Tras una ausencia de un par de años, Josep Pons volvía a la temporada de la Sinfónica de Galicia con un interesante programa que inicialmente iba a contrastar dos hitos en la historia de la música de sus siglos respectivos: la obra de Richard Wagner con el Concierto para violín de Alban Berg. La inesperada baja del violinista obligó a modificar el contenido del programa y este se convirtió en un fascinante viaje por la música instrumental de Richard Wagner.

Haciendo de la necesidad virtud, la ausencia de solista alguno nos permitió disfrutar de la música de Wagner en todo su esplendor sinfónico-orquestal. Su riqueza todavía sorprende, siglo y medio después, por sus innovaciones armónicas y tímbricas, su moderna paleta orquestal y por encima de todo, por su inconmensurable inspiración. La batuta de Pons suponía a priori una garantía de disfrute de estos aspectos citados. Estamos ante un Pons que se encuentra volcado en la música operística en su papel de director musical del Gran Teatre del Liceu (ha dirigido durante sucesivas temporadas la Tetralogía, y estrenó en diciembre una preciosista Tristán e Isolda). Precisamente, el "Preludio y muerte de amor" de Tristán e Isolda fue la obra que Pons eligió para empezar el concierto y, desde el primer momento, se confirmaron las magníficas expectativas, hasta el punto de hacer que la obra sonase renovada en sus manos. Un fraseo exquisito, natural, pero a la vez lleno de incontables matices y una gradación milagrosa de las dinámicas caracterizaron una interpretación que desde el punto expresivo estuvo teñida de una languidez que en muchos momentos se transformó en una morbidez absolutamente punzante.

Josep Pons © Igor Cortadellas
Josep Pons
© Igor Cortadellas

Cuerdas, maderas y trompas de la Sinfónica entendieron a la perfección la concepción de Pons. El Preludio de Los maestros cantores de Nurenberg supuso una transición un tanto radical hacia un mundo sonoro bien distinto. Hubo de hecho alguna dificultad haciendo fluir los pasajes iniciales, los cuales resultaron un tanto confusos, pero esta sensación quedó pronto atrás ante el empuje de unas cuerdas una vez más en estado de gracia, hermosamente empastadas. Al tiempo majestuoso, pero comedido, la orquesta no se ajustó del todo, pero el balance final de la interpretación fue sobresaliente, muy especialmente a partir de la sección cantabile final que resultó de lo más exultante gracias a unos énfasis muy musicales y perfectamente trazados. La celebérrima "Cabalgata de las Valquirias" cerró la primera parte. Una vez más, no fue una lectura convencional, imprimiendo Pons su sello personal, al acentuar algo tan obvio, pero tantas veces olvidado, como es el carácter galopante de esta música. Si a esto unimos la brillantez que la orquesta puso en juego, sólo nos queda el adjetivo de electrizante para describir la recreación de Pons.

El Preludio de Parsifal iniciaba con una severidad litúrgica una segunda parte igualmente planificada en un crescendo de intensidad. En este caso el protagonismo se repartió entre los musicalísimos solos de las maderas y unos metales que aportaron un sonido de una rotundidad y una calidad fuera de lo normal ¡Sobrecogedor! Las escenas orquestales de El ocaso de los dioses constituyeron una magna conclusión al programa. El virtuosismo con que Pons y la orquesta dieron vida a la trágica Muerte de Sigfrido se transformó en una sublime majestuosidad en la escena final, La inmolación de Brunilda.

El púbico y aquellos que siguieron el concierto por streaming disfrutamos de un Wagner persuasivo, pleno de carácter y elocuencia, pero al mismo tiempo rebosante de musicalidad.

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