El Cuarteto Casals ha acometido esta temporada la presentación de la integral de los cuartetos de cuerda de Shostakovich tras haber realizado su grabación para Harmonia Mundi. La cita hodierna, la penúltima del ciclo, la ocupaban los cuartetos 10, 11 y 12, escritos entre 1964 y 1968. Afrontar una integral es embeberse en el lenguaje de un compositor, y en el caso de Shostakovich, la reflexión sobre las formas musicales es también un espejo de las andanzas existenciales del compositor. La evolución del cuarteto fue sintomática de una búsqueda de libertad expresiva, paralela a las formas más públicas y por ello más sometidas al juicio censor de la Unión Soviética.  

Este terceto de cuartetos se da en años en los que Shostakovich ingresa en el Partido Comunista y se vuelve el compositor oficial por excelencia, a la vez que ello lo oprime mayormente en su faceta pública. Por esta razón, los cuartetos son un refugio en el que expandir su genio creativo. El número 10 en la bemol, op. 118 es el más clásico en cuanto a la forma y la estructura del material, organizado dialécticamente, y donde se percibe aún ese gusto por lo grotesco, tan típico del compositor, junto con momentos de honda inspiración. El Cuarteto Casals lo acometió desde el Andante inicial con contención, con un sonido bien balanceado, sin endulzar empero las ásperas sonoridades de la partitura en pasajes en los que usa la técnica sul ponticello, por ejemplo; con arrojo en el Allegretto furioso, pero también trazando un inquieto lirismo en el Adagio, donde aún se percibe un halo de nostalgia. Sobra decir que las cualidades técnicas de cada uno de los miembros son excelentes, y ello hace que las dotes de conjunto lleguen con naturalidad y, sobre todo, confiriendo una personalidad propia a cada obra.

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El Cuarteto Casals (Abel Tomàs, Cristina Cordero, Arnau Tomás y Vera Martínez-Mehner) © Pablo Rodrigo
El Cuarteto Casals (Abel Tomàs, Cristina Cordero, Arnau Tomás y Vera Martínez-Mehner)
© Pablo Rodrigo

Lo pudimos percibir en el siguiente cuarteto, el número 11 en fa menor, op. 122, en el que Shostakovich parece abandonar su ácido humor y la simetría de la forma en favor de un terreno más indefinido, con movimientos sin solución de continuidad e incursiones en el dodecafonismo. Y para ello se requiere un sonido más rarefacto, suspendido, que los Casals captaron desde el comienzo. Jugaron sobre dinámicas sutiles, moduladas con absoluto control, a la vez que construyeron una sólida interdependencia de las voces. Lo meditativo del discurso no se hace errático porque los músicos son capaces de resaltar las inflexiones en el fraseo y los giros melódicos desenmarañando el más enigmático de las tres obras de esta velada.

El Cuarteto núm. 12 en re bemol, op. 133 se adentra ya plenamente en lenguaje tardío y amargo del compositor. Abandona cierto clima lunar del anterior para plasmar un discurso más hiriente y contrastado. Pudimos apreciar aquí la rotundidad de los componentes del Casals, desde la profundidad contundente del violonchelo de Arnau Tomàs, la agilidad de los violines de Abel Tomàs y Vera Martínez-Mehner y la álgida definición de Cristina Cordero a la que se le confía la templanza del registro medio. La lectura de este último cuarteto fue hipnótica, densa tímbricamente con una progresiva acumulación de capas hasta el Finale, resuelto con gran energía.

La interpretación en vivo confirmó la excelencia de la grabación de esta integral, además de las sólidas capacidades performativas del Cuarteto Casals. El conjunto destaca por su rigor, su concentración y su facultad de emprender proyectos con voz personal, a la vez que cuidadosos con la partitura de un compositor como Shostakovich (a veces más respetado que querido), y que aquí llega en toda su complejidad, en su dimensión más auténtica como fue la música de cámara.

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