El segundo programa de la temporada de la Orquestra Simfònica del Vallès reunió cuatro obras sin una raíz conceptual evidente que las relacionara, una característica ya presente en el concierto de la semana anterior. En esta ocasión, además, el Palau presentó una ocupación sensiblemente inferior. Con todo, el programa permitió transitar por cuatro lenguajes distintos y poner de relieve algunos rasgos del perfil de la OSV: la recuperación de repertorio de compositoras, la oportunidad a jóvenes intérpretes nacionales y la revisión de repertorios canónicos desde una perspectiva propia.

El concierto se abrió con la Obertura de la polaca Grażyna Bacewicz, más conocida por sus cuartetos de cuerda. La obra, sin embargo, muestra una escritura orquestal de notable densidad, articulada en tres grandes bloques basados en el contraste y la repetición. Bacewicz despliega una tensión interna sostenida por obstinados rítmicos, superposición de texturas y una marcada propulsión motórica. La sección central relaja el discurso y adquiere un carácter más melódico, con especial protagonismo del canto de las maderas. Su lenguaje remite a una estética neoclásica que convive con una sonoridad cercana a Shostakóvich y a otros sinfonistas centroeuropeos contemporáneos, como Zádor o Lajtha. En esta línea, sería interesante ampliar el repertorio hacia compositoras como Louise Adolpha Le Beau, Elfrida Andrée, Ethel Smyth o Emilie Mayer.

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Sara Ferrández en el Palau de la Música junto a la Orquestra Simfònica del Vallès © Lorenzo Duaso | Orquestra Simfònica del Vallès
Sara Ferrández en el Palau de la Música junto a la Orquestra Simfònica del Vallès
© Lorenzo Duaso | Orquestra Simfònica del Vallès

La segunda obra fue una transcripción para viola del Concierto para violonchelo de Schumann, con Sara Ferrández como solista. Su dominio técnico se puso al servicio de un fraseo elaborado, especialmente en el Langsam, donde destacó la morbidez del sonido y la sensibilidad de la línea, con una OSV y un Andrés Salado atentos al equilibrio y al diálogo. La transcripción plantea, no obstante, una cuestión tímbrica: el contraste entre los registros grave y agudo queda menos definido en la viola, modificando algunas tensiones del original. A cambio, hubo momentos de notable exigencia técnica, como la aceleración con slap de cuerda y spiccato en la cadencia del tercer movimiento. Ferrández completó su intervención con el Preludio de la Suite núm. 1 para violonchelo de Bach, también transcrito para viola. La interpretación combinó dominio técnico, claridad de articulación y sentido de la línea, evitando reducir la pieza a un ejercicio de virtuosismo.

La segunda parte comenzó con una selección de las Danzas húngaras de Brahms. Salado trabajó especialmente los cambios de ritmo, los acentos, las interrupciones y el fraseo, buscando equilibrar el componente rítmico y danzante con el carácter cantabile de determinados episodios. El contraste entre friss y lassú quedó especialmente definido en la núm. 4, mientras que la núm. 3 adquirió un perfil más marcado en el registro grave y cierto aire marcial. Las pausas funcionaron como elementos estructurales y delimitaron con claridad los distintos bloques temáticos.

Andrés Salado al frente de la Orquestra Simfònica del Vallès © Lorenzo Duaso | Orquestra Simfònica del Vallès
Andrés Salado al frente de la Orquestra Simfònica del Vallès
© Lorenzo Duaso | Orquestra Simfònica del Vallès

El programa concluyó con el poema sinfónico número 3 de Liszt, Les Préludes, una de las obras que recibió un trabajo más detallado. Salado planteó un tempo amplio y un fraseo cuidadosamente delineado. El inicio enigmático condujo hacia un crescendo progresivo y una exposición cantabile, sostenida por un legato que acentuó la dimensión reflexiva de la obra. En algunos momentos, la concepción se acercó al Wagner más meditativo, especialmente en la construcción de la tensión y en las transiciones. El uso de smorzature al final de las secciones contribuyó asimismo a mantener la continuidad del discurso. El episodio lírico destacó por el trabajo de las segundas voces y contramelodías, mientras que los violines adquirieron protagonismo en la reexposición, especialmente en las ráfagas descendentes. Se podía echar en falta, sin embargo, algo más de expansividad en las sucesivas apariciones del tema. La coda resultó amplia y coherente con el planteamiento general.

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Les Préludes vuelve a suscitar una cuestión: sería deseable programar más poemas sinfónicos de Liszt. Tasso, Mazeppa, Héroïde funèbre, Hungaria o Die Hunnenschlacht ofrecen materiales suficientemente diversos para explorar este repertorio. Y, para terminar, Salado se dirigió al público en un catalán cada vez más natural para promover los aplausos a Javier Mateos, histórico segundo violín y también concertino de la OSV, con motivo de su jubilación. Un reconocimiento que cerró el concierto desde la memoria de la propia orquesta. Gracias y hasta siempre, Javier.

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