Mi arranque de temporada ha sido muy mahleriano: primero con la Segunda inaugurando la era Nagano en la ONE, a continuación la visita de Dudamel y la New York Philharmonic con la Quinta, y esta tarde la Tercera con Ádám Fischer y la Sinfónica de Düsseldorf. En el fondo es como si Mahler hubiera pensado una cierta continuidad, casi cósmica, en toda su obra, en la que cada segmento fuera una forma distinta de entender la misma serie de obsesiones, angustias e inquietudes. En este panorama, la Sinfonía núm. 3 en re menor es tal vez de las más complejas, porque en ella conviven las abruptas marchas paródicas, textos de Nietzsche o uno de los adagios más bellos de la historia de la música. Por ello es sumamente arriesgada de plasmar con coherencia y con un resultado que trascienda la mera letra de la partitura y aspire a la visión holística del autor.

El gesto de Ádám Fischer al dirigir es carismático y entrañable a la vez, expresivo, sin demasiada rigidez, pero capaz de hacer que una orquesta atenta responda. Lo vimos desde el comienzo del primer movimiento, en el que las distintas sonoridades emergían de un magma primordial, destacando el buen empaste entre la cuerda y el metal con la mediación del viento madera. Las dinámicas se ajustaron bien a la indicación del texto, con excelente versatilidad a la hora de alcanzar las cotas más voluminosas así como apenas audibles pianissimi. Acertó Fischer, sobre todo, la tonalidad emocional de cada momento: cantó bien el danzante tema secundario, con todas las luces de la elegancia vienesa, y acto seguido sonó con el adecuado toque brutalista la marcha trasfigurada posterior. También sonó amable y luminoso el Tempo de Minuetto con las maderas precisas y la cuerda aterciopelada, al que Fischer reservó un fraseo ajustado y sin complacimiento. El tercer movimiento se articuló con equilibrio entre la polaridad más pirotécnica y el lirismo evocador de las montañas: especialmente logrado el pasaje con el posthorn fuera de escena (prácticamente impecable con el complejo instrumento original, con excepción de alguna salvedad) y el pedal armónico de la cuerda, rarefacta y sutil, pero capaz de hacernos retener la respiración.

Catriona Morison cumplió con su parte, declamando el texto de Nietzsche, con una voz cálida y bien articulada, no especialmente proyectada, pero bien integrada en el tejido orquestal, de atmosferas nocturnas. Por contraste al fragmento nietzscheano, brillaron los versos de Des Knaben Wunderhorn con el Coro de los Pequeños Cantores de la ORCAM y la sección femenina del Coro de la Comunidad de Madrid: aquí Fischer destacó por la claridad del gesto, la sonoridad abierta y bien redondeada, sin asperezas, paladeando este momento como el último momento de inocencia antes de entrar en la más profunda hondura del movimiento final. En éste, todo converge y los vaivenes y contrastes precedentes se aplacan pero también la energía se vuelve más medida. Lejos de cualquier frivolidad, Fischer plasmó el movimiento con delicadeza, un fraseo sin sobresaltos, articulando con esmero las voces intermedias y construyendo con parsimonia la acumulación de los planos sonoros hasta llegar a la solemnidad del final para que cada compás y gesto tuvieran su justa tensión.

Se trató de una interpretación de sabia excelencia, y no precisamente porque asombre con un planteamiento radical, sino porque transmite un conocimiento profundo de la obra, de quien ha transitado por ella numerosas veces y no le interesa sorprender con efectos que podrían resultar novedosos, cuanto transmitir un mensaje en su integridad, reencontrándose él mismo con la obra, en una comunión de sentido con los músicos y el público.






















