La esperada interpretación del Réquiem de Verdi en el Gran Teatre del Liceu ha sido una ocasión especial por diversos motivos, entre ellos por haber reunido a unas voces solistas absolutamente únicas. Para Verdi, la voz no era simplemente un instrumento al servicio de la música: era el principal vehículo de expresión dramático, emocional y psicológico para engrandecerla. El Liceu celebró esta premisa, con la que honra la razón de ser de su propia casa con una emotiva dedicación.

Coro y Orquestra del Gran Teatre del Liceu, solistas y dirección de Nicola Luisotti © Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu
Coro y Orquestra del Gran Teatre del Liceu, solistas y dirección de Nicola Luisotti
© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu

Nicola Luisotti llevó a cabo la dirección de la propuesta, y no se podía imaginar otra cosa que la esperada. Más que conocedor de la trayectoria, ofreció un ejercicio forjado desde la expresividad, midiendo el dramatismo y potenciando todos los recursos con los que contaba. El primero y fundamental, el coro; una voz colectiva de la humanidad ante este recorrido sacro, acompañado por la línea sinfónica y dramática en la riqueza orquestal (otro de los pilares), quien en su conjunto interpretó una equitativa potencia, repleta de contrastes y alternancias entre los diferentes capítulos de la obra. Tanto por la parte coral como la orquestal, exigía de un reparto que igualase y desprendiese los matices emocionales con unas voces solistas de altura. Y de nuevo, la expectativa ante el reparto anunciado no defraudó. Cuatro solistas de trayectoria internacional tuvieron más que un buen contexto para brillar: una exhibición monumental llevada a cabo por las voces de Davidsen, De Tommaso, Akhmetshina y Van Horn.

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Lise Davidsen, Aigul Akhmetshina, Nicola Luisotti, Freddie De Tommaso y Christian Van Horn © Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu
Lise Davidsen, Aigul Akhmetshina, Nicola Luisotti, Freddie De Tommaso y Christian Van Horn
© Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu

Lo de Davidsen no tiene nombre, y es algo que todo aquel que haya escuchado su voz, reconocerá. Más allá de su potencia, amplitud y riqueza tímbrica, no encuentra igual a la hora de sonorizar el dramatismo y bordar los momentos más especiales de las obras que ejecuta esta soprano. Oírla siempre es un regalo, y más en obras sinfónico-corales como esta, donde la voz debe interpretarse a sí misma. Esta apuesta fue igualada por De Tommaso; de tradición verdiana, su proyección y lirismo evidencia un conocimiento recogido en su carácter y brillo, con la seguridad de dominar una obra que la siente como suya. Todo ello sin partitura, y sin necesidad de ella. La voz de Akhmetshina es versátil y cálida, con una riqueza especial para abrazar cualquier tipo de emoción. Un ejercicio donde lució especialmente en binomio con Davidsen, constatando la dualidad interpretativa que domina. La profundidad cavernosa de Van Horn, quien desempeñó la vertiente más autoritaria en escena, llevó a cabo los pasajes con solidez, llegando a despuntar por los contrastes derivados de su agilidad y potencia combinados. Con tremendo plantel, Luisotti capitaneó una orquesta y un coro recreándose, disfrutando (y haciendo disfrutar) de la intensidad emocional de cada parte de la dimensión operística.

Lise Davidsen y Aigul Akhmetshina © Sergi Panizo | Gran Teatre del Liceu
Lise Davidsen y Aigul Akhmetshina
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El texto litúrgico de Verdi se volvió transcendente más allá de lo que quisiéramos, al llegar en un momento profundamente triste para nuestro país, golpeado por la segunda desgracia ferroviaria en este año y que tantas vidas se ha cobrado. Un Réquiem con un recogimiento emotivo más necesario que nunca, donde todos los artistas y el propio Liceu dedicaron el evento a todas las víctimas y familiares. Un Réquiem que fue más allá de lo esperado para cualquiera de quienes estábamos allí. Una música, unas voces y unas plegarias que, deseamos, puedan llegar a acompañar a quienes más lo necesiten.

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