¿Pero realmente el director de orquesta para qué está? Esta es la pregunta que alguna vez me han dirigido conocidos no muy familiarizados con la música clásica y sinfónica, a lo que toca responder, someramente, que lo más importante no es lo que sucede el día del concierto, sino antes, durante los ensayos. Y esto viene a colación de que hay directores, como es el caso de Teodor Currentzis, que asumen vestes cuasi mesiánicas capaces de congregar a un público de antemano extasiado. Pero además apremia aun más la pregunta si dicho director se ve indispuesto y no puede llevar a cabo el concierto, como sucedió en una accidentada velada.

Volvía el director griego a Madrid con musicAeterna y un programa que sigue levantando alguna ampolla como es la reducción de la tetralogía wagneriana que hizo Lorin Maazel, y a la que denominó El Anillo sin palabras. No entro aquí en las críticas a la concepción misma de la obra, pero creo bien se adapta a la forma en la que Currentzis vertebra su materia musical, como si de momentos estelares se tratara, sublimando la unión entre una lectura de calado que empero no renuncia a la pirotecnia instrumental.
La formación rusa venía en gran formato, con alrededor de 120 músicos, para lo que es una sucesión de números del Anillo en un crescendo de intensidad. Sin embargo, antes de empezar, desde La Filarmónica avisaron que el maestro no se encontraba bien, pero que intentaría dirigir el concierto. Así, Currentzis salió al escenario y, sin mediar gesto, atacó con el Preludio de El oro del Rin: sonó algo frío el comienzo, con un empaste no del todo logrado, sobre todo en el respecto de la cuerda, que careció de una gran robustez. Fue cogiendo más cuerpo el conjunto con El hogar de los nibelungos y El martillazo de Donner, donde efectivamente se vieron las características de Currentzis como un fraseo correoso, unos apabullantes cambios de dinámica y una capacidad de dotar de sentido profundo lo que a primera vista podría parecer como un mero efecto. Así llegó a La valquiria, donde musicAeterna supo plasmar auténticos destellos en el segundo y tercer acto, en la célebre Cabalgata y, sobre todo, en El adiós de Wotan, donde la cuerda recuperó todo su esplendor y el metal infundió toda su potencia en la sala. Pero con el adiós de Wotan, también tuvo que suspender Currentzis el concierto: indispuesto, y, como se aclaró más adelante, se había desmayado nada más entrar en el camerino.

Pero el concierto no se detuvo: Ilya Gaysin, uno de los segundos violines de la formación y asistente de Currentzis, tomó el relevo para los números de Sigfrido y El ocaso de los dioses. Con gesto más medido, sin excesos, el ruso tuvo el reto de recuperar el aura del carismático griego, algo que costó en los primeros números, donde nuevamente la ligazón entre secciones se antojó algo deshilvanada. Sin embargo, con Murmullos del bosque y unos clarinetes en estado de gracia se recuperó la magia, que ya no nos abandonaría. Tanto el segundo acto de Sigfrido como El ocaso se construyeron en una conjunción entre energía y plenitud, sin renunciar a esa marca de la casa que son los contrastes y la afilada intensidad, pero con atención al equilibrio estructural. Sobrecogedores y sublimes en tal sentido los números del tercer acto (Muerte de Sigfrido e Inmolación de Brunilda): una profundidad y grandiosidad del sonido donde cada cosa estaba en su sitio condujo al éxtasis de orquesta y público, y al triunfo del inesperado Gaysin, quien no solo salvó el concierto, sino que logró propagar el halo de Currentzis mostrando "para qué está el director".
En suma, faltó ese punto de excelencia al que hemos asistido otras veces. En mi opinión, está relacionado con la tendencia a manejar mejor orgánicos más pequeños y a brillar más con un repertorio donde se requiere un fraseo más corto y un andamiaje más ligero. En todo caso, lo accidentado del concierto no desmerece a la calidad de la formación que mostró una vez más que posee una personalidad y una compenetración únicas.

