Los últimos meses de aislamiento y temor acompañaron de cerca al público al entrar en el Patio de los Arrayanes. La extrañeza y la atención fueron las primeras protagonistas de la noche; aunque algunos de los asistentes habían estado ya en otros de los eventos del Festival de Granada, para la mayoría las circunstancias eran totalmente nuevas. Mascarillas a rajatabla y un silencio inusual al inicio de un concierto, apenas susurros. También hubo alguna de esas contradicciones a las que nos tienen acostumbrados unas medidas de seguridad no del todo maduras, los asientos exageradamente separados por los lados e inquietantemente cercanos por delante y por detrás.  Pero, sobre todo, fueron la presencia de un inmenso cielo abierto y la caricia de una brisa continua las que tranquilizaron a una audiencia ansiosa de recuperar la inigualable experiencia del directo.

Cuarteto Quiroga © Festival de Granada | Fermín Rodríguez
Cuarteto Quiroga
© Festival de Granada | Fermín Rodríguez

Con toda la intención de los intérpretes, las dos obras elegidas para el programa de la noche, los dos últimos de los Últimos Cuartetos de Cuerda de Beethoven, desplegaron un sentido mucho más allá de su estricto contenido musical. Con el Op.132 asistimos a un reconocimiento de la dimensión más humana de este desastre, que los propios miembros del cuarteto verbalizaron antes de comenzar su actuación.  Pero el verdadero homenaje a los que han sufrido la pandemia llegó en la vertiente musical. El 132 es una obra llena de tensiones y contrastes, de momentos sublimes y otros de fuerza incontestable. Los del Cuarteto Quiroga optaron, sin embargo, por una interpretación homogénea, de cuidado y de consuelo, centrada en la delicadeza de las melodías, en el brillo de los violines, pasando de puntillas por las disonancias y los pasajes de furia. El espíritu galante y las frases de final abierto, evanescentes, vertebraron los dos primeros movimientos. Los agudos se impusieron a los graves, por esa búsqueda de ligereza, pero también por las inevitables características acústicas de un entorno descubierto.

Cuarteto Quiroga © Festival de Granada | Fermín Rodríguez
Cuarteto Quiroga
© Festival de Granada | Fermín Rodríguez

Y entonces, una sonora tos entre el público despertó miradas fulminantes, no de reproche como suele ser habitual, sino de alarma y sobresalto. No hubo otra en toda la velada. La audiencia permaneció muda incluso en los descansos. Lo que confirma que, como ya sospechábamos, los cientos de expectoraciones que suelen invadir las actuaciones son tan solo impertinentes declaraciones de presencia.

El movimiento central, que Beethoven definió como “el agradecimiento de un convaleciente a la Deidad”, no pudo resultar más apropiado para la noche y fue el protagonista indiscutible de la primera parte. Las progresiones de acordes se interpretaron sin exhibición de fortaleza, con espíritu ceremonial -parecía asomar el sonido de un órgano-, mientras los fragmentos melódicos, pertinentemente acompañados del trino vespertino de los pájaros, exhibían esa delicada exquisitez que es parte central del estilo de esta formación. Las dos últimas partes se resolvieron prolongando este refinado espíritu de equilibrio.

El concierto e il publico © Festival de Granada | Fermín Rodríguez
© Festival de Granada | Fermín Rodríguez

Con el 135, sin embargo, no se evitaron las diferencias de carácter de los respectivos movimientos, más bien se acentuaron. Los ritmos burlescos y las escalas ascendentes se impusieron a la melodía en el Vivace y maridaron impecablemente con las teselaciones y los motivos geométricos -la esencia de la Alhambra-  que rodeaban a los intérpretes, acortando la distancia entre la geometría visual y la forma sonora. En el Lento, los tiempos se alargaron casi hasta el punto de la deconstrucción y la tranquilidad que exige el movimiento se enunció a modo de efectos atmosféricos. Para terminar, el enérgico ataque de los arcos elevó los espíritus de la sala, mientras dotaban a la anotación de Beethoven en la partitura, “¡Así debe ser!”, de un significado rabiosamente contemporáneo, reivindicando el poder sanador de la música y reafirmando la necesidad del encuentro alrededor del arte.

****1