Parece que uno de los requisitos para ser una pieza de éxito del repertorio clásico es que se añada un título llamativo y extramusical a posteriori a la obra original. En tal sentido, los cuatro primeros conciertos de Il cimento dell'armonia e dell'inventione, rebautizados como Las cuatro estaciones, no son una excepción. Traían este antológico corpus Janine Jansen con la Camerata Salzburg en una de las últimas citas de la temporada de Impacta.
Sin embargo, la primera parte se alejaba del horizonte más conocido con obras de Dubugnon, Rota y Geminiani. La primera de las tres, el Piccolo concerto grosso, op. 87, compuesto en 2020, asume la homónima forma barroca e incluso ciertas sonoridades de la época, pero con tratamiento más cromático y, sobre todo, una labor rítmica cuasi paroxística, enfrentando los dos cuartetos y los dos violines solistas en un jugoso juego de contrapuntos, polirritmias y efectos que bien mostraron las capacidades técnicas de los instrumentistas y su compenetración. Ciertamente hay una dimensión lúdica en la pieza, pero también una coherencia formal y una solidez técnica notables.

A continuación, sin Jansen en la formación y con Gregory Ahss como primer violín y director, acometieron el Concerto per archi. En esta pieza la Camerata brilló por su elegante fraseo, la pulcritud melódica y unas dinámicas manejadas con contención. Devolvieron el evocador mundo de Rota que inevitablemente nos recuerda la filmografía de Fellini. Con Geminiani y su Concerto grosso en re menor, H.143 ‘La Folia’ nos adentramos ya en el Barroco, en los ritmos sincopados que comenzaban a asentarse en el Nuevo Mundo. Ahss demostró su calidad no solamente como concertino sino también como solista, con una versión contrastante entre movimientos y dinámicas, bien marcada en los tempi y de sonoridad ligera y acertadamente áspera.
Tras el descanso, con la reincorporación de Jansen como protagonista, pudimos asistir a su versión del archiconocido grupo de conciertos para violín de Vivaldi. Fue una interpretación no propiamente historicista, pero tampoco recargada a la manera de ciertas ejecuciones del siglo pasado. Un orgánico bastante comedido, gran parte de ellos en pie, ofreció una sonoridad nada edulcorada, alejada de un sinfonismo acomodado. Primó más bien un pulso firme, remarcando las figuraciones rítmicas, concatenando las frases entre las partes como en el Presto del Verano o en el Allegro final del Invierno. Pero también hubo un sonido generoso y luminoso en la Primavera, con un festivo abanico de ornamentaciones. Los movimientos lentos, por el contrario, fueron muy íntimos y recogidos, lunares y espectrales como el Adagio molto del Otoño. Como se puede intuir se trató de una interpretación que aprovechó todos los registros y ánimos de la obra para ofrecer una versión equilibrada y de absoluto dominio. A ello contribuyó sin duda el talento de la violinista holandesa, cuya técnica es apabullante al punto que hace parecer fáciles obras de exigente ejecución; además, se prodiga con una expresividad y musicalidad contagiosas que asegura la más calurosa de las acogidas. Únicamente se echó en falta algo más de trabajo sobre la acústica de una sala amplia como la Sinfónica del Auditorio Nacional, pero que se compensó con el arrojo e intensidad de los intérpretes.
Jansen demostró ser una de las violinistas más interesantes del panorama actual, capaz de moverse por repertorios variados, pero siempre conjugando una técnica impecable con una inteligencia musical reseñable. Y, ciertamente, los músicos que la acompañaban no quedan a la zaga, desde el sólido y siempre atento Ahss a los miembros de la Camerata Salzburg, mostraron como se puede ofrecer un excelente resultado y divertirse tocando música juntos.

