Entre tanta recurrencia beethoviana –Kavakos la semana pasada y Kissin dentro de unos días– Ibermúsica nos deleitó con un fascinante programa dedicado por completo a Schubert, con la Camerata de la RCO y Elena Bashkirova al piano. Es cierto que Schubert manifestó en repetidas ocasiones su admiración por el genio de Bonn, pero resulta interesante -al menos a quien escribe- pensar al vienés como la némesis amable, como el contrapunto más personal, al revolucionario compositor. Porque la de Schubert también es, sin duda, una revolución musical que encontró su vía en una inspiración melódica sin igual.

La pianista Elena Bashkirova © Nikolaj Lund
La pianista Elena Bashkirova
© Nikolaj Lund

Y que mejor manera de demostrar estas virtudes compositivas que con dos obras emblemáticas de la producción camerística de Schubert: por un lado, el Quinteto para piano y cuerda en la mayor, D.667, conocido como “La trucha”, y el Octeto para viento y cuerda en fa mayor, D.803.

Para la primera parte, junto con la pianista rusa, los componentes de la Camerata ofrecieron desde el comienzo, desde ese primer y rotundo acorde en la mayor, una sonoridad cálida y bien empastada. Un fraseo terso que se iba desgranando a través del diálogo de los instrumentos, presentando el material con sutileza y esmero. Por momentos, el piano de Bashkirova sonó por encima de la cuerda, alterando el equilibrio tímbrico y forzando la simetría del conjunto, aunque sin comprometer demasiado el resultado. El Andante fue un delicado proceder entre suspiros y susurros, si bien algo laxo en algunos pasajes, aunque por lo general destacó el lirismo y la elegancia. Con el Scherzo se animó mayormente el ambiente: un desarrollo rico de contrastes, especialmente marcados por el violonchelo y el contrabajo, jugó con el brillo más diáfano del piano. En el cuarto movimiento resultó algo brusca la transición entre el Andatino y el Alegretto, aunque todos los instrumentos se integraron bien enseguida, sobre todo desde el punto de vista rítmico. No obstante, el nivel se mantuvo en general de buena calidad, el último movimiento fue probablemente el mejor logrado, donde mejor se compenetraron todos los músicos, y se manifestó una mayor expresividad, gracias a una interacción muy concienciada y unos bien rodados. Igualmente se exhibieron una gama de matices en las dinámicas y en la variedad de las figuras rítmicas que constituyeron un broche ejemplar en la conclusión de este quinteto.

Tras el descanso, nos aguardaba una de las obras más significativas del compositor austriaco. Y es que el Octeto en fa mayor representa una obra que aúna una notable complejidad arquitectónica, con una concepción híbrida entre lo camerístico y algo más grande y con un carácter extremadamente refinado y experimental a la vez. Es sorprendente la capacidad de dotar de personalidad a cada uno de los miembros del conjunto, pudiendo asistir a su evolución a lo largo de la extensa obra. Se podría decir que son personajes errantes en busca de su fin, un poco como en la obra de Pirandello, Seis personajes en busca de autor (aunque aquí los personajes serían ocho). Desde el punto de vista de la sonoridad y la tímbrica se puede decir que se mantuvieron las pautas adoptadas en la primera parte (si bien se echó de menos la atmosfera más acogedora de una sala de cámara), aunque enriquecidas significativamente gracias a la aportación de la trompa, el clarinete y el fagot. El conjunto sonó de hecho mejor empastado, sin fisuras ni desequilibrios. Si los primeros compases se revelan graves, con un clima de indeterminación armónica, enseguida se despejan las nubes y se instaura un agraciado juego entre las partes, donde los motivos y las sugerencias desvanecen y luego retornan, en una constante elaboración capaz de variar infinitamente pequeñas frases. Una de las características de la obra es su coherencia y compacidad, algo que los miembros de la Camerata destacaron muy bien a lo largo de todos los movimientos.

Especialmente encantadores fueron el Adagio, de ejemplar dulzura, así como el Menuetto, acompasado y sobrio. Así como tampoco faltaron detalles de gran calidad, evidenciando los elementos contrapuntísticos por ejemplo en el Andante con variaciones. Al igual que en el movimiento final, en el que se adoptó una sonoridad más robusta y dramática, ya desde ese trino inicial del chelo, para edificar un complejo entramado destacando las texturas polifónicas y la recuperación de cuanto expuesto a lo largo de la obra. Se cerró así el gran círculo del canto infinito, de los juegos y las sorpresas.

Sin duda, fue una velada agradable, con obras ejecutadas con gran pericia y maestría y que nos llevaron eficazmente al universo schubertiano, ese universo que tiene un sabor melancólico pero sereno al mismo tiempo, sin nostalgias ni reproches en el que parece que las melodías nunca se agotarán.

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