Como ya es habitual, el Teatro Real comienza la nueva temporada con un evergreen, Manon Lescaut de Puccini, una de esas obras del repertorio que a todos gusta y que los aficionados conocen de memoria. Lo hace, además, con un cartel plagado de grandes nombres consagrados. El del estreno, de carácter internacional, y el que aquí cubriré, otro primer reparto -me resisto a calificarlo de segundo-, pero de nombres locales. En resumen, fue esta una noche que, permítanme la frase manida, viajó de menos a más. Y lo hizo de una manera escarpada, en un crescendo imparable de calidad, comenzando con una primera mitad que transitó entre lo decepcionante y lo correcto, y una segunda que partió de lo emocionante para acabar en lo incontestablemente conmovedor.

Tras levantarse el telón, fue difícil no tener una cierta sensación de confusión y perplejidad. La acción original se traslada a mediados del siglo XX, a un escenario inclasificable a medio camino entre una feria y un circo. Un tiovivo hecho de luminarias preside la acción y los figurines evocan una suerte de escena cómica aderezada con manojos de globos de helio. La iluminación es, además, de una potencia e uniformidad que hacen plano el escenario. Se entiende que el director haya querido mostrar la frivolidad del ambiente señalando estos elementos, pero en este caso se hace pagando un gran peaje: la credibilidad dramática.

Tampoco la posterior vida lujosa de Manon como un cruce entre jinetera, dominatrix y bailarina de pole dance acaba de encajar adecuadamente. Y es precisamente en esa primera mitad donde los cantantes, especialmente los protagonistas, no fueron capaces de mostrar su comprobada calidad. Los episodios más líricos, como el “Donna non vidi mai” y el “In quelle trine morbide”, por no abundar en los defectos, resultaron lejanos e insuficientes. Pero, tras la pausa, vino la resurrección de una obra que nació moribunda.

La escenografía entonces ganó en madurez, en profundidad y en empuje simbólico. Ya sin elementos pueriles, se pudo entrar en la verdad del libreto. El juicio de Manon resultó creíble, de cierto calado político y algo de denuncia social en las enaguas de esas mujeres despojadas de todo por intentar disfrutar de su libertad. El acto final no necesitó para impactar más que de una buena dirección de actores y una inmensa oquedad que presidió el escenario a modo de un destino inevitable que cae a plomo. Fue aquí cuando los protagonistas pudieron dar lo mejor de sí mismos, apoyados por una partitura que necesita de ese carácter spinto, incluso dramático, que tan bien encarnan sus voces.

Jorge de León presumió de agudo poderoso, inagotable, y de unas dotes actorales que unieron emisión con corporalidad. Saioa Hernández se lanzó a la desdicha a través de un centro carnoso y potente, buen dominio de las dinámicas e inteligencia para el fraseo trágico. Su “Sola, perduta, abbandonata” fue una lección de canto pucciniano cimentado en agonía y desesperación, pero también en trazas de empoderamiento. Pero si, por separado, cada uno de los protagonistas brilló, juntos se reforzaron mutuamente a través de timbres bien emparejados y complicidad emocional. El resto del reparto fue solvente. De entre ellos hay que destacar el impecable Lescaut de Szymon Mechliński y la deliciosa inocencia de Mercedes Gancedo.

Y, haciendo esta misma crítica in crescendo, dejamos lo mejor para el final: la batuta de Nicola Luisotti al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real. El foso ofreció un sonido suntuoso, elegante, cremoso, pero bien matizado, inmenso por momentos y adecuadamente recogido en otros. Cuidó con mimo las voces en la escena. Hubo incluso tintes wagnerianos. Con frecuencia, se sacrificó la transparencia individual por una especial atención al empaste orquestal colectivo. Todas estas cualidades se revelaron al máximo en ese Intermezzo entregado y evocador, que constituyó lo mejor de una noche que, en resumen, acabó con un buen sabor de boca.


























