En este mes de septiembre arrancan las nuevas programaciones musicales en todos los auditorios, ofreciendo gran diversidad de propuestas. Encontramos en el Palau de la Música una especialmente llamativa: la del pianista Dmytro Choni, quien llevó a cabo una serie de interacciones entre las líneas melódicas de Debussy, Rajmáninov, Brahms y Lysenko. Un ejercicio en el que las lecturas romanticistas o impresionistas se entrelazaron en el teclado de Choni.

La secuencia de paisajes con 6 Préludes de Debussy inauguró una exploración acústica de timbres, colores armónicos y resonancias. Seis piezas que Choni leyó en diferentes claves según sus caracteres; de una ejecución donde predominaba la luminosidad y ligereza, con cierto aire improvisado, a la introspección basado en el ostinato, teniendo la economización expresiva como principio. La fluidez y el intercambio de esencias entre las diferentes piezas lograron una interpretación líquida, cambiante, donde las figuraciones aparecían sin evidenciar el virtuosismo que escondían. Refinamiento, control, grandes desplazamientos y, especialmente, un control del sonido y del rubato que constataron un Choni que dominaba la partitura. Además, destacó, no tanto por un ataque vaporoso, sino más definido y de claridad técnica y tajante.
En los 6 Preludes de Rajmáninov se retrató un universo mucho más denso armónicamente, priorizando la expansión sonora y la recreación de un sonido que envolvía la línea melódica y que atañía a lo coral. La intensidad emotiva fue transformada desde texturas sombrías y dramáticas a más enérgicas y contemplativas, sin perder la continuidad de lo delicado en el discurso. Lo interesante de su ejecución se detalló en una dimensión casi orquestal, manteniendo la tensión musical y la precisión incisiva; la carga emocional de todo el conjunto concluyó con un carácter más rítmico y brillante, cumpliendo con una experiencia que combinó exigencia, dinamismo y sutileza.
En un capítulo más expresivo, Choni encaró 4 Klavierstücke, op.199 de Brahms con un trabajo repleto de formas breves y de concentración. Con ello, en todo el desarrollo de las cuatro piezas se encontró una exposición pianística que combinaba potencia y contención, evitando un planteamiento desbocado en las líneas melódicas, y subrayando la calidad del sonido por encima de todo. Detalles como el control de los silencios o el mantenimiento a gran escala de las construcciones internas, mostradas aparentemente como pequeñas. Choni manejó la dificultad de estabilizar el peso de cada nota, la intimidad de carácter confesional entre melodía y acompañamiento, los contrastes entre articulaciones, hasta llegar a un cierre con la parte más monumental, de carácter dramático en los cambios armónicos.

El programa concluyó con Rêverie, op.13 de Lysenko, transmutándose en el puente que enlazaría la temática romántica europea con la identidad musical ucraniana de todo el discurso. Contuvo una riqueza cromática que Choni tradujo con carácter melancólico, siendo diferenciada del resto de ejecuciones por una voz meditativa. Una experiencia interior que ponía punto final a la multiplicidad de universos sonoros, teniendo un aporte cultural y personal evidente, por lo que la valoración musical tuvo un aporte por parte del intérprete bastante representativo.
La voz personal del piano de Dmytro Choni destacó esencialmente por su capacidad de mudar de temperamento y hacerse simultáneo a la variedad estilística, interpretativa y emocional de cada pieza, sin perder la identidad de todo el discurso. Siguiendo un modo pautado de la exteriorización del sonido hacia la búsqueda de la identidad expresiva, el certamen en el Palau de la Música finalizó con una acordada ovación por el recorrido musical vivido.

