El Teatro de la Zarzuela cierra la presente temporada con una de sus grandes apuestas, la producción de El Gato Montés encomendada al reputado director de escena alemán Christof Loy. Un elenco sin fisuras, una dirección musical idiomática y una cuidada puesta en escena aseguran el éxito e inclinan la balanza de esta temporada desigual a lo positivo, dejando buen sabor de boca.

Del trío protagonista, sobresale la Soleá de la soprano armenia Mané Galoyan, de pasmosa naturalidad. Su timbre es grato en toda su extensión, con graves potentes y agudos deslumbrantes. El breve solo en el que relata su juventud con Juanillo, el Gato Montés, “Juntos, dende chavaliyos”, dio buena muestra de su oficio, un recorrido de poco más de dos minutos que pasa del lirismo al dramatismo, con momentos de ternura y gracia, que sencillamente bordó. Todo ello dicho admirablemente bien, con dicción clara y un deje andaluz impecable, sin atisbo de artificialidad ni exageración. No sorprende que se llevara el Premio Zarzuela en la edición de 2021 de Operalia.

Penella no se lo pone nada fácil a los rivales por su amor, con escritura exigente de tintes veristas tanto para el tenor como para el barítono en la que abundan los agudos prolongados en forte. Ambos salen bien parados del reto. En Rafael, el Macareno, el tenor mexicano Rodrigo Porras Garulo no solo sorteó estas inclemencias con seguridad, sino que también supo sacar a su personaje un lado más íntimo, hasta tierno, en “Ven a mi vera, ven, gitana mía”. Se han oído en este teatro Juanillos de más empaque, pero el barítono madrileño David Oller compuso un bandolero perfectamente creíble, posesivo y celoso, frágil y violento, un peligro para los demás y para sí mismo.

En cuanto a los personajes secundarios, resulta muy tentador recurrir a describir sus intérpretes como un lujo, aunque no debería ser tal distribuir tan bien estos papeles, por respeto a la obra y al público. No hubo eslabón débil. Formidable María Rodríguez en Frasquita, madre orgullosa del torero, luego destrozada por el dolor. Genial Manel Esteve en su creación cómica del cura, cuya lectura de la crónica taurina del acto I arrancó aplausos. También fueron aplaudidos Carol García y los excelentes Pequeños Cantores de la ORCAM, dirigidos por Ana González, tras el animado garrotín. La voz de la mezzosoprano se volvió ominosa al decirle la buenaventura al torero. Gerardo Bullón hizo un Hormigón robusto. Los demás papeles pequeños fueron bien servidos, destacando el pastorcillo en off de Sara Rosique, miembro del coro, y el Pezuño de Alonso Gabarrús, barítono integrante del Proyecto Zarza de esta temporada. José Miguel Pérez-Sierra, felizmente recuperado de la enfermedad que lo apartó de la dirección de Jugar con fuego, demuestra su maestría extrayendo de la orquesta una paleta rica en colores y emociones, dando a cada momento su justo tono, de lo verista a lo folclórico.

La puesta en escena de Christof Loy contrasta con este colorido musical por su severidad monocromática. La depurada escenografía de Manuel La Casta logra crear espacios sugerentes con pocos elementos y un uso muy controlado de la ornamentación. En combinación con la mágica iluminación de Albert Faura, que inunda la escena de sol andaluz, logra ampliar más allá de lo visible el espacio escénico, potenciando especialmente el efecto del celebérrimo pasodoble, interpretado por una banda interna. El vestuario sitúa la acción vagamente en el siglo XX y da buena definición visual a los distintos grupos sociales.

Loy hace una lectura que casi cabría tildar de tradicional si no fuera por la exquisita dirección de actores, de una categoría y profundidad que no es frecuente. El trasfondo violento de las pasiones de Rafael y Juanillo asoma aquí y allá; Loy ni lo maquilla con romanticismo ni hace de ello un alegato: se limita a constatar estas sombras. El toque es delicado y saca lo mejor de los intérpretes, que se vuelcan en la creación de sus personajes. Asombra ver la individualidad de cada gitanillo ante la muerte de su querida Soleá, por ejemplo, o las formas distintas de vivir el duelo de los adultos. No todo salió redondo. La presencia persistente, que se quería simbólica, de una mujer enlutada no aportaba gran cosa e incluso detrajo en la última escena, cuando abre una puerta al fondo del decorado, rompiendo la ilusión del paisaje nocturno del monte donde se refugia el bandolero. Tampoco terminó de convencer la resolución escénica del robo del cadáver de Soleá en el acto III, en una lectura hasta entonces casi chocante por su literalidad y coherencia. Sin embargo, tomado en su conjunto, el trabajo es de gran calidad.

Loy es un enamorado de la zarzuela que se ha propuesto revitalizar el género, dándole la proyección internacional que merece. Esta producción suya de la ópera popular de Penella resulta en este sentido muy prometedora.

















