La presencia de María Dueñas constituía uno de los grandes atractivos de la visita de la Real Orquesta Sueca al Festival Internacional de Santander y de hecho acabó convirtiéndose en el verdadero centro de gravedad de una velada que confirmó por qué la violinista granadina ocupa ya un lugar entre las grandes figuras de su generación. El Concierto para violín, núm. 1 de Bruch es una obra que exige mucho más que una impecable técnica. Permitió comprobar, desde el ataque inicial, las cualidades que caracterizan a una María Dueñas que ya a sus 23 años se encuentra en una plena madurez artística. Su sonido posee amplitud, riqueza y una notable densidad tímbrica. Su actitud en el escenario es inconfundible: no parece limitarse a tocar su instrumento trabajando con brazos y manos, sino que implica todo el cuerpo en la producción sonora, como si toda su anatomía actuase como una columna que transmite al instrumento la intensidad expresiva buscada. A ello se suma una técnica inefable, tanto en la agilidad y precisión de la mano izquierda como en un dominio del arco que le permite modular el sonido con enorme variedad de colores, dinámicas y articulaciones.

El Vorspiel surgió expansivo y apasionado, pero sin precipitación, con una poderosa proyección del registro grave y una línea siempre sostenida. En el Adagio, Dueñas desplegó su inconfundible sonido sensual y generoso que constituye uno de sus principales atributos, mientras el Finale fue un despliegue de ímpetu, precisión rítmica y un virtuosismo que nunca perdió de vista el carácter de la obra. La conexión con Alan Gilbert resultó especialmente fluida. Violinista, e hijo de exitosos violinistas, Gilbert conoce desde dentro la necesidades del instrumento solista, y su colaboración con Dueñas no es nueva. La Real Orquesta Sueca respondió con idéntica flexibilidad, construyendo un Bruch lleno de gradaciones y de matices, atento siempre a la solista pero sin renunciar a su propia afirmación sonora.
El éxito fue abrumador y dio paso a dos propinas que permitieron mostrar una faceta distinta de Dueñas. La Valse triste de Franz von Vecsey, fue una muy íntima y melancólica página en línea de lo ya escuchado. Mucho más extrovertida resultó Applemania, de Aleksey Igudesman, construida sobre articulaciones incisivas, efectos percutivos y continuos contrastes métricos. Aquí sí llevó Dueñas al límite la técnica del instrumento, en una exhibición de virtuosismo tan espectacular como divertida.

El otro gran atractivo de la noche era poder profundizar en una gema de la música sueca, la Serenata en fa mayor de Wilhelm Stenhammar. Una apuesta programática nada convencional pero más que justificada. De inspiración mediterránea, su narrativa, recorrida por la nostalgia, la evocación y una libertad discursiva, es inequívocamente nórdica. Estamos ante un preciosista derroche de sensibilidad e imaginación musical, perfectamente servido por una orquesta que lleva en su ADN esta música; no en vano la Real Orquesta Sueca celebra este año cinco siglos de existencia. Alan Gilbert, director musical desde 2021, conoce perfectamente una agrupación caracterizada por su veteranía, homogeneidad y un palmario sentido colectivo.
Los cinco movimientos permitieron apreciar especialmente la calidad de las maderas –con intervenciones destacadas del oboe Fredrik Söhngen y del clarinete Per Billman– y el refinamiento de una orquesta que trabaja el color desde dentro. La Canzonetta y el Notturno contienen algunos de los momentos de mayor belleza de la obra. Gilbert optó sorprendentemente, por tempi relativamente vivos, lo cual les restó la amplitud y el reposo que requerían. Compensó con unos impactantes Scherzo y Finale, llevado este con la máxima elegancia hasta su etérea conclusión.

La velada había comenzado con la Obertura de La flauta mágica, arranque impulsivo y pleno de carácter, generando esa sensación de expectación que predispone al espectador ante un largo y prometedor programa. Y la conclusión fue la Obertura de Tannhäuser. Una decisión inteligente tras la novedad del Stenhammar. Gilbert construyó un Wagner fluido, con gran sentido de la progresión, haciendo crecer sus grandes bloques sonoros hasta el esperado poderoso desenlace, sostenido por una gran orquesta en todos sus bloques.
La prolongada ovación final certificó uno de los grandes triunfos de esta edición del Festival: tanto el de la histórica orquesta sueca como el de una María Dueñas cuya excepcional capacidad técnica y musical parece no tener techo.
El alojamiento en Santander para Pablo Sánchez ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santander.

















