No pintaba mal este Romeo y Julieta: una pareja de grandes nombres como protagonistas, una coproducción con la Ópera Nacional de París para la que seguramente sea una de las obras más genuinamente francesas del repertorio, y una sensación ya de cierre de temporada que debería traer grandes momentos. Lo que sobre el papel resultaba atractivo, no ha cumplido las expectativas.

La propuesta escénica de Thomas Jolly nos recuerda algo ya visto muchas veces. Se compone de una gran estructura giratoria que hace las veces de escaleras, puertas y túnel según el punto de vista, de aires renacentistas. El problema es que, después de cinco minutos, y descubiertas ya todas sus cartas, no hay demasiada novedad, y el desarrollo escénico se consolida como una sucesión eterna de rotaciones alrededor de lo mismo, literal y figuradamente. La iluminación, que acentúa puntos de fuga en escorzo, ofrece momentos atractivos, impactantes, muy instagrammables. En general, la producción demuestra una indudable vocación de gran espectáculo y derrocha medios en un vestuario exuberante y colorista, pero al mismo tiempo resulta trivial en ideas y en reflexión dramática. Es una gran producción más para musical que para un gran teatro de ópera.

La dirección de actores se siente también artificial; se cimenta sobre un dramatismo evidente con el que, en muchos momentos, es difícil conectar. En este sentido, lo mejor de la noche, sin duda, fue el ballet del inicio del quinto acto, donde un conjunto de novias inclasificables construyó una coreografía quebrada que mezcla espasmos con aires clásicos, y donde lo grotesco y lo refinado convivieron cómodamente.
En el aspecto vocal, destaca del reparto especialmente la Julieta de Nadine Sierra. Tiene la presencia, la técnica y el instrumento para encarnar adecuadamente el papel. Convence en las partes más pirotécnicas y efervescentes del primer acto, pero, sobre todo, según se va adentrando en las profundidades dramáticas, mientras el personaje se acerca a su oscuro destino.

Frente a ella, Javier Camarena ofreció una actuación que no estuvo a la altura de sus extraordinarias intervenciones sobre estas mismas tablas. Cualquier aficionado mantendrá en la memoria sus magníficos papeles en Lucia di Lammermoor, I puritani, La Fille du régiment, L'elisir d'amore y tantos otros. Aunque sigue demostrando elegancia y buen gusto en el canto, la proyección, sobre todo en la zona media, se siente sufrida. Así, la belleza de su canto no logra conectar con las entrañas del papel ni transmitirlo al público. Como admirador de Camarena de años, confío en que se trate solo de una mala noche o de una mala época.

En el elenco de secundarios sobresalen el Estéfano de la mezzosoprano Héloïse Mas, burlona en lo teatral y penetrante en su vocalidad, y también la rotundidad cálida y autoritaria a la vez de Roberto Tagliavini como Fray Laurent. No fue, en cambio, una buena noche para el Tybalt de Maciej Kwaśnikowski: aunque tiene una fuerte y carismática presencia escénica, comenzó vocalmente descarrilado y no logró sobreponerse del todo en el resto de su actuación.

Buen trabajo en el foso de Carlo Rizzi al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real. Fue capaz de articular adecuadamente los diferentes estados emocionales de la obra: chispa y brillo bien empastados en los momentos más agitados, y buena calidad tímbrica y transparencia para los sonidos que vertebran los más trágicos.
Lo que podía haber sido una producción de cierto relumbrón —Gounod se presta tan bien para ello— acabó siendo un espectáculo superficial, donde los fallos permanecen en la memoria más que sus aciertos. Traslademos entonces las expectativas a ese Il trovatore plagado de grandes estrellas que cerrará la temporada del Real.




















