Dima Slobodeniouk se despidió de la temporada de su Orquesta Sinfónica de Galicia dirigiendo de forma espléndida un emotivo Réquiem de Verdi. Obra fundamental del repertorio religioso sinfónico-coral, entre los numerosos retos que plantea al director de orquesta sobresale el de tener que conciliar su paradójica combinación de trascendencia mística y con la de espectáculo musical. En ese sentido, la sempiterna sobriedad y fidelidad a la partitura que caracterizan a la dirección de Slobodeniouk resultó especialmente apropiada.

El director de orquesta Dima Slobodeniouk © 2012 DIMA SLOBODENIOUK
El director de orquesta Dima Slobodeniouk
© 2012 DIMA SLOBODENIOUK

El director ruso-finés hizo gala de una técnica miniaturista que se tradujo en un exquisito control del fraseo y las dinámicas. Esta labor microscópica en modo alguno mermó la arquitectura global de la obra, gracias en parte a unos tiempos relativamente vivos y a una feliz ausencia de esa extemporánea grandilocuencia que tantos directores han querido conferir a esta Misa.

En este sentido, fue crucial la aportación del Coro de la Sinfónica de Galicia, que según admitía el propio director, Joan Company, se enfrentaba a uno de los mayores retos de su historia en un programa como coro único. Toda una prueba de fuego para un coro amateur, aunque con exigencias de profesional –modelo similar al que por ejemplo el gran director coral Robert Shaw desarrolló con su célebre coro de la Sinfónica de Atlanta.

Para esta monumental obra el coro se reforzó mediante una experiencia participativa que recuperó a antiguos cantantes a la vez que sirvió de estímulo para nuevas incorporaciones. El resultado fue una masa coral de unos ciento veinte efectivos, proporción muy adecuada para conseguir un ensamblaje convincente con la orquesta y con los solistas.

Y lo cierto es que en este Réquiem primó la calidad sobre la cantidad, hasta el punto de que el coro se convirtió en el indiscutible protagonista y triunfador de la velada. La diversidad de registros y emociones que la obra concita fueron caracterizados por el conjunto de forma impecable. Destacaron una magnífica articulación y un excelente control dinámico que nos permitió disfrutar de estremecedores pianissimos como los del Introito pero también poderosísimos tutti como los del Dies irae o el sobrecogedor De mortae aeterna final. Excelentes igualmente todas las cuerdas en la atípicamente festiva fuga que Verdi compuso como Sanctus y empaste perfecto con las dos solistas en el Agnus Dei. En resumen, toda una exhibición de canto coral.

El ilustre cuarteto vocal estuvo a la altura, tanto individualmente como en los números en ensemble -Ofertorio, el trío del Lux aeterna, etc. Slobodeniouk refrenó cualquier inclinación teatral por parte de los solistas, lo cual contribuyó a preservar la máxima cohesión en la interpretación.

La soprano Ekaterina Metklova, ya habitual en el Palacio de la Ópera, deslumbró una vez más por la potencia y personalidad de su instrumento. Su registro grave posee todo el dramatismo que la obra requiere. En cuanto al registro agudo, tuvo alguna dificultad lidiando con los casi imposibles sobreagudos en pianísimo del Libera domine, pero esta es una cuestión muy secundaria frente a sus momentos sublimes, de una expresividad penetrante, como fue el caso de su conclusivo Requiem aeternam.

La veterana Dolora Zajick estuvo a la altura de su fama, deslumbrando con sus agudos y su musicalidad, y empastando hermosamente en sus dúos con Metlova. El tenor José Bros, fue un acertado sustituto de última hora. Su instrumento poderoso no tuvo el más mínimo problema para llenar el amplio Palacio de la Ópera, aunque su timbre era menos idiomático que el de sus compañeros de reparto. En el número más operístico de la partitura, el Ingemisco, se movió como pez en el agua.

El bajo Luiz-Ottavio Faria lució su atractiva resonancia cavernosa acompañada de una exquisita musicalidad que hicieron conmovedor su Confutatis y sobrecogedor el Lux aeterna. Su fraseo, claro y rotundo fue especialmente apropiado para este contexto religioso.

En resumen, Slobodeniouk construyó con unos mimbres extraordinarios, un magnífico e inolvidable Réquiem, no tanto por su grandiosidad como por su capacidad de hacernos sentir todo tipo de emociones a flor de piel.