El VIII Festival Internacional de Guitarra de Madrid se clausuraba, en esta edición homenaje a Federico Moreno Torroba, con el esperado recital de David Russell y un programa variado, amable, en el que no podía faltar una parte ocupada por el homenajeado, así como un estreno de una obra Stephen Goss, cuyo dedicatario es precisamente Russell.

El guitarrista escocés se mostró desde el comienzo locuaz no solamente con el instrumento, sino también con algunas explicaciones sobre las obras y abrió el concierto con la Grande Ouverture op. 61 de Mauro Giuliani. Si bien el sonido pulcro y cuidado fue desde el comienzo evidente, constituyendo la marca más característica del intérprete, hubo algún que otro desequilibrio en el fraseo y en las dinámicas, resultando algo destemplado en el arranque del concierto. A continuación, Russell acometió Don Quixote de Goss, obra que se acompañó con la proyección de algunas imágenes de grabados cervantinos. La composición de Goss no tiene demasiada enjundia en verdad, aunque Russell la interpretó con conciencia, luciendo sus mejores momentos en los movimientos Dulcinea, con aire de nocturno, y Vigil of Arms, de interesantes resonancias y crepuscular meditación. Para concluir la primera parte, Russell ofreció una selección Castillos de España de Moreno Torroba: en estas páginas breves, brillantes y diversas, el guitarrista ofreció un dechado de equilibrio, pulcritud y evocación. Especialmente lograda estuvo la pieza inspirada en el castillo de Zafra, donde el contraste entre la línea melódica y la línea de bajo creó una interesante tensión, así como el más cantable, y casi zarzuelesco, Olite con su entretejido de voces y motivos.

En la segunda parte, Russell aunó autores distantes como Bach y Albéniz, construyendo para ambos unas suites “inventadas”, como él mismo dijo, esto es reuniendo varias piezas breves. En el bloque bachiano especialmente expresivos fueron el Airoso BWV165 (extraído de la cantata O heilges Geist- und Wasserbad) y la Sarabanda BWV825 (de la Partita núm. 1 en si bemol mayor) al igual que admirable fue la precisión y justeza del tempo con la que Russell interpretó la Courante de la Partita núm. 2 para violín. Tal vez el momento más álgido, capaz de conjugar de manera más eficaz expresividad con hondura, fue el bloque dedicado a Albéniz: desde las sonoridades suspendidas del Capricho catalán o el brío de la Pavana op. 12 hasta la plenitud de Cuba y la ensoñación andaluza de la Malagueña, Russell plasmó las piezas con naturalidad, recorriendo su personal itinerario, en el que con rigor y al mismo tiempo gozo recalaba en cada recoveco. El conjunto de las piezas rezumó color y personalidad, aunque sin excesos. Hay sin duda un interés genuino de Albéniz por el folklore en su obra, pero sería un error calcar demasiado la mano en la interpretación ignorando justamente la transfiguración que el compositor cumple, y en esto la mesura de Russell seguramente fue determinante para lograr una lectura profunda.
Como decía al principio, Russell es un intérprete que pone el máximo cuidado en la emisión del sonido, en la pulcritud del toque, por lo que nada acontece sin intención; a veces este enfoque puede sonar algo distante, alejado del desparpajo al que tenemos asociada la guitarra española. Esto responde a la exigencia de dar vida a un sonido muy rico, y que para poder apreciarlo completamente, quizá la mejor cualidad del intérprete sea la discreción para con las obras, combinada, como ciertamente lo es en el caso de David Russell, con una técnica superlativa.

