El Cuarteto de Cremona inauguraba la nueva temporada del Liceo de Cámara, organizado por el CNDM en el Auditorio Nacional, con un programa en torno a las escuelas vienesas. Un concierto complicado debido a que se escogieron obras de gran nivel técnico y de periodos completamente diferentes: la obra más temprana era el cuarteto de Mozart, de 1785, y la más tardía, las bagatelas de Webern, de 1913. Los cuatro músicos se enfrentaban a un reto difícil, cerca de hora y media de música intercalando a Webern, Mozart y Schubert. Reto que, sin duda alguna, superaron.

C. Gualco, P. Andreoli, S. Gramaglia y G. Scaglione integran el Cuarteto de Cremona © CNDM
C. Gualco, P. Andreoli, S. Gramaglia y G. Scaglione integran el Cuarteto de Cremona
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El concierto se abría con una pequeña obra de Anton Webern, compositor clave en la segunda escuela vienesa, alumno de Schoenberg y posiblemente el que utilizó de manera más estricta el sistema dodecafónico. Sin embargo, Langsamer Statz sorprendía por la inocencia de las líneas melódicas, completamente tonal y con rasgos que recuerdan al último romanticismo de Brahms o Tchaikovsky. El estaticismo, la poca dinámica que realizó el grupo al interpretar esta obra se vio contrarrestada por el amplio abanico de timbres que ofrecieron en esta y en el resto del concierto. Sin embargo, se pudo percibir un exceso de vibrato que dificultaba la transmisión del discurso sonoro.

El Cuarteto núm. 19 de Mozart es probablemente una de sus páginas más inteligentes, desde el acorde disonante inicial. Será en este Adagio donde se verá más clara la disonancia a la que alude el título del cuarteto. Podríamos considerar el resto del movimiento una especie de variaciones sobre esta disonancia, donde estará más disfrazada o menos visible, con momentos de dulzura como el segundo movimiento, o de inestabilidad en el último, pero nunca perdiendo el característico contrapunto vienés. Al estar escrito en do mayor, permite una exploración inmensa de modulaciones que tienen lugar en el último movimiento, creando gran tensión. Los cuatro músicos italianos transmitieron perfectamente la novedad que supuso esta obra, cuidando con gran delicadeza y atención las disonancias cada vez que aparecían.

La segunda parte comenzó con una vuelta a la obra de Anton Webern, esta vez de su etapa atonal y con clara influencia de su maestro Arnold Schoenberg, las Seis bagatelas, op.9 compuestas tan sólo 8 años después de la primera obra del concierto. Aquí, la disonancia que introducía Mozart en su cuarteto núm. 19 abarca por completo todos los aspectos de la obra. La poca duración de los movimientos, a veces de tan solo 40 segundos, crea silencios expresivos entre cada uno de ellos. La intención de Webern de resaltar las cualidades del sonido en sí mismo se apreció perfectamente gracias a la calidad tímbrica del conjunto antes mencionada. Webern ya nos dice todo lo que quiere expresar en estas pequeñas piezas.

El sonido brillante y limpio del grupo de Cremona continuó sonando en la sala de cámara con el Cuarteto núm. 14 de Schubert, basado en el Lied La muerte y la doncella, que le da nombre. Podemos observar la gran calidad del compositor vienés a la hora del desarrollo temático, equiparable incluso en esta obra al sincronismo beethoveniano, ya asentado en esa época (este cuarteto fue compuesto en 1826, tres años antes de la muerte de Beethoven). Todas las posibles dificultades que puede tener la obra, técnicamente endiablada, fueron superadas por el conjunto, con un gran protagonismo de la parte del violonchelo, interpretada con gracia, solvencia y decisión por Giovanni Scaglione. La ambigüedad tonal y modal del último movimiento, junto con las diversas cadencias que resolvían, pero que desembocaban de nuevo en la exposición del tema principal, constituyeron el punto culminante de una velada vienesa magistral. El sonido italiano de los instrumentos unido con el estilo vienés inauguraron a la perfección la nueva temporada del Liceo de Cámara.

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