Con este estreno de El sueño de una noche de verano, la creadora británica Deborah Warner completa su particular trilogía de Benjamin Britten en el Teatro Real, que tantas alegrías ha dado al coliseo madrileño. Sus Peter Grimes y Billy Budd forman ya parte del acervo de éxitos locales. En esta producción, Warner vuelve a mostrar su talento indiscutible en la escena y su afinidad con Britten, aunque en esta ocasión, el aspecto musical no ha acompañado lo suficiente como para situar esta creación al nivel de sus predecesoras.
El lenguaje escénico de esta lectura apela al significado más literal del título: a la oscuridad y a lo onírico, dejando a un lado las posibles interpretaciones del subtexto de la obra de Shakespeare. Es, eminentemente, un espectáculo estético y escópico. La noche de Warner es un lugar amable e hipnótico, poblado de hermosos elementos de la naturaleza que, distorsionados, lejos de producir desasosiego, provocan incesantes pinceladas de asombro. Continúa y contrasta así con la oscuridad presentada en sus mencionadas obras anteriores, de carácter amenazante o torturado, respectivamente. La dirección de actores y bailarines, cuidada al milímetro, insiste en esta apuesta por una belleza abrumadora. Son memorables las coreografías de carácter orgánico, y una acertada sensación de ingravidez mágica, encarnada sobre todo en ese Puck duplicado, declamando en el suelo y volando en el aire. Una propuesta sobresaliente en la que predomina un sentido evocador de la composición escénica, que invita a la entrega sensorial más que a la reflexión.
La parte musical, aunque correcta, no estuvo a la misma altura del aspecto teatral ni, haciendo memoria, de sus anteriores producciones. En el foso, Ivor Bolton, experto en este compositor, ofreció una lectura bien diseccionada, indudablemente transparente y con mimo por el timbre de unos instrumentos que dibujaban escenas fantásticas. Se echó de menos, sin embargo, una mayor tensión narrativa para una historia que, precisamente por ser comedia, la necesita para no caer en lo intrascendente.
Es esta una obra de carácter coral, sin protagonista claro, para la que se eligió un conjunto de cantantes que parecieron trabajar como un equipo bien integrado –tanto en sus aspectos positivos como en los que no lo fueron tanto. En todo el reparto hubo un cuidado exquisito por la dicción y la palabra, así como por la teatralidad de las inflexiones de unos textos que se inclinaron persistentemente hacia el recitativo y el airoso. En general, se echó en falta en el conjunto una mayor vocación lírica, que Britten también necesita y agradece, y emisiones más rotundas.
De entre todos ellos destacó la Titania de Liv Redpath, que supo sacar provecho de las florituras de sus piezas emblemáticas. Hay que mencionar también la inteligencia teatral y la sabiduría vocal de Clive Bayley como Bottom. De los amantes atenienses, fue el Demetrius de Jacques Imbrailo el que mostró una mayor conexión entre musicalidad y drama. Si hubo un cantante en el que se echó de menos una mayor intención musical fue al Oberon de Iestyn Davies, carismático por momentos y demasiado retraído vocalmente en otros.
Los bailarines adolescentes y la intervención del coro infantil, los Pequeños Cantores de la ORCAM, remataron con una capa de travesura inocente una velada que resultó incontestable en sus aspectos escénicos. Con ella se cierra una trilogía memorable, que corona a Deborah Warner y a su equipo como soberanos de las noches de Britten en el Teatro Real de Madrid.

