Roberto González-Monjas
© Marco Borggreve

Si, hace tres años, le hubiéramos preguntado a Roberto González-Monjas qué le deparaba el futuro, dirigir no habría estado entre sus planteamientos. “Requiere unas habilidades muy especiales”, me dice a través del video algo difuso. “Pensaba que no tenía algunas de ellas, que no tenía suficiente carisma”. Volveremos sobre esta palabra, carisma; mientras tanto, baste decir que, incluso pixelado, el español muestra más, que cualquiera de las personas con las que he conversado recientemente.

González-Monjas fue concertino de la Orchestra dell'Accademia Nazionale di Santa Cecilia desde 2014 hasta el año pasado. Ha ocupado el mismo puesto en el Musikkollegium Winterthur desde 2013, pero pasará a director principal la próxima temporada, sustituyendo al austríaco titutar Thomas Zehetmair. Hace poco también, ha asumido el cargo de director principal de la Dalasinfoniettan en Suecia. Ambos nombramientos llegaron a pesar de la falta de formación específica de González-Monjas. Así que ¿cuándo aceptó por fin que su futuro estaba en el podio?

“Siempre me atrajo la idea de dirigir. De adolescente, pasaba el tiempo analizando las partituras en lugar de estudiando los conciertos de violín. Tras convertirme en concertino, comencé a dirigir, en algunos momentos había un coro o una obra demasiado difícil como para liderar desde el asiento, así que tomaba la batuta. Pero esto eran solo experimentos. Me decía a mí mismo: solo por hoy, luego vuelvo a mi violín. Poco a poco se hizo más evidente que la dirección sería la parte más importante de mi carrera”.

Intuyo que esta tímida valoración trasluce una habilidad natural que hizo la transición inevitable. E incluso si él no la vio venir, otros sí. Colin Davis estaba tan seguro del destino de González-Monjas que le ofreció su batuta para cuando el español hiciera su debut profesional. (Por desgracia, Davies falleció antes de poder ver su promesa cumplida).

No es el primero que cambia la silla por el podio con total naturalidad. El director de la BBC Symphony Orchestra Sakari Oramo comenzó como concertino de la Finnish Radio Symphony. Veía la dirección como un “hobby, o algo alternativo a mi carrera profesional”. Nikolaus Harnoncourt, uno de los mentores de González-Monjas, fue chelista de la Orquesta Sinfónica de Viena hasta los 40. Dio el salto tras muchos años dirigiendo su conjunto de instrumentos históricos, Concentus Musicus Wien, desde la viola da gamba.

Roberto González-Monjas
© Marco Borggreve

¿Qué ventajas le ofrece a González-Monjas su experiencia de concertino frente a alguien que llega a la dirección, por ejemplo, desde la composición? “La más evidente es el conocimiento del sonido de la cuerda”, explica. “Hay una manera de sacarlo que resulta muy natural para alguien que ha tocado un instrumento de cuerda”.

Pero hay algo más. González-Monjas compara el papel del director con el de un psicólogo: “Tienes que ser sensible al estado de ánimo de una orquesta, saber cuando puedes presionar y cuando no, cuando debes hablar y cuando mostrarlo”. Esto es más fácil si has sido parte de una como intérprete. Y cuando el preciado tiempo de ensayo es escaso, saber qué aspecto de tu personalidad es necesario para sacar lo mejor de un un grupo en concreto un día concreto, es inestimable”.

Ser concertino al más alto nivel también le ha otorgado a González-Monjas una idea de lo que todos, a excepción de los mejores directores, carecen: una visión aguda de la obra - un sentido palpable de su ADN - y el carisma para comunicarlo. “Hay fuerzas como Antonio Pappano o Kirill Petrenko,” comenta entusiasmado. “Apenas tienen que explicar nada cuando están frente a la orquesta. Todo es tan evidente. Lo único que puedes decir como intérprete es: ¡Oh! ¡Vaya…! Sencillamente, te seguiré y ayudaré a que esto se haga realidad”.

Insiste en que mientras el carisma suele ir acompañado de una fuerte -incluso tiránica- personalidad, ambos no se excluyen mutuamente. Señalo la diferencia entre Leonard Bernstein y Bernard Haitink: “Ahí lo tienes,” dice. “Ambos son extraordinariamente carismáticos, pero de maneras muy distintas. Ver a Haitink ensayar, es la experiencia más humilde -casi monástica-, mientras que Bernstein era la fuerza en sí mismo. Ambos dieron resultados extraordinarios”.

Roberto González-Monjas
© Marco Borggreve

Por supuesto, algunas cosas solo se aprenden con la experiencia. González-Monjas recuerda un consejo que le dio otro mentor, Semyon Bychkov: “Dale 20 años. Entonces empezarás a sentirte cómodo con tu repertorio, con tu técnica, con estar frente a la orquesta”.

