Vivimos en un mundo de contradicciones. Algunas son planteadas por la propia vida, y otras, sencillamente, por el ser humano. La producción de Shirin Neshat, que vio la luz en el Salzburgo del 2017 y que ha ido modificándose con el paso del tiempo, podría ser un ejemplo claro de este fenómeno. Su Aida llegó para inaugurar la nueva temporada del Liceu, y aunque se presenta como una reiteración estética, sí que aportó un elemento muy significativo que la hace única. Y es que parece que tanto la dirección escénica, la escenografía y la dramaturgia trabajan conjuntamente para despojar a la obra su esencia fundamental. Las tres puntas de lanza con las que cuenta la ópera para poder revivir obras y compositores, aquí se convierten en sus propios verdugos.

El relato autobiográfico de Neshat asume el rol protagonista de la obra de Verdi. El contexto de su Aida es un mundo atenazado por el terror, el horror y la muerte, donde la guerra y sus consecuencias dirigen todos los destinos de los personajes. Se construye un territorio político inicialmente indeterminado, aunque en realidad, no es un tan indeterminado. La escenificación de Christian Schmidt lo testifica en un colosal cubo que preside el escenario liceísta. Una estructura multifuncional que gira sobre sí (un recurso muy trillado), en el que sus paredes funcionan casi como noticiarios actuales, proyectando imágenes fúnebres, de exilio o represión en el Oriente Próximo, tratando de equiparar la monumentalidad de la tragedia de Verdi a modo de alegoría con el conflicto contemporáneo. De esta manera, este planteamiento audiovisual pasa a ser el nuevo conflicto del espectáculo: ni rastro del Egipto arqueológico, imaginado o concreto.

Pero tampoco ni rastro de Aida, Radamés o Amneris. Todos ellos son reos de esta mirada: una dimensión personal con trazos videográficos, escapando del drama verdiano. Su dispositivo acaba siendo, no una parte activa de la dramaturgia, sino la totalidad dramaturgia en sí. La consecuencia más inmediata es la nula continuidad escénica con las líneas musicales, una disyunción de la obra. Mientras estas imágenes suceden en primer plano, los personajes parecen quedar petrificados por el pánico. Distantes y lejanos, deambulan por los rincones que les permite la estructura escénica, basándose en la propuesta dramatúrgica de Yvonne Gebauer, quien no pretendió establecer proximidad entre los personajes. En general, hay una sensación de confundir la actualidad temática con la entidad artística. El ejercicio de superposición de relatos es clave en la dramaturgia contemporánea para aportar una mirada capaz de transformar la comprensión de la obra con nuestro tiempo. Pero, ¿Qué es lo que separa la relectura de una obra, con la excusa de utilizarla para implantar una nueva sobre ella?

Por otro bando, una estructura musical totalmente opuesta hizo de contrapunto en esta dicotomía. Josep Gil se hace con la batuta en el foso orquestal y vocal, con tino y equilibrio. Las líneas verdianas de esta obra exigen concordancia entre sus episodios triunfales y corales con sus momentos más íntimos entre sus protagonistas; Gil persiguió esta finalidad, dando como resultado una red de contrastes con atención al detalle. Especialmente en el juego dramático desempeñado por el coro de la casa, quienes lograron los matices y requisitos melódicos, en cierta medida opacadas por la estructura escénica planteada. Con ello, se sumaba el trabajo de Anna Pirozzi como Aida; con consolidada presencia escénica, ofrece una versión poderosa y de marcada personalidad. Aunque contando con una fuerte proyección, la delicadeza de algunos matices fueron menos notorios, limitando el desarrollo pleno del personaje. Se le debía sumar, además, la calidad de Piotr Beczała como Radamés, que le restó atención a la protagonista gracias a la belleza y excepcionalidad del polaco. Dominando emisión, fraseo, dicción y comprensión del personaje, Beczała destacó en elegancia, legato, nobleza del timbre y calidad de agudos. Ksenia Dudnikova en el papel de Amneris ofreció un temperamento dramático amplio –en el personaje más complejo psicológicamente de la obra– fundamentado en una voz bien timbrada, con algún exceso de volumen en los rangos agudos. Con un centro poderoso, cuenta con la amplitud y la sutileza expresiva para moldear al personaje.

En la recreación de Neshat, la tragedia no se separa de la violencia institucional que la produce. Pero es la dilución de la tragedia íntima la que se sacrifica –la de Verdi– para hacer posible su planteamiento. La tragedia de amor ambientada en una civilización antigua para a ser un triángulo del terror que enfrenta a los tres protagonistas bajo un sistema que condiciona sus decisiones hasta dejarlos asfixiados, incapacitados para relacionarse ante el trauma. Una Aida que dejó al público distante, concediendo la ovación principalmente al plano musical. Quizá por no haber encontrado rastro del amor, o por encontrarse con un exceso del terror. Quizá por ambas. O quizás por esta misma contradicción.



















