para clave en fa menor, BWV1056, de Johann Sebastian Bach.

Cerró la velada el neoclasicismo que rezuma la suite orquestal que Stravinsky extrajo del ballet Pulcinella. En ella, Liebreich también puso un inusitado empeño en que sonasen las voces internas, en particular, se dirigió varias veces a violas y violonchelos, lo que enturbió algo la escucha de las voces solistas. Estos, dos violines, viola, contrabajo y oboe, rememorando la forma del concerto grosso, estuvieron correctos, destacando, por ejemplo, como se complementaron los dos violines. Pese al esfuerzo del director por controlar la orquesta, el complejo Scherzino resultó atolondrado. Por el contrario, el solo de flauta tuvo el necesario punto de melancolía. La rudeza de la Tarantella contrastó con la delicadeza de los vientos en el tema y variaciones de la Gavotta. Gustó el carácter de las intervenciones de trombón, de fraseo lírico, y contrabajo.

Con todo, fue una tarde con luces y sombras, y no solo por las características del repertorio. Por lo que se ha explicado con respecto a la temporada, la programación de Alexander Liebreich está bien pensada y es atractiva. Ojalá permita superar la situación anímica de unos músicos obligados a vagar por diferentes acústicas debido a la prolongadísima remodelación del Palau de la Música y a la mala relación con el anterior director titular. El auditorio parece ser que estará listo a lo largo del próximo año, cuando la orquesta haya cumplido su octogésimo aniversario.

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