El Teatro de la Zarzuela comienza la temporada 2026-2027 por todo lo alto con la reposición de su producción propia de La verbena de la Paloma estrenada hace dos años. La obra maestra de Ricardo de la Vega y Tomás Bretón, presentada con la pieza Adiós, Apolo escrita por Álvaro Tato a modo de prólogo, encuentra en la directora de escena y coreógrafa Nuria Castejón y el equipo reunido en torno a ella a unos defensores inspirados. El espectáculo —bien rodado, tras haberse visto entretanto en Sevilla, Santander, Oviedo, Málaga y Tenerife— funciona a la perfección.

El texto de Tato nos sitúa en la última noche del Teatro Apolo, el 30 de junio de 1929, durante el ensayo de La verbena de la Paloma y es un homenaje a todo un mundo desaparecido con la demolición de ese templo del género chico por el Banco de Vizcaya para levantar su sede madrileña, desde los compositores y artistas hasta el apuntador y las taquilleras, sin olvidar los públicos. En un sugerente juego de miradas entre épocas, observamos el siglo XIX desde 1929, pero también nos vemos a nosotros mismos. La escritura está teñida de nostalgia y rebosa humor. Siguiendo el formato de revista, Tato engarza hábilmente en la acción un puñado de números musicales, algunos hoy día infrecuentes, que, además de recordar el repertorio del Apolo, ofrecen más material a los cantantes. Cuando, tras media hora, se alza el telón sobre el sainete, el espectador llega ya entretenido y emocionado.

Nacida en el seno de una familia indisociable de la historia de la zarzuela, Nuria Castejón ofrece una versión que rezuma amor y demuestra oficio. Los bellos decorados realistas de Nicolás Boni representan un vecindario de inmuebles decimonónicos, habitados en todas sus alturas. El espacio y los edificios cobran vida con la cuidada iluminación de Albert Faura, que en algunas escenas evoca la luz de candilejas. El estiloso vestuario, diseñado por Gabriela Salaverri, remite a los años veinte y aporta frescura y elegancia, por mucho que el actor primero del prólogo se queje de su “modernez”.

El amplio elenco transmite el espíritu de una compañía en la que cada uno —actores, bailarines y cantantes— es partícipe del éxito de la función. La directora maneja a todos estos intérpretes con precisión coreográfica: su resolución del cuadro del Café de Melilla es sencillamente prodigiosa, convirtiéndolo en el momento cumbre de la representación. La cantaora Sara Salado impresionó en la soleá, cantando al natural, sin amplificación, ayudada por la inteligente disposición del decorado. Le acompañaban la elegante bailaora de Cristina Arias y Ramón Grau, maestro repetidor del teatro, al piano. Rafael Castejón, hermano de la directora, hizo gala de su vis cómica como director de escena en el prólogo y luego tabernero. Milagros Martín fue una Señá Rita de peso y Gerardo López, que había cantado el fotógrafo de El bateo en el prólogo, un muy gracioso Don Sebastián.

El Julián de Borja Quiza, cuya potente voz se imponía a los demás, no despertaba especial simpatía, a pesar del lirismo de su canción “También la gente del pueblo”. Frente a su bien medido punto de amargura en la habanera “¿Dónde vas con mantón de Manila?”, Carmen Romeu fue una Susana desafiante y chula, como debe ser. El exagerado deje madrileño de ella y su hermana Casta, interpretada por Ana San Martín, resultó muy divertido. Desternillante Gurutze Beitia, incontenible como su deslenguada Tía Antonia. Mención aparte merece el tenor Antoni Comas por su genial Don Hilarión. Baila, canta y actúa con elegancia y picardía y con una gracia que hace que se le perdone todo al rijoso boticario. Su humor es también físico: se lanza al suelo sin temor y huye aparatosamente de Julián. Solo por ver su creación del personaje ya vale la pena pagar la entrada.

Siendo la directora también coreógrafa, no resulta de extrañar el peso que tiene en su puesta en escena el baile, a veces parte de la acción propiamente dicha, otras más comentario expresivo, como en la bellísima coreografía que acompaña el preludio instrumental. Excelentes los bailarines. También estuvo especialmente fino el coro titular. La dirección musical de Carlos Aragón fue palpitante y fresca, destacando por su dominio de los tempi y lo bien concertados que estaban cantantes y orquesta.
La programación de esta nueva temporada se enmarca en un contexto de dificultades presupuestarias cada vez más acuciantes para el teatro, que convierte la reposición de este título en una solución eminentemente pragmática, más allá de consideraciones artísticas, pero es tal el acierto de esta producción que uno se pregunta si no merecería convertirse en referencia, como lo es La del manojo de rosas de Emilio Sagi. Sospecho que pocos se quejarían de la oportunidad de volver a disfrutarla.





















