Nuevamente disfrutamos en el Círculo de Cámara de un recital interesante para los amantes del recogimiento musical. En este entorno en el que importan los detalles, las grandes figuras demuestran su excelencia en repertorios donde la calidad del discurso siempre se encuentra por encima de los nombres, de los efectos y del mero virtuosismo. No se trataba este de un recital, por así decirlo, para todos los públicos –no suelen serlo aquellos que trabajan ciclos, ni los que presentan instrumentos cuyos timbres, a priori, no son muy variopintos–, pero llenó el aforo del Teatro Fernando de Rojas, una sala de acústica envidiable donde hasta las sutilezas del clave se perciben con toda claridad.

Se interpretó a Bach, al padre, en su producción completa para violín y clave, en un programa que abarcaba las Seis sonatas para clave obligado y violín, siendo sus intérpretes Isabelle Faust y Kristian Bezuidenhout. Y como todo ciclo que se precie, resultó tal vez que era necesario aportar a un conjunto homogéneo, y poco variado en forma y estructura, un criterio contrastante que pudiera individualizar las obras y, sobre todo, mantener la atención del espectador, pues es sabido que en estos ciclos puede distraerse de la música, integrándola en pensamientos y divagaciones. Luchar contra esta tendencia involuntaria es una de las mayores dificultades de los intérpretes.
Sobresaliente, pues, en este caso, la intervención de los intérpretes, porque supieron enunciar con maestría y desparpajo, sin renunciar nunca a las solemnidades de un gran repertorio, todas las densidades contrapuntísticas de las sonatas. Ambos fueron capaces de equilibrar los rigores contrapuntísticos heredados de la tradición alemana con la gracia melódica y la expresividad versátil del estilo italiano, logrando un equilibrio excepcional entre la complejidad intelectual y la belleza expresiva, si es que acaso estos dos criterios son distintos.

El contraste, de tempo y de carácter, fue también una de las propuestas de los intérpretes, toda vez que cinco de las seis sonatas responden –así nos lo recuerdan las notas al programa– a los postulados de la Sonata da chiesa. Esta forma, por lo general, evita las danzas, lo que viene a darle al conjunto un estilo particularmente serio y profundo. Siguiendo la forma, ambos intérpretes profundizaron en la elaboración intelectual y rigurosa de los movimientos lentos –intensidad en el fraseo, tempo claramente marcado y una declamación entre contemplativa y lamentosa—, esforzándose en el diálogo de voces en los movimientos rápidos, en cuyas elaboraciones imitativas y fugadas percibimos su indiscutible maestría.
Culmina el ciclo, y con ello también culminó el recital –sin perjuicio de las propinas–, con la famosa Sonata núm. 6, que rompe la tradición y se manifiesta en forma de sonata da camera, incluyendo un quinto movimiento y aportándole una tonalidad mayor. No cabe duda de que Faust y Bezuidenhout dotaron al Allegro inicial de la desenvoltura que se le atribuye a este elocuente comienzo, contrastándolo con el consiguiente Largo, que tuvo carácter meditabundo y pensativo. A este siguió un momento álgido del recital, el inolvidable Allegro que Bach interpone en esta sonata, y sobre el que se ha dicho que es una de las últimas manifestaciones de Bach para clave solo. Ya nos habíamos percatado de que Kristian Bezuidenhout era un teclista excepcional, pero al cabo de este movimiento ya no cabía ninguna duda de que, además de ir a sus conciertos, conviene profundizar en su amplísima discografía. Es la segunda vez que visita el Círculo de Cámara, esperamos que haya, al menos, una tercera.

