Of course, some things can only be learned with experience. González-Monjas recalls advice given to him by another mentor, Semyon Bychkov: “Give it 20 years. Then you’ll start feeling comfortable with your repertoire, your technique, being in front of an orchestra”. La respuesta de González-Monjas fue mirar al ruso y decir: “¿Se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor?” Pero ahora lo entiende y no le importa esperar.

De hecho, no solo está conforme con ejercitar un poco de paciencia, definitivamente, confía en hacer las cosas con calma. Tras haber pasado los últimos años con una agenda sobrecargada, despierto hasta las 2 o las 3 de la mañana estudiando partituras, levantarse al amanecer para coger un avión a la siguiente ciudad y la siguiente orquesta, ha aprendido a las bravas cómo de insostenible es este tipo de vida. “Me llevó mucho esfuerzo y sacrificio decirme: si tienes que dejar pasar esta oportunidad, hazlo -  pero cambia tu vida o no superarás la carrera”.

También es una falta de respeto hacia la orquesta” continúa. “Necesito cierto grado de aplomo y experiencia con el repertorio para ponerme frente a la orquesta y no transmitir stress”. En la actualidad, estar con su pareja y su flamilia, hacer deporte y dormir llenan una parte saludable del tiempo de González-Monjas.

La longevidad es todo un tema. Hablamos sobre Iberacademy, una academia sin ánimo de lucro que fundó en Medellín junto hace ocho años junto al director colombiano Alejandro Posada. Aquí la palabra de moda es “sostenible”. “Queríamos crear algo no fuera solo sacar a los niños de la calle por un día, sino darles las herramientas para convertirse en lo que quieran ser, ya sea músicos, directores de instituciones culturales, políticos comprometidos con la cultura, no sé, ¡personas con recursos humanos! Solo que comprendan cómo un grupo de personas trabaja en unión gracias a la música”.

Además del currículum de música de Medellín, los estudiantes de Iberacademy reciben formación en cámara y orquesta, masterclasses y tours a otras instituciones. La próxima temporada tocarán con el Musikkollegium Winterthur en Suiza. Lo que nos lleva la programación.

Es demasiado pronto para los detalles, pero González-Monjas está lleno de ideas para la orquesta suiza. “Vamos a planificar pensando en varios años”, dice. “Esto nos permitirá crear conexiones que se extenderán a más de una temporada”. Como intérprete, le resultaba difícil incorporar emotividad a un programa cuando sabía que la siguiente semana estaría tocando un programa completamente distinto con un director diferente. “Pero cuando vuelves a un programa asociado, en el mismo lugar, con el mismo público, a lo largo de dos o tres años, se crea un precioso ciclo en el que verdaderamente puedes desarrollar”. 

Qué es un programa asociado no es tan obvio como podrías pensar. González-Monjas programar con curar: “Los curadores se preocupan por establecer un diálogo entre las obras de arte”, comenta. “En la Tate Modern, por ejemplo, los murales Seagram de Rothko comparten espacio con un Monet y un Rodin. Cuando lo vi, de pronto entendí como el impresionismo se había difundido, y que la obra de Rothko era el desarrollo natural de lo que habían hecho los impresionistas. Programar es lo mismo. Combinaciones inesperadas pueden arrojar una más fundada luz en obras que no podría explicar de otra manera”.

Roberto González-Monjas
© Marco Borggreve

Es solo una de una serie de comparaciones que González-Monjas lanzó en la conversación: Celibidache dirigía como “un gran chef”, ocupándose de cada una de las capas “desde las cebollas al ajo, al tomillo y las hojas de laurel”; un concierto centrado en un compositor es como el cubo de Rubik “consigues ver muchas perspectivas diferentes de la misma cosa”; ya he mencionado la psicología…

Antes de que se vaya le pregunto cuál es el mejor consejo que le han dado. Es una pregunta facilona, pero me sigue el juego. Recuerda algo que el pianista húngaro Ferenc Rados le enseñó: “Siempre está preguntando por qué. Antes de tocar una frase, pregunta: ‘¿Por qué esto no tiene sentido? ¿Lo hago por costumbre?’ Esto me ha ayudado a pensar más allá, evitar hacer refritos de ideas preconcebidas y pastiches de tradiciones”.

De hecho, el enfoque casi socrático de González-Monjas hacia la música se expande a todos los aspectos de su vida. Es la clave de su estricto régimen de descanso: “Cuando hago demasiado, me pregunto a mí mismo: ¿Cuál es la motivación aquí? Ah!, momento de parar”. Momento de parar la entrevista también, llevamos más de una hora. Se marcha con una sonrisa. De vuelta a sus partituras, sus Rothkos, su cubo de Rubik.

Esta entrevista ha sido promocionada por Musikkollegium Winterthur.

Traducida del inglés por Katia de Miguel