El Palau de la Música Catalana acogió una velada de gran expectación, con entradas agotadas, dentro del décimo aniversario del ciclo BCN Classics, consolidado sobre una programación ambiciosa sustentada en el gran repertorio en la que fue la presentación en Barcelona de la Orquesta Sinfónica de Toronto, la dirección de Gustavo Gimeno —figura habitual de las grandes orquestas internacionales— y la presencia del pianista Bruce Liu, ganador del Concurso Chopin de Varsovia 2021. Gimeno condujo con claridad y control, asegurando un equilibrio convincente entre secciones y solista, en un resultado plenamente acorde con el nivel exigible a un ciclo de estas características.
Liu, que optó por tocar sentado en una silla en lugar del habitual taburete. Su interpretación del Concierto núm. 2 de Rachmaninov evidenció una técnica irreprochable y un dominio absoluto del teclado, aunque dejó la sensación de que el discurso expresivo podría profundizarse más. Sin excesos temperamentales, la lectura resultó contenida y algo hermética, especialmente en una obra que, por su incesante verbosidad pianística, puede resultar agotadora y monocorde, con ese fluir casi ininterrumpido, cual bajo continuo verborreico convertido en una suerte de monólogo autoafirmativo del compositor.

En general, Liu priorizó la precisión rítmica sobre el canto expansivo, ofreciendo una versión correcta pero reservada en impulso y vehemencia. El Adagio sostuvo fluidez y elegancia, donde afloró ese melodismo de sensibilidad indiscutible, aunque sin alcanzar un lirismo emocional profundo tanto en el solista como en la orquesta. Si bien el primer movimiento se desarrolló con una orquesta de amplias líneas líricas y buena articulación, estableciendo un diálogo sólido con Liu, igual que en el tercero. El pianista ofreció dos bises: primero, una Fantasía-Impromptu de Chopin, más seductora gracias a un legato cuidado y una refinada gradación dinámica; y finalmente, junto al concertino Jonathan Crow, una transcripción de la Romanza núm. 7 del opus 21 de Rachmaninov, delicada y bien fraseada que anticipó el mérito de su intervención solista en el Scherzo de la Sinfonía núm. 4 de Mahler. Un movimiento, por cierto algo acelerado y abigarrado en el tempo inicial.
En ella Gimeno apostó por una concepción orgánica y teleológica, orientando el arco global de la obra hacia la progresiva revelación expresiva de los dos últimos movimientos. Con una disposición antifonal de los violines, con violonchelos y contrabajos situados a la izquierda y en posición central frente al podio, el director buscó reforzar el peso de los registros graves y favorecer una lectura más transparente del entramado contrapuntístico. El resultado fue una prestación orquestal de notable firmeza en todas las secciones, exenta de portamenti superfluos o amaneramientos expresivos. Los glissandi aparecieron bien definidos pero sin especial protagonismo tímbrico, y tanto los saltos de sexta como los contrastes súbitos de fortepiano fueron integrados con naturalidad en el discurso.

El primer movimiento destacó por su coherencia formal y por una admirable estratificación de planos sonoros con sonoridades logradas como el episodio de modalismo pentatónico de las cuatro flautas al unísono (número 10) y la emergencia del glockenspiel sin romper el equilibrio del tejido orquestal, a la par que también los cascabeles. Muy bien resuelto también el molto moderato previo al desarrollo, así como el ritardando de carácter extático en la coda. En el Ruhevoll, la cuerda mostró un brillo tonal notable, incluidas unas violas, con un fraseo y color que evocó con sutileza las citas wagnerianas implícitas. El gran clímax fue calibrado con precisión tanto en su tensión dinámica como en su resolución, logrando un pianísimo de gran concentración expresiva y una extinción del movimiento suspendida y magnífica. Lo mejor del concierto.
En cambio Anna Prohaska no convenció en el lied Das himmlische Leben dada una emisión de volumen reducido y enfoque estilístico más adusto que ingenuo, alejándose del carácter infantil intencional. Además, el fiato pareció no asentarse con plena comodidad en el pulso en la tercera estrofa, lo que restó fluidez al canto a pesar de unos arcos melódicos amplios y bien respirados. En contraste, la orquesta brilló en los interludios, rítmicamente incisivos y de una riqueza tímbrica exaltada, con especial fuerza en el subrayado rugiente de los violonchelos en el primer interludio. Gimeno cerró la sinfonía sosteniendo un silencio prolongado, de más de medio minuto, que reforzó el impacto conclusivo de la obra.

