El concierto de la Orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM) del pasado 13 de febrero proponía un programa interesante, un par de obras desconocidas para el público general y El sombrero de tres picos que, en opinión de un servidor, tampoco es suficientemente conocida a pesar de ser uno de los monumentos de la hispanidad, parejo al Descubrimiento de América podría decirse. Todas ellas tienen además cierto programatismo, pero no siempre se consigue con los mismos métodos ni tiene el mismo efecto.

Por no marear, comenzaré por el principio, con Lili Boulanger y su Un matin du printemps. Marie Juliette Olga –su nombre real– era hermana de la célebre pianista Nadia Boulanger, y fue una de las primeras mujeres compositoras reconocidas, cuya música está a la altura del grupo de “los Seis”, que por aquel entonces era lo más escuchado en Francia y parte de Europa. Su prematura muerte con tan solo 24 años fue una desgracia fatal para el mundo de la música, teniendo en cuenta la calidad de obras como la de esta noche, ¿qué no hubiera compuesto si el tiempo hubiera sido más generoso con ella?

Tras este breve, pero hermoso, preludio Luis de Pablo se presentaba con su Cantata femenina: “Anna Swir” como el plato fuerte. ¿Qué nos ofrece esta obra? En ella De Pablo presenta una obra intimista, acorde con los textos de Swir en los que la escritora polaca nos abre una ventana a su vida, rodeada de intensos momentos como las últimas palabras de su amigo en My friend speak when dying.

Luis de Pablo saluda a Ramón Encinar tras la ejecución de su obra © Elena Jerez | ORCAM
Luis de Pablo saluda a Ramón Encinar tras la ejecución de su obra
© Elena Jerez | ORCAM

Podemos apreciar construcciones armónicas delicadas, pequeñas, casi diminutas, pero con una fuerza excepcional, especialmente en las partes vocales que las mujeres del Coro de la Comunidad de Madrid interpretaron de forma prodigiosa. Sin embargo, a pesar de las cualidades musicales de la obra, extramusicalmente su significado es un tanto difícil de interiorizar. De Pablo admitió que le fue imposible, a pesar de las numerosas ofertas que realizó su editor, conseguir que los herederos de la escritora polaca le cediesen los derechos. Personalmente, creo que es una obra pensada para tener letra y que, acompañada de la palabra, el significado de la música hubiera sido pleno.

Finalmente, Manuel de Falla y su Sombrero de tres picos. ¿Quién le iba a decir a Pedro Antonio de Alarcón cuando escribió esta novela de enredos que se musicalizaría y se estrenaría con todo el boato posible? Los ballets rusos de Diaghilev, el vestuario de Picasso, el Teatro Alhambra de Londres y la música de Falla. Supone una obra de primera categoría que nada tiene que envidiar a los ballets de Tchaikovsky o Stravinsky, aunque como Falla era gaditano, tendamos a infravalorarla.

José Ramón Encinar
José Ramón Encinar

Desde el comienzo es impactante, la fanfarria de trompetas que anuncia el comienzo del espectáculo y el ritmo vibrante marcado por timbales y los bajos que permiten al director desatender este factor y obliga a los músicos a escucharse los unos a los otros. Sin embargo, José Ramón Encinar se empeñó en no dejar de marcar el compás, desatendiendo otros aspectos como los matices, que apenas se notaron, y la expresividad que, si bien individualmente destacó en los diferentes soli para los instrumentos de viento –flautín, flauta, fagot, oboe y corno inglés–, no fue así en la orquesta. De todas formas, Encinar hizo lo que pudo por tratar de mantener la cohesión dentro de una orquesta en la que los músicos estuvieron más pendientes de brillar en sus partes solistas que de sonar potentes, en conjunto, como una orquesta. Esto se pudo notar especialmente en los intensos tutti de la Danza del molinero. Pero esta música del maestro gaditano no desencanta a nadie, y el público, hechizado por la mística de Falla, aplaudió generoso a orquesta y director.

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