San Petersburgo, Palacio de Invierno, postrimerías del siglo XIX. Las lámparas de Andréi Voronijin inundan de luz nacarada el salón principal. La corte del zar alimenta un gozoso bullicio que se eleva y reverbera en las bóvedas. El terciopelo carmesí de Lyon, las esculturas de Antonio Canova, el pan de oro y la porcelana de Sèvres. Un oficial contempla la noche a través del inmenso ventanal; en el cielo nada luce y está nevando, como rezaba el canto de la Guardia Suiza. Tras un estruendoso aplauso, la batuta emprende su vuelo. Y, entonces, comienza el baile.

Vladimir Fedoseyev, Varvara Nepomnyashchaya y la Orquesta Sinfónica Chaikovsky de Moscú comparecieron en el Auditorio Nacional con el ánimo de revivir lo que transparece en esta imagen. Amén del aura histórica que acompaña desde 1930 al conjunto moscovita –entre otros logros, merced a los estrenos que Shostakovich, Khachaturian o Prokofiev delegaron en él–, una figura por encima del resto encarnó el hilo conductor de la velada: Piotr Ilich Tchaikovsky. Más allá de la boutade, sostener que el compositor de Vótkinsk se ha erigido en epítome de la música clásica rusa –cuando menos, con base en la concepción romántica de su discurso sonoro– es un acto fundado. Y tal aserto opera con especial éxito en el ámbito de la danza, que no ha de circunscribirse –si preferimos el espíritu a la letra– únicamente a El lago de los cisnes, El cascanueces y La bella durmiente. El programa que nos ocupa abunda en la idea.

El director Vladimir Fedoseyev © Oleg Nachinkin
El director Vladimir Fedoseyev
© Oleg Nachinkin

La obra responsable de inaugurar el ejercicio engrosaría el acervo no oficial de nuestro canon ficticio: Concierto para piano núm. 1. Preñada del ingrediente trágico que atraviesa toda la producción de Tchaikovsky –aunque la factura en ocasiones permanezca opaca ante el contexto en que se gestó–, la página ha trascendido por su arrobadora introducción. Pero esto tan solo constituye parte del paisaje. El primer movimiento, Allegro non troppo e molto maestoso-Allegro con Spirito, transita diferentes bloques que se funden en un crisol heterogéneo, abarcando tanto el motivo de jaez lírico como el frenesí virtuosístico y folclórico.

La exégesis de Fedoseyev desplegó un amplio catálogo de belleza temática, extensible al Allegro con fuoco y, particularmente, al Andantino semplice del segundo movimiento. El maestro petersburgués, al frente de la OSCM desde 1974 –la complicidad no es fortuita–, generó en el inicio una atmósfera envolvente y con densidad, evitando sacrificar calidad o balance. Las secciones de chelos y contrabajos –y, en general, la instrumentación con funciones predominantemente rítmicas– apuntalaron los cimientos y el motor de una masa orquestal que brilló desatada y majestuosa. Pero es menester encumbrar la interpretación solista de Nepomnyashchaya. Excelente de principio a fin, creó un espacio en el seno del profuso caudal para el liderazgo del piano. La inteligencia y coherencia de su propuesta se tradujo en un desarrollo orgánico, que nunca resultó retardado y visibilizó cada estrato con encomiable riqueza. En remate, originalidad y talento al servicio del rigor.

La pianista Varvara Nepomnyashchaya © Priska Ketterer
La pianista Varvara Nepomnyashchaya
© Priska Ketterer

El segundo acto tuvo protagonista no menos sempiterno: Suite de El lago de los cisnes, op. 20 -arreglada por el propio Fedoseyev, la selección incluyó: I. Introduction; II. Valse; III. Pas de trois. Intrada. Coda; IV. Pas d´action; V. Danse des cygnes; VI. Danse des petits cygnes; VII. Mazurka y VIII. Scène final-. La firmeza hegemónica abrió desde el podio poniendo de manifiesto el profundo conocimiento de la obra. Maderas y archi, con el respaldo arrollador de percusión, tejieron sin devaneos la tonalidad de un hechizo que se prolongó hasta la última nota. El primor empeñado por la OSCM invitaba a fabular coreografías para un cuerpo de ballet imaginario y cada número aumentaba en fantasía el dramatis personae. Los arpegios del arpa, las melodías de violines, chelos y violas, el coral de metales… todo cuajó en un tutti esplendoroso. Pero el deliquio arribó con la modulación de trompetas sobre el tema principal del oboe en la Scène final: una apoteosis capaz de trastocar la realidad y embargar los sentidos.

El ínterin que separa lo irreal de lo mundano, la nostalgia por la gloria pretérita de su posibilidad futura enhebró el escenario para una danza de homenaje. Ahora, el baile ha concluido y una extraña sensación de deriva cobra presencia. Elevación, elegancia y entusiasmo –habría rotulado Casavella–: así se saldó la Gala Chaikovsky de La Filarmónica. 

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