El violonchelo de Nicolas Altstaedt inició un viaje sonoro del instrumento, sirviéndose de un espacio transformador como el interior del monasterio de Sant Pau del Camp, donde la expresividad tímbrica, los modos del arco y la exploración polifónica del alemán inundaron sus cavidades. Vinculado a un espacio y repertorio que transitan entre tiempos, la experimentación y la tradición acompañaron la narrativa solista, mostrando los contrastes musicales de un carácter transmutador. Altstaedt se ha convertido en uno de los intérpretes más habituales en el escenario barcelonés, por lo que su fama viene precedida de su alta expresividad; esta vez, en una muestra basada en la heterogeneidad de técnicas, recursos y detalles de la diversidad musical del violonchelo contemporáneo.

Con Ricercare núm. 2 de Gabrielli, Altstaedt puso en práctica sus capacidades en el contrapunto y en los registros distantes. Con cierto carácter improvisado y libre, la pieza expone una exploración en técnica y ritmo del violonchelo de su tiempo; con la imitación de diferentes voces a través del uso de cuerdas dobles, la exposición se basó en acusar las capacidades de resonancias, además de jugar con arpegios ampliados o el legato en el arco largo. La Suite núm. 60 en re menor de Bach combinó las armonías dramáticas con los ritmos danzables, incidiendo en el juego de armonías que plantea la obra. Altstaedt mantuvo el equilibrio entre la formalidad y la expresividad de la obra, y dominó el material polifónico con agilidad y precisión rítmica, siendo lo más destacado del ejercicio.

El estreno mundial de Craftsmen and Clowns, de Tom Coult, posibilitó un despliegue de técnicas extendidas en una lectura híbrida. Dos identidades musicales que convergen en pasajes contrastados: por una parte, armónicos artificiales con ruidos del arco como elemento musical integrado y sonidos percutidos, por otra, con la repetición de líneas melódicas en glissandi expresivos. Continuando con lo experimental, For the Back of the Bow fue otra muestra de cómo Altstaedt trató la exploración de texturas y timbres, con sonidos secos y ritmos rasgados de cuerdas. Recuperando el ritmo y la ornamentación melódica, la obra de Tobias Hume, Tickle me quickly, se presentó con tono humorístico y carácter extravagante. Acentuado por la teatralidad de la pieza, el solista llevó a cabo pizzicati ágiles, con figuras rítmicas ligeras y uso expresivo del rubato. Milo, de Mark-Anthony Turnage, fue una demostración de contrastes entre registros y dinámicas, en un desarrollo de influencia jazzística, de gestos breves cargados de acentos agresivos y efectos rítmicos percutivos.

Las obras de Kurtág, Signs, Games and Messages, estuvieron dominadas por las resonancias y los silencios como parte estructural de las piezas; de espíritu fragmentario y lectura minimalista, Altstaedt exploró las líneas aisladas de la partitura con ataques lentos y contenidos. La naturaleza expresiva del silencio propició una ejecución muy controlada de la afinación, conteniendo los microgestos que entonaban un ambiente fantasmagórico y que propiciaban las resonancias con los ecos espaciales del recinto. Con el último de los ejercicios del programa, la Suite núm. 3 en do menor de Britten, de movimientos breves y diversidad motívica, integró una exposición continua de tecnicismos (dobles cuerdas, cambios de registro, cambios rápidos de arco) en el que los armónicos, las coloraturas y la variación de motivos pusieron punto final al repertorio.
Nicolas Altstaedt concedió un concierto dedicado a la polifonía del violonchelo y todas sus posibilidades, con un fraseo muy cuidada centrado en el detallismo de cada elemento, brindado por la efectividad sonora e intimista del rincón monástico barcelonés.

















