La Orquesta Sinfónica de Galicia abrió su temporada con uno de los monumentos del repertorio sinfónico: la Sinfonía núm. 3 en re menor, de Mahler. Para su titular, González-Monjas, suponía el debut con la partitura. A la dificultad intrínseca de una obra de estas dimensiones, se añadía una circunstancia especial: la notable presencia en la plantilla de jóvenes músicos de la Orquesta Joven de la Sinfónica. El resultado no decepcionó en absoluto. Más allá de lo que fue una nueva demostración de la excelencia técnica de la OSG, González-Monjas construyó una Tercera muy cohesionada y sólida, en la que la inmensa cosmogonía mahleriana fue cobrando vida de forma comprensible y progresiva. Los tempi de cada movimiento, revelan una concepción interiorizada de la obra. Como referencia, equiparables a los de la grabación de Pierre Boulez con los filarmónicos vieneses, paradigma del objetivismo mahleriano. Una concepción legítima y coherente, aunque en determinados momentos uno pudiera echar de menos un grado adicional de pathos.

La célebre llamada inicial de las trompas (nueve en esta ocasión) tuvo potencia y presencia, aunque quizá no toda la dimensión telúrica que escuchamos en otras interpretaciones. El movimiento se articuló con seguridad admirable. Sobresalieron los tres solos de trombón de John Etterbeek, magníficos por su nobleza de emisión y por su sensibilidad, asumiendo a la perfección la voz del ser humano en medio del más gigantesco mecanismo sinfónico.
En el Blumenstück, González-Monjas evitó recrearse excesivamente en el carácter delicado y evanescente del Menuetto. Meció las frases con lucidez, sin cargar las tintas en los contrastes más incisivos. Fue una visión sensible y muy equilibrada. El tercer movimiento fue uno de los grandes momentos. Aquí Monjas hizo aflorar con especial claridad el mundo del Wunderhorn, muy particularmente la mezcla de humor y movimiento del Ablösung im Sommer. Aguardábamos en este movimiento el instante en el que el trompeta principal abandona discretamente el escenario para interpretar el solo desde la distancia. Pero no fue así, pues se contó específicamente para este episodio con Yael Fiuza, trompetista gallego miembro de la Deutsche Oper Berlin. Su intervención fue extraordinaria: la melodía apareció de la nada con un timbre perfectamente calculado, oscuro pero cálido. La cuerda aguda suspendida en un triple pianissimo y los cantos de las trompas empastaron con el trompetista de forma abrumadora. Cuando Fiuza salió al escenario a recibir los aplausos llevaba en sus manos un posthorn natural, como homenaje al imaginario mahleriano. El instrumento utilizado fue una trompeta con boquilla de Flügelhorn, combinación elegida para aproximarse al ideal que Mahler perseguía.

La entrada de la mezzo Yajie Zhang cambió totalmente el paisaje. Su timbre suficientemente oscuro y una zona grave bien proyectada otorgaron el necesario peso al texto de Nietzsche. Le acompañó el maravilloso pájaro de la noche de David Villa y Carolina Canosa con sus modélicos hinaufziehen. El quinto movimiento introdujo la luz de la mano del Coro de la OSG y del coro infantil. Los nutridos efectivos proporcionaron al movimiento el brillo y el carácter ingenuamente festivo que necesita. Zhang mostró la otra cara de su instrumento: agilidad y capacidad para dar vida a la dimensión más irónica. El equilibrio entre solista y coros realzó el gran trabajo de Javier Fajardo y Sofía Rodríguez.
En el esperado Adagio, González-Monjas, fiel a su concepción, dio vida a un gran arco, sin distracciones ni tensiones exacerbadas. Un ascenso emocional que realzó con clarividencia la genealogía musical que Mahler lleva consigo: Beethoven, la espiritualidad del Parsifal y las compulsivas oleadas sonoras brucknerianas. Los pre-straussianos clímax fueron sostenidos por unos metales capaces de alcanzar máxima intensidad sin alterar el balance orquestal. Que el director no quería sobrecargar el movimiento con el pathos que otros directores extraen de él fue más que evidente en la culminación final. Ese calderón que algunos mantienen hasta lo humanamente imposible fue breve y cortante, coherente con lo escuchado anteriormente.
Largas ovaciones para una apertura de enorme nivel que nos hace soñar con un futuro ciclo Mahler de la mano de González-Monjas. Hay motivos de sobra para desearlo.





















