En octubre del año 2015 Vladimir Ashkenzy debutaba con la Orquesta Nacional, y lo hacía con notable éxito dirigiendo la Sinfonía núm. 8 de Dvorak. Entonces, el alemán David Afkham era el nuevo director principal de la formación y tanto el público como la orquesta coincidían en que se trataba de un excelente fichaje. Pero Ashkenazy es un maestro, de los que han modificado el devenir de la música clásica con algunas de sus interpretaciones tanto a la batuta como al piano, de esos que los músicos en los conservatorios estudian como referencia indiscutible, y por tanto su presencia se consideraba como un acontecimiento extraordinario. Pero una temporada después las cosas han cambiado y ahora el acontecimiento es que dirigía David Afkham, que sin duda se ha ganado el reconocimiento del público y de la crítica. De ahí que el anuncio de la cancelación del director ruso por enfermedad de última hora y su sustitución por el maestro alemán fuera recibida con una calurosa ovación, una muestra más de la repercusión que David Afkham tiene sobre la vida musical madrileña.

La Orquesta Nacional de España © Rafa Martín
La Orquesta Nacional de España
© Rafa Martín

Y es que el mérito de este concierto se lo debemos exclusivamente a él y a su formación, pues la actuación de Pinchas Zukerman contribuyó más bien poco en el resultado de una velada un tanto desequilibrada. El Concierto para violín y orquesta de Bruch, qué duda cabe, representa un punto cumbre en el repertorio de este instrumento: no le hacen ninguna sombra los otros dos grandes conciertos del Romanticismo, el de Brahms y el de Mendelssohn. Pero Pinchas Zukerman lo interpretó con la misma rigidez académica que habitualmente se atribuye al resto de la obra de Bruch. Es indiscutible que su sonido resultó vigoroso y penetrante, pero en general su discurso adoleció de una cierta monotonía expresiva que sólo fue compensada en los momentos en que la orquesta intervino por su cuenta: sólo entonces se percibió una intención musical con una marcada carga expresiva. Interpretado a la manera de un trámite, el concierto sufrió, además, notables desequilibrios en el diálogo con la orquesta, una gran presencia de notas falsas y no pocos altibajos en la velocidad que, al final, vinieron a desbaratarlo.

La impresión general era que el solista se sentía incómodo en el escenario. Concluido el concierto se hizo de rogar más de lo conveniente para interpretar un bis, y cuando salió se limitó a tañer las notas de la canción de cuna de Brahms al tiempo que se dirigía al púbico animándolo a cantar, y en un momento dado, sencillamente se marchó a toda prisa por la puerta gritando, “¡Adiós, adiós!”. Toda una experiencia, como ven.

La segunda parte del concierto fue completamente diferente. David Afkham y la Orquesta Nacional recondujeron la velada hacia el clima de compromiso artístico que requiere la interpretación de la Décima de Shostakovich. Se trata de una sinfonía compuesta en 1953 tras la muerte de Stalin y que pretende ser la reacción del autor a las experiencias vividas bajo el régimen del terror. A través de los cuatro movimientos que componen la obra se percibió el clima opresivo de los años vividos bajo la dictadura, el feroz retrato del dictador, y la liberación artística del compositor, tan hábilmente representado por las cuatro notas re, mi bemol, do y si.

Todo esto requiere un director enérgico e infatigable, y unos instrumentistas que estén a la altura, pues la participación de los solistas en esta sinfonía es indispensable. Los contrabajos y los violonchelos crearon una atmósfera opresiva que Afkham supo conducir cautelosamente, incrementando la tensión hasta un resolutivo golpe de timbal, seguido de una inquietante intervención de los flautines. Perfilado el clima siniestro se presentó Stalin en el Allegro marcial y grotesco, por  medio de las cuerdas y del diálogo entre las flautas y la percusión. Y luego el propio Shostakovich, que los estudiosos han visto reflejado en el motivo de cuatro notas que ejecutan las flautas y los violines a lo largo del tercer movimiento. A estas alturas del concierto ya sólo restaba concluirlo con el último movimiento, que representa la victoria del compositor sobre este clima tan adverso. El movimiento lo inició el oboe con una notable intervención de carácter nostálgico seguida por la flauta y el fagot, pero al poco tomó la orquesta el relevo para mostrar un sonido elevado y triunfal entre cuyos acordes se destacaron, otra vez, las cuatro notas del tema de Shostakovich.

Al término de esta sinfonía, poco quedaba ya en el recuerdo de la primera parte, pues todas las atenciones estaban puestas en los solistas que el director levantaba para hacerlos merecedores de su reconocimiento. Una gratitud para una orquesta comprometida con la música de los grandes maestros.

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